De Master Class con la Callas

noviembre 21, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“EL ARTE ES UNA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA”

MARÍA CALLAS

15 años después de  su estreno en México, bajo la dirección de Francisco Franco, Ocesa Teatro repone Master Class, original de Terrence McNally, desde la nueva visión de Diego Del Río a la cabeza del proyecto. Conservando a la actriz que por excelencia ha nacido para encarnar a la mítica María Callas: Diana Bracho.

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 La música es la expresión artística de mayor impacto en los seres humanos. La unión de los sonidos en coordinación absoluta con la ejecución busca mover las fibras más sensibles del espectador, mediante el acto comunicacional del ejecutante y la intención que este da a su obra. El canto es el complemento idóneo para esta labor. Cuando el canto alcanza los límites de la perfección, la recepción se convierte en un auténtico viaje alucinante que sobreexpone sentimientos a impulsos definitivos.

 Hacer música, buena música, no es fácil. Dedicarse a ella tampoco. María Callas, la máxima figura de la ópera del siglo pasado es el ejemplo claro de una vida consagrada al arte, a la técnica y a la totalidad de lo que significa interpretar aquello que el autor propone tanto en letra como en música, vivir las composiciones, dejando todo atrás para seguir su camino, una vía de éxito y triunfo, pero dolorosa.

 Este sendero de rosas espinadas alcanza una plenitud dramatúrgica en Master Class, una de las más grandes obras de McNally, quién propone contar la historia de la diva a partir de un momento clave en sus últimos años de vida: la impartición de sus clases maestras de canto en la Juilliard School de Nueva York.

 Situados a principios de los años 70’s, la divina se encuentra en el declive absoluto de su majestuosa voz, sopesando la decepción amorosa que le ha dejado Aristóteles Onassis; Ante tan devastador panorama, impartirá la lección a un auditorio lleno y tres estudiantes que someterán sus aptitudes vocales e interpretativas. A través de estos pupilos, Callas recordará mediante la música los momentos más devastadores y gloriosos de su carrera, los cuales la han hecho llegar al momento que está viviendo, sumida en la soledad y la añoranza del talento que se ha escapado de su cuerpo, más no del alma.

 Aquí el autor se vale del emblema de la soprano para expresar una demanda implícita real hacia aquellos que se dedican al arte: lo importante es estar dispuestos a servir, con disciplina, pasión, entrega y concentración, de lo contrario no se logra nada. El discurso ahonda en la necesidad de asumir el reto de la existencia mediante la consagración a la excelencia, pero sin dejar a un lado la dignidad y la integridad existencial humana.

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 “SIEMPRE DICEN <TE AMAMOS>, NUNCA <TE AMO>”

 McNally señala duramente la posición de Callas como una mujer sumisa y acomplejada en los momentos que así se mostró, empero, otorga una mirada de justificación compasiva a la transformación absoluta que se vio forzada a tener para evitar ser lastimada de nueva cuenta. Es ahí donde la dirección de Diego del Río aparece para detallar el relato de ese corazón, de la mujer que ha perdido tanto que le es difícil describirlo.

 Del Río analiza la voz humana por medio del anhelo de retroceder el tiempo, encuentra en el escrito de McNally a la artista vacía para exteriorizar las vicisitudes de su contexto. Proyