Dictador

julio 8, 2014

Por:

Literatura, Vista

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Me exigía sentarme frente a él. A él y esa costumbre suya de andar desnudo. Pero él en sí se estaba volviendo mi costumbre. Era mi obligación doblegarme ante su brillante voluntad y a cambio él tenía el derecho de burlarse de mi ignorancia (pues él lo sabía todo). Yo debí haberle rezado todas mis noches, todas mis mañanas, todos mis días, sólo porque él era omnipotente. No existía Dios sino en su fisionomía.

 Cuando me dejaba en libertad lo hacía para que yo pudiese cubrir mis necesidades y después me volvía a dominar. Me abrumaba esa genialidad suya de habernos borrado la pluralidad y convertirnos en un “yo”, en uno muy absurdo, que solo hablaba por él, para él y de él. Él era tantas personas, que pronto se volvió universal sin siquiera perder su individualidad. ¡Era un genio!

Los domingos, me dejaba ir a la iglesia. Ahí nos decían que Dios nos había creado. Pero yo sabía que el Dictador nos estaba formando. “¿Quién lo había creado a él?”-me preguntaba, “¿para qué?”.

Tantas veces deseé tirarlo de ese pedestal para que se volviese miles de pedazos sin voz, y yo disfrutar del ¡traz! ¡pum! ¡zas!. Pero tal y como lo deseaba, me imaginaba el dolor que les causaría a los demás. ¡Él era un genio!. Tuvo la capacidad de volverse carne, sin obra de un espíritu santo o de copular, y ser visto en todos los rostros de familiares, amigos y desconocidos. Muy pronto ya no le haríamos el amor al amor, se lo haríamos a él.

Muchas noches me atemorizó el hecho de que mientras yo dormía, el Dictador se quedaba frente a mí. Totalmente desnudo. Vigilándome. Alimentándose de mis interiores, y volviéndose aún más poderoso.

El Dictador lo era todo, pero no era eterno. Y las botas del ¡pum! ¡traz! ¡zas! resonaron un día. Cuando llegó la noche del tan esperado día, alcé los brazos al cielo. Sin embargo, aún cuando sabía que él había consumido toda mi tranquilidad, pude dormir sin esa asquerosa sensación de ser vigilado. Por la mañana, al abrir los ojos, esperaría que el apagón siguiera vigente, y el televisor de mi casa, (que también es del pueblo), jamás se volviese a encender.

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