De: Níccolo Paganini el violinista del Diablo

diciembre 12, 2014

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“Una noche, en 1713, soñé que había hecho un pacto con el Diablo y estaba a mis órdenes. Todo me salía maravillosamente bien; todos mis deseos eran anticipados y satisfechos con creces por mi nuevo sirviente. Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín y lo desafié a que tocara para mí alguna pieza romántica. Mi asombro fue enorme cuando lo escuché tocar, con gran bravura e inteligencia, una sonata tan singular y romántica como nunca antes había oído. Tal fue mi maravilla, éxtasis y deleite que quedé pasmado y una violenta emoción me despertó. Inmediatamente tomé mi violín deseando recordar al menos una parte de lo que recién había escuchado, pero fue en vano. La sonata que compuse entonces es, por lejos, la mejor que jamás he escrito y aún la llamo “La sonata del Diablo”, pero resultó tan inferior a lo que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre….”

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Niccoló Paganini (Génova, 27 de octubre de 1782 – Niza, 27 de mayo de 1840)  era un espectáculo auténtico de la época, rodeado de misticismo como todo artista que se precie de serlo, la leyenda de su ser fue alimentada por las presentaciones en un escenario en llamas. Un auténtico talento del violín, que dejaba impávidos a los oídos que estuvieran cerca, el prodigio que era Paganini con el violín se realzaba con las infernales llamas que ardían tras de él. Un gigante, si bien es cierto que el escenario ensalza las figuras,que todo lo hace más grande, más portentoso, además el violinista tenía una figura perfecta para el fin. Alto, de facciones finas, empoderado del instrumento, uno con él, erguido, con manos enormes y los dedos larguísimos de que se dota a los músicos que han nacido para serlo, la melena de un león que también caracterizó a Beethoven larga, revuelta, trajes largos deshilvanados, negros.

Heinrich Heine (1797-1856) poeta alemán (1803)

“…Por lo que a mí se refiere, ya conoce usted el otro lado de mi afición musical, la capacidad que tengo de ver la figura adecuada de cada nota que oigo sonar; y así sucedió que, con cada movimiento de su arco, Paganini ponía ante mis ojos imágenes y situaciones visibles, y en una escritura plástica de sonidos me contaba todo género de historias estridentes, que desfilaban ante mí como un fuego coloreado de sombras, en el que él mismo, con su música, era el protagonista…”

“…Si Paganini me pareció ya harto extraño y fantástico, al verle venir (…) ¿qué sorpresa no habría de producirme en la tarde del concierto su estremecedora y extraña figura? (…) En la sala había un silencio religioso. Todos los ojos estaban clavados en la escena. Todos los oídos se preparaban para escuchar6.

Finalmente apareció en escena una figura oscura, que parecía haber salido del infierno; era Paganini con su traje negro de etiqueta, frac negro y chaleco negro, de hechura horrible, como quizás lo prescribía la etiqueta infernal en la corte de Proserpina, unos pantalones negros que caían temerosos por las piernas flacas. Los largos brazos parecían alargarse más aún cuando, con el violín en una mano y en la otra el arco -con el que tocaba casi la tierra- hacía el artista al público sus inverosímiles reverencias. En los esquinados contornos de su cuerpo había una rigidez terrible, y al propio tiempo algo cómicamente animal, que inducía a reírse; pero su cara, más cadavérica aún por la chillona iluminación de las candilejas, tenía una expresión suplicante, tan estúpidamente humilde, que una compasión tremenda sofocaba nuestro deseo de reír. ¿Habrá aprendido estos saludos de un autómata o de un perro? Esa mirada suplicante, ¿es la de un enfermo moribundo o acaso la mueca burlona de un avaro astuto? ¿Es un hombre vivo a punto de fenecer y que va a divertir al público con sus convulsiones, como un luchador moribundo, o un muerto que ha salido de la tumba, vampiro del violín, que, si no la sangre del corazón, extrae de nuestros bolsillos el dinero almacenado?…”

