Destrucción con olor a tomate

mayo 7, 2014

Por:

Arte, Tacto, teatro

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Cuando quedas atrapado en la destrucción, debes abrir una puerta a la creación.
Anais Nin

Ocurre que los jueves, el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico, alberga a Taladro, montaje escrito y dirigido por José Alberto Gallardo. Sucede también que el simple nombre es inquietante, motiva y deja la semilla de las ganas (o necesidad) de encontrarle el sentido, es una palabra fuerte que implica la construcción de la destrucción, aquí entra la duda, ¿Qué representa este artefacto?

Damián Cordero

Damián Cordero

 La puesta es un cuadro presencial y físico que rompe de tajo con la cuarta pared. A través del análisis de la presencia radiofónica, un locutor transmitirá un programa de radio que entona ritmos de música experimental, acompañada con la narración del hombre acerca de como fracasó su última relación, con la que será la mujer que más ha amado. Las posturas de ambos aparecerán, para permitir a la audiencia hilar y dar lectura con diferentes perspectivas a la historia. ¿Quién derrumbó la unión?

 Él es un muro aparentemente sólido, pero que presenta cuarteaduras profundas. Ella es la imagen en movimiento, que ejecuta una danza violenta para acabar con los nexos que los sujetan a los fantasmas del pasado. Mediante una coreografía (de Dionisia Fandiño & Adriana Butoi) llena de fuerza, rabia y desgastante delicadeza, la mujer se construye en un eje que oscila entre la realidad y la fantasía, sin derogar sus complicaciones existenciales a otro espacio y tiempo que no sea el presente.

 Gallardo crea una historia que recurre a diversos elementos para transmitirnos la imagen de lo efímero que es el amor. La violencia, la impotencia, la frustración ante la falta de respuesta por parte del otro, son entre otros los factores que desatarán el caos entre la pareja protagonista. No sólo el hombre trata de suprimir sus recuerdos y de alzar la voz para cubrir la presencia de los argumentos en su contra, sino que el caos se torna audiovisual, los dos manejan discursos independientes en su expresión corporal y vocal. Una pareja que se desdobla en 4 elementos en conjunto. Es por demás intrigante.

 Conforme la trama se desarrolla, la música nos sumerge en una atmósfera perfecta para orquestar una demolición interior, los asistentes somos partícipes de una catarsis contra la autoviolación de la integridad humana. Veremos el otoño de un romance que busca desesperadamente recuperar los fragmentos de la estabilidad que algún día pudieron compartir, en la comida  por ejemplo y se consumió en los silencios y las ausencias.

Adriana Butoi

Adriana Butoi

 Las actuaciones van a cargo de Damián Cordero y Adriana Butoi. Ambos realizan un muy buen trabajo dando vida a este desorden que se cocina en salsa de tomate. La limpieza coreográfica que manejan es sumamente valiosa, así como la carga interpretativa, que aunque en momentos (por exigencia de libreto tal vez) se siente plana, va creciendo como una vorágine incontenible.

 El autor y director nos presenta un texto con heterogeneidad en sus estilos y situaciones que aletargan el ritmo, pero que se desvanecen para dar volumen a la tormenta de emociones requerida. Expone la capacidad de los humanos para volverse ajenos a su entorno, primero como una habilidad importante, que evoluciona para ser la principal debilidad.

 Dentro de los puntos negativos que podrían pesar en el espectador, es ese dejo de presuntuosidad que puede arrojar el conjunto, pero finalmente, es necesaria. De cierta forma, Gallardo logra generar una situación, que si bien podría ser en verdad presuntuosa, tira más hacia la franqueza y la honestidad de dos seres humanos expuestos ante el amor. Esta tesis, sumada a los trazos actorales, que pueden bien ser un performance independiente, conjunta una puesta cruda, sensible, caótica, intrigante y absorbente.

 Detestaría hacer la división de “este es teatro cultural”, pues todo el teatro es cultural. Tal vez, la forma de describir a Taladro, es como una inquietante pieza escénica acerca de la inmaterialidad de las relaciones humanas, que exige al espectador dar diferentes significados a sus componentes, así como seguir atentamente las acciones, para cada uno formular una perspectiva, que aunque distinta, toma la fuerza como eje común. Imperdible.

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Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.