Doris al desnudo

abril 17, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“Un buen actor es un hombre que ofrece tan real la mentira que todos participan de ella". 
 Vittorio Gassman”

Cuando un actor se encuentra en el declive de su carrera artística (o farandulera, según sea el caso) tiene dos opciones: entregarse a la profunda melancolía  de la añoranza de la época fructífera, o bien, continuar luchando pese a la depresión de saber que la gloria quedó atrás.

 Hace años (preferiría no hacer cuentas) tuve la oportunidad de ver, en corta edad, a una gran actriz exponiendo sobre el escenario, con una divertida historia bajo el brazo, las vicisitudes a las que cualquier actor se puede ver previsto ante la ausencia de una oportunidad de empleo. Y es que al fin de cuentas, el histrión también es un humano, que necesita comer más que aplausos.

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Annabel Ferreira es Doris

 Esa actriz era Rebecca Jones en Retrato de la artista desempleada, el discurso de la obra nos invitaba a meditar sobre la comunicación y los factores deshumanizantes que la tecnología comenzaba a traer consigo. Al día actual, la tecnología nos ha dominado prácticamente, el problema persiste, y la necesidad de hablar de una manera relajada pero crítica acerca de la labor del actor bajo esta constante ha surgido de nuevo, esta vez en Lab 13, de la mente de Alfonso Cárcamo, Annabel Ferreira se entrega en Ella es Doris.

 Doris es actriz, una de las últimas divas mexicanas y… está desempleada, sumida en la depresión, el alcoholismo y las ganas inmensas de poner fin a su vida. Para su buena fortuna, esto último le resultará imposible en cualquier vía. Todo cambia gracias a la aparición en su vida de Yola, su nueva manager, quien conseguirá un efervescente e inimaginable ascenso en la carrera de Doris, pero, ¿a cambio de qué?

 Como ya había mencionado, Alfonso Cárcamo crea esta obra, texto y dirección, en la cual nos entrega una mirada a la posición actual de la profesión del actor tanto al frente como detrás de la cámara y la opinión pública, Cárcamo idea un personaje femenino genial, que vive atada a su pasado y a su propia existencia, generando un desorden segmentado y uniforme en sus secciones, cada problema aislado del otro, pero conformando el mismo ser. Algo muy neoplasticista, tal como Piet Mondrian pintaba en sus “composiciones” de colores sólidos.

 El ágil ritmo de la puesta nos permite conocer el pasado y psicología del personaje de manera integral y rápida, dando oportunidad a que las cosas ocurran con naturalidad, pues desde el primer momento uno identifica y se gana a esa persona, cambiándole tal vez la cara y ubicando a alguien más ahí, pero queda  presente al fin. Bajo el tono de comedia que lleva el diálogo, Doris nos hace totalmente ameno el recorrido por su vida hasta el punto en que se presenta ante nosotros, asegurando risas puras de la audiencia a cada expresión emitida por la ponente.

 Si bien hay minúsculos detalles, como el atropello en la dicción y acciones que no terminan de atarse del todo, en realidad son minúsculas y casi imperceptibles, dado que las actrices a bordo, Annabel Ferreira y Naomy Romo, toman provecho salvando cada situación con inteligencia absoluta, llevando situaciones tan comunes como olvidar comprar mantequilla, a un plano cómico dónde esto representa una tragedia universal digna de una rabieta por parte de Doris a su empleada doméstica

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Lunes y Martes, con previa reservación.

 La puesta no sólo toma en cuenta el lado humanístico, el director y autor  se da el lujo de introducir efectivos subtemas,  como la cuestión del star-system que sucede en las televisoras de nuestro país y sus descaradas acciones ante el público, la farmacodependencia, la vida en pareja; lo valioso es que estos puntos de reflexión van entrando con total ligereza, son naturales a la trama y hasta le dan más sazón, desarrollándola con un constante refrescamiento.

 Las referencias a la cultura del cine y la televisión mexicanos caen en un orden que deja aprovechar cada uno y reír por el conector que presentan a la situación actual de la protagonista. Desde la fallecida Fany Kaufman “Vitola” (que quedará gratamente homenajeada) a Paty (sí, la conductora de cierto programa de espectáculos), la representación de estos intermediarios queda a cargo de Naomy Romo, quien ejecutará estos papeles con la energía, dinamismo y vena cómica que la distinguen,  complementando la actuación de Ferreira en un dúo bastante agradable.

 Precisamente el gran destacable es la fantástica actuación de Annabel Ferreira, un papel que le cae como anillo al dedo a la actriz, al desarrollarse dentro del diapasón actoral que posee, haciéndolo suyo con total maestría y precisión. Annabel construye un personaje que es auténtico y franco pese a todo por lo que ha pasado, por esto mismo se vuelve tan entrañable y uno como espectador conecta de manera inmediata,  con un lenguaje coloquial, explicativo y abierto, sin  causar apatía ni perder el hilo conductor o el peso que cada parte va apuntando. No hay manera de no responder con risas automáticas y aplausos sinceros a la interpretación que otorga.

 La escenografía que viste este viaje es también semejante a cualquier composición de Mondrian, rectángulos y cuadros de colores amarillos, blancos, azules y rojos con marcos negros que los delimitan. Simples, funcionales y por momentos, soberbios. Precisamente la idea de montar esta puesta en un laboratorio teatral, permite que estas metáforas existan de la mejor manera y se agradecen al final, pues tenemos un claro mensaje del director por querernos divertir, pero también ubicar en un espacio psicológicamente diseñado para que sea bueno y no desaproveche nada.

 Hablar y hablar más podría, pero vale la pena que mejor  usted se acerque a enamorarse de esta valiosa muestra de la comedia contemporánea mexicana en esta segunda temporada. Y valdría la pena también, que en un futuro no muy lejano esta gran obra saliera de su laboratorio a un foro clásico.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.