“En efecto, era Paganini el que bien pronto apareció ante mi vista. Llevaba un abrigo gris oscuro que le llegaba hasta los pies, con lo cual su figura se erguía altísima. El largo cabello negro caía en rizos desordenados, sobre sus hombros y formaba como un marco oscuro en torno a la cara pálida, cadavérica, en la que las preocupaciones, el genio y tormentos infernales habían trazado surcos imborrables “

 “Niccoló, tú vas a ser el más grande violinista del mundo, de mi cuenta corre” fueron las palabras del padre. como un presagio, como algo que debía ser y ya era presentido por quien había de encaminarlo en las primeras notas salidas del instrumento que lo haría inmortal, y la letra y todo lo valioso según esto con sangre entraba, a punta de golpes el niño prodigio aprendió a hacer danzar los dedos por la madera barnizada, cuando ya había enseñado al pequeño todo lo que tenía que ofrecerle, lo llevó con otros maestros.

 El violinista-niño dio su primer concierto a la edad de nueve años con una obra propia, lo que se cuenta es que después fue llevado a  Parma con fondos que habían juntado empresarios después de la impresión que les causó en aquel concierto para que estudiara con Allesandro Rolla, quien, cuando lo escuchó tocar dijo que no tenía ya nada que enseñarle.

 En una época llena de supersticiones, la madre de Paganini diría que un ángel la visitó en sueños y le dijo que su hijo sería el más grande violinista de todos los tiempos. Logró lo inusitado acompañado del Diablo según decían los que creyeron lo contado por alguno que dijo haberlo visto invocarlo, postrarse ante él y decirle que su alma le pertenecía a cambio de hacerlo tocar como un ángel. Boletos agotados, lugares abarrotados, su música tocó el alma de todos los estratos de aquel tiempo. Apenas se anunciaba “Nicolo Paganini” y todos querían oír tocar al “Violinista del Diablo”

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 Hasta 1983 de le consideró un virtuoso del instrumento. A los dieciséis años era conocido pero joven como era y no pudiendo deslindarse del hecho, por mucho talento que tuviera y las ganas de comerse al mundo lo llevaron al alcohol. En 1801 compuso más e 20 obras en las que combinaba la guitarra con otros instrumentos. Esto de los otros instrumentos lo adquirió de una dama que lo salvara de la vida de libertinaje para llevarlo a su Villa  en que le enseñó a tocarlos. De 1805 a 1813 fue director musical en la corte de Maria Anna Elisa Bacciocchi, princesa de Lucca y Piombino y por cierto, hermana de Napoleón. En 1813 hizo giras por Italia después París y Londres y renunció a las giras en 1834.

 Interpretaba además excelsas obras con una de las cuatro cuerdas del violín, con una técnica que hacía parecer que tocaba varios violines a la vez. En la mayoría de las presentaciones improvisaba.  Realizó exactamente 200 piezas que después de su muerte su hijo ayudaría a recolectar.

 Sus posesiones incluían cinco Stradivarius, dos Amati y un Guarnerius, este último era su favorito, nombrado como Ill Cannone.

 En 1834 y 1840 padeció dos fuertes episodios de Hemoptisis, éste segundo precipitó la muerte del violinista. Durante el transcurso y evolución de la enfermedad que pasó de los pulmones a la laringe padeció afonía crónica los dos últimos años de su vida. Se medicaba con mercurio para tratar la Sifilis. y falleció en Niza, Francia el 27 de mayo de 1840, el obispo de este lugar por cierto, negó el permiso para el entierro por la fama que había ganado y así el ataúd del violinista del Diablo permaneció años en un sótano. Entendiendo sobretodo que Paganini rehusó acercarse a la iglesia a lo largo de su vida y jamás desmintió la teoría  que le ayudara a generar fama. En 1876 fue permitido el funeral y sus restos aún se guardan en el cementerio de Parma

Brenda Mitchelle

Licenciada en mercadotecnia, actriz, productora, directora de teatro y escritora con frecuentes vaivenes de fe en la humanidad y miedos portentosos de ella. Convencida de ser hombre desde los ocho años.