¿Dónde está su mundo?

junio 23, 2014

Por:

Arte, Literatura, Vista

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infamePor Diana Beláustegui

Si tuviera que indicar el punto exacto en el que comenzó todo, creo que no podría marcarlo con exactitud, si le preguntasen a Cándida tal vez les hablaría de cuando empezó a sentirse sola y Rocita, la niña mágica, apareció en su vida. Pero contarlo desde esa perspectiva sería confuso, acabarían sin entender la historia, o lo que es peor, la comprenderían a la perfección y eso indicaría que estuvieron en ese mundo.

Rocita llegaba con su vestidito rojo y un osito cianótico con doble vuelta de cordón umbilical en el cuello, cuando los tiempos eran difíciles. A veces a Cándida le costaba trabajo tranquilizarse: se agitaba, gritaba y su madre corría de un lado al otro, regañándola, utilizando duchas de agua helada para calmarla.

En los tiempos de abulia, Rocita aparecía con un vestidito blanco y el osito menstruando.

La niña mágica era su compañía, su amiga, a veces la imaginaba sin el vestidito y quería tocarla, a veces Rocita le vendaba los ojos al osito y eran amantes.

Su vida había mejorado, ya casi no se daba cuenta cuando su madre la dejaba encerrada y salía a trabajar o huía con el vecino para olvidarse un poco de ella.

Tal vez estaba concentrada en su amiguita o se había perdido en los estrambóticos ojos del osito cianótico que no sospechó nada cuando el cuarto cambió, cuando las sábanas se hicieron blancas y la habitación comenzó a oler a desinfectante y algodón. De vez en cuando entraba un hombre de barba en su campo visual y le hablaba. La interrogaba por ratos. Era difícil enfocarse en lo que él le pedía cuando Rocita le recitaba poesía de los infrarrealistas al oído.

Era ensordecedor, cuando la niña mágica le pasaba el micrófono que llevaba escondido entre las tetitas, al osito menstruante, y él daba una perorata sobre los niños hambrientos del África, tal vez por todo esto no se dio cuenta cuando su madre se desvaneció y unas mujeres de blanco la suplantaron. Le daban pastillas que tragaba con jugo de naranja o licuado de frutilla.

Poco a poco los días se hicieron largos. Dormía mucho y cuando despertaba, se quedaba en la cama sin poder caminar, con las piernas tan pesadas que si se levantaba seguramente produciría grietas en el piso gris.

Por esos días comenzó a darse cuenta de los cambios. El hombre de barba entraba y le preguntaba cómo estaba su día, que sentía, en que pensaba o que opinaba del país. Y un miércoles, lo sé con exactitud porque fue el día del gran despertar, se descubrió sola, tan sola que dolía, tan sola que asfixiaba, tan sola y desesperada que le costaba trabajo recordar a Rocita y sus tetitas florecidas, al osito y su diatriba. La asepsia, el blanco y el silencio del lugar le produjeron una hendidura en su cordura. ¿Quién le había quitado su mundo, quien la arrastró a ese cuarto de sonidos enmudecidos?, ¿Dónde estaba el ardor, el amor, los gritos, las ganas de vivir?, ¿Fueron las pastillas, las inyecciones, los licuados o el maldito doctor de barba que la interrogaba?

El jueves se negó a comer y el viernes se preparó para su visita. Se sentó en la cama y no sacó los ojos de la puerta hasta que lo vio entrar, con su chaqueta absurda, el cuaderno negro y la lapicera salvadora. Con esa misma lapicera corre Cándida por las calles, nadie se anima a detenerla, lleva en la punta, clavado, un globo ocular. Ríe compulsivamente, llora por ratos, grita devorada por el odio. Nadie se acerca. Rocita no existe. Tiene la certeza de que ese mundo estuvo en algún rincón de su mente y que fue extraído con saña, burlándose de la felicidad que sentía cuando vivía en él. Grita rabiosa y en un intento inefable por causarle aún más daño a quien la dejó muerta en vida, muerde el globo ocular que estalla con un pequeño chasquido. Lo mastica sentada en la calle, desahuciada.

El ojo del muerto, reventado y jugoso, no trae el alivio que esperaba. Los curiosos la rodean, el mundo es tan nítido que el auto que dobla en la esquina pareciera traer una bandera blanca flameando a un costado, seguro es la paz que necesita.

Se levanta y corre a su encuentro.

REVELACIONES

Texto que podrán encontrar en:

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