El amor es un cadáver y ellos llevan la piel

octubre 12, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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Una mirada más de eterna despedida y se cerró la puerta tras de mí. Había empezado a abrirse entre nosotros el inmenso abismo de la separación.

William Wilkie Collins

5 luces se encienden, una pareja en el escenario: hombre y mujer, cada individuo ocupa un extremo. Se han unido para tener una última conversación, se escucharán pero van a separarse, no cambiarán la decisión, es inevitable. Será una auténtica Clausura del amor, acción que da título a esta obra de Pascal Rambert dirigida por Hugo Arrevillaga, presentándose en el Teatro El Granero Xavier Rojas del Centro Cultural Del Bosque.

 Si la puesta en escena es dirigida por Hugo Arrevillaga hay altas probabilidades (si no es que totales) de que sea capaz de mover las fibras más sensibles de quien se acerque. Esta vez no es la excepción. Lo que se nos ofrece es una historia acerca del quebranto, desgarrar en dos partes una vida para abrir paso a un final, el final del amor.

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 El texto de Rambert presenta a una pareja que se ha disminuido y llegan ahora al punto de la despedida. El hombre comienza su discurso con palabras que atacan con coraje y fuerza, dando manotazos al aire, desesperado por expresar la necesidad de verse libre de las ataduras de una relación que en un momento lo fue todo y ahora deja solo hartazgo.

 La mujer atenderá paciente, tratando de no quebrarse ante la mirada del que fuera la razón de su vida, hasta que el turno de hablar llegue, tras haber recibido los ataques de una batalla que arranca pedazos de ambos. Ella no cederá su interioridad, responderá con una contrariedad absoluta luchando por recobrar su intimidad. Ambos se saben frágiles, se han conocido, disfrutado, empero son humanos y al cerrar un ciclo los seres humanos hacen esto.

 Así, el público se ve expuesto a una descarga de sentimientos impresionante que materializa el término del amor. El autor busca exteriorizar la importancia de reconocer al otro a través del rompimiento de la unión, adentrándose en las figura de la pareja para dejar la duda de si es el amor mismo quien arrasa con la integridad de los seres que se confían a él, o la propia acción de relacionarse como inevitable acto de la naturaleza gregaria.

 Luego se pueden tener varias opciones para verse afectado por el montaje: la primera es -irremediablemente- identificarse dentro del conflicto, partiendo de la experiencia propia o cercana del derrumbe de la estructura que da cobijo a los amantes. Encontrar que esa gama de emociones vertida enfrente ha sido de nuestra propia experimentación. 

 La segunda es tal vez más compleja, ya que consiste en conectar con  el entendimiento de los seres de la historia que se nos está contando, identificarlos como personajes comunes de la sociedad, humanizarlos y entonces ser empáticos a su sentir. Abrirse al simbolismo y violencia que acarrea en sí misma la idea del amor. ¿Cómo serán sus vidas frente al vacío que comenzará a abrirse paso entre ellos mismos para demostrar que nunca se podrán olvidar, pues han dejado más que solo personas, objetos y situaciones en común? Su esencia en el otro está y no la podrán desvanecer jamás.

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 Arrevillaga quita toda sombra y deja claro el panorama, volviendo directo el horror con movimientos coreográficos fuertes y sutiles, acompañados de inserciones suaves de un sonido que incrementa la tensión. Sus actores nunca se tocan, se clavan estocadas constantes una tras otra y se derriban en el limpio espacio escénico con nada más que la fuerza de la semántica, logrando ejecutar entonces uno de los retos de dirección más notables de esta temporada al transmitir lo accidental del amor enteramente a la audiencia.

 Arcelia Ramírez y Antón Araiza serán los encargados de interpretar este intercambio, inmersos hasta el cuello en un vertiginoso tour de force, que demuestra la calidad actoral de ambos al crear un trabajo franco, apasionado, honesto, enternecedor y catártico.

 Antón conduce ferozmente su monólogo, adentrándose con delicadeza en los restos resquebrajados de lo que pudo ser, mientras que Arcelia hace de la inmovilidad de su espera un espejo de la brutalidad del discurso de su acompañante, para alzarse demoledora después creando imágenes auténticas e impactantes. La química de ambos es absoluta, todo lo que resta es belleza y lágrimas emergentes.

 El mundo es presa de este sentimiento. ¡Nos urge hablar del amor!, no vayamos más lejos de su ausencia en el noticiario de esta mañana.

Esta puesta es contestataria a la idea de que aun dejando la sangre en el suelo, el futuro es una esperanza para poder reconstruir lo que se ha demolido, desde dentro para exteriorizarlo.

 La potencia de la dramaturgia se funde con el genio de Arrevillaga, en amalgama con el talento de Ramírez y Araiza. Que sea imperdible vivir esta experiencia es hablar de más, queda implícito. Permitirse es necesidad. Hay que atender los temas del amor, o lamentar el ser ajenos.

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Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.