El arquetipo del mago

agosto 6, 2014

Por:

Literatura, Oido, Tacto, Vista

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Por fin había llegado. El doctor Salas, director del hospital, acudía a él en casos difíciles. Pero por fin había llegado, y en su camino hacia la cama 26 del octavo piso saludó al personal en turno. A todos les agradaba ver el rostro de ese hombre que tantas veces había hecho gala de sus dones sobrenaturales. Paciente, como siempre había sido él, se acercó, y evitando los rodeos se dirigió al niño que se hallaba recostado sobre la cama 26…

… ¡Ah!, entonces, ¿tú eres un mago? preguntó el niño. Y, ¿tienes una varita?

Tenía dijo el hombre, sólo que la gente ya no cree en los magos, así que tuve que vender mi varita para poder sobrevivir.

Oye, seguro el nuevo dueño ha de ir a su trabajo montado sobre un león que apareció con tu varita o de seguro ya desapareció a su jefe gruñón decía el niño totalmente entusiasmado. Pero oye, si no tienes una varita, ¿tienes un sombrero de mago, no?

Tampoco contestó el hombre. Los sombreros son muy caros. Además, yo no me llevo con los sombreros, son artefactos aún más mágicos que los magos. Por ejemplo el mío siempre se echaba a volar cuando pasaba algún pajarito cerca de mí. A mi sombrero le daba por creer que era un pajarito.

El niño reía.

Entonces, si no tienes una varita, y si no tienes un sombrero de mago, no eres un mago dijo el niño notablemente decepcionado.

Sí lo soy afirmó el hombre pasando suavemente su mano sobre el rostro del niño. Pero mi magia es muy tímida. Mi magia funciona cuando juega a las escondidas. El hombre cuidadosamente quitó la venda que cubría el rostro del niño.

¡Puedo ver! ¡He vuelto a ver! gritaba el niño, loco de emoción y alegría. El hombre se encontraba, ya, en el umbral del octavo piso, dispuesto a marcharse. Dirigió una suave reverencia a la enfermera que se dirigía hacia la cama 26, ésta sonrió. El hombre dirigió una última mirada hacia el niño, y esto fue todo lo que sucedió.

Es un hombre bueno, ¿no lo crees?— preguntó la enfermera al niño mientras le tomaba el pulso.

¡Sí! contestó totalmente convencido el niño. Pero, me pregunto, ¿quién fue el malvado que lo hirió y le dejo esos agujeros en sus manitas? A la par, el mago ya se hallaba en la calle, dispuesto nuevamente a regalar su tímida magia.

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