Desnudo del ser y del alma: Francesca Woodman

diciembre 17, 2014

Por:

Arte, Diseño, Fotografía, Random, Vista

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Mezcla de seriedad, penumbra que dialoga entre el matiz blanco y grisáceo, contornos de un cuerpo desolado con la perdida de fuerza en su estado físico, caras con el apetito vacío; entes que se deletrean en cada toma, parpadeo de luz que sólo alcanza delimitar el contenido, escenarios ofuscados. La cámara de Francesca Woodman, sabía bien que el individuo se encuentra condenado bajo sus propios titubeos y angustias, él es su único enemigo en la tierra. Temores que desembocan en un auxilio en tinieblas, en un mundo del blanco y negro.

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 Woodman (1958-1981), mujer norteamericana que se enfrentó a la rigidez de los críticos de arte. Llena de una chispa caótica y un trabajo diferente, la llevó a ser víctima por un lapso de tiempo de la depresión, que la sumergió en la angustia y en la reflexión misma, paradójicamente. Cuerpo, mente y alma encajaban como el artefacto idóneo de escena, la mujer formaba parte del icono protagonista de la toma. Los tres elementos son parte del desenvolvimiento en cada ruta trazada, sin embargo, también pueden representar el infierno, ya que atraen emociones de ansiedad; mismas que se vuelven los compañeros de los miedos del ser humano. ¿Por qué retratar el cuerpo? ¿Por qué una mujer? La fémina se acompleja más rápido, pierde su sintonía cuando empieza a involucrarse con un sentido de fatiga ante su ser y su pensar como parte social.

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 1979 fue el año en que las ilusiones por salir del contexto se hacían más prominentes. Esperanzas que terminaron en un tumulto desolador, ya que el rechazo se hizo presente en la gran comarca del arte: Nueva York. Todo se nubló para la fotógrafa y el descontento perforó aún más su estado anímico. Lugares fríos, melancólicos y espectrales como traídos de ultratumba, pertenecían al portafolio de la norteamericana que pasó un tiempo en Europa, siendo la sede principal Roma. Roma cubierta de arte y de membrete de propaganda, también desconoció el trabajo fotográfico de Woodman. Parecía que el desnudo no formaba parte del acierto del público, mucho menos con la composición a la que ataba su obra; era la misma desnudez del alma y del cuerpo, se unían para delimitar el miedo y la frustración hacia la esencia misma. Y como el hombre siempre ha sido partícipe de la mentira y el engaño, en cuanto se trata de un aspecto que se sume a la sinceridad a la vida, se indigna, huye y discrimina; tal fue el caso de esta artista.

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 Colorado, su lugar natal, quedó retirado de su lente, para poder alcanzar una serie de experiencias que harían de la mujer, su admiración más grande. Su trabajo es muestra de la belleza y demagogia encerrada en el sexo femenino. Lejos de encontrarse a sí misma, la mujer es la presa más fácil de actos superfluos, que la reivindican como un objeto. Francesca iría más allá de eso; el desnudo como vía para descubrir la gran aflicción del “sexo débil” –a mención de lo que se ha tratado de hacer ver a la mujer–.

 Vuelta a un cuerpo para retratar de varias maneras la vaciedad de los pensamientos que al considerarlos insensatos, se sumergen en el viento del olvido. Entes que dominan la mente y que no permiten el libre tránsito del juicio. Escondes y tratas de aparentar, hay que desnudarse para descubrir de que estamos hechos –tanto de materia como de sentimientos–. El espectro es el pánico, horror para encontrar lo que tanto se niega y el segundo es el dolor, éste es el gran abismo.

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 “Esta noche no estoy contenta. Pienso y hablo a menudo de mi detestable tendencia al romanticismo.Creo que el esfuerzo de deshacerme de esta actitud en mi trabajo ha tenido un extraño efecto en mi vida… La fotografía es también una manera de conectar con la vida. Hago fotos de la realidad filtradas a través de mi mente.”
– Francesca Woodman.

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 Uno de sus primeros trabajos, fue “Autorretrato con trece” (1972). Oculta su cara, mientras que sus misterios y realidades de la vida le acompañaban para reflejar al humano bajo sus sentidos más nauseabundos. Ese pavor hacia la franqueza, sólo desemboca en el acto de traicionar el “ser” del mismo hombre. Un trabajo sensato desde el principio. Mundo de cobardía que Francesca delineó perfectamente desde que inició sus estudios en Rhode Island School of Design. En poco tiempo, logró recorrer la yuxtaposición entre cuerpo y alma a través de fotografías que mostraban la necesidad por descubrir que había más allá de lo tangible que tanto persigue el hombre.

 El cuerpo femenino fue su estandarte para poder dar cuenta de la opresión que radica entre lo que no acepta la sociedad; núcleo que se llena de aspectos de doble moral que singularizan la memoria fotográfica de Francesca Woodman. En vida no pudo ser partícipe del reconocimiento hacia lo que sembró, sin embargo, después de un suicidio que ganó la vida de la gran artista; su legado se observó desde otra perspectiva y cinco años después, en el Wellesley College Museum se presentó parte de su obra. Woodman es otro claro ejemplo de que muchos artistas no son ni siquiera nombrados cuando poseen vida, sino hasta que se reflexiona que la muerte fue el único escape que les quedaba para salir de una prisión tan hostil.

Alma Torres

El viaje es entre letras y utopías. Estudiante de Economía del IPN. Hagamos de la escritura, la revolución del amor mismo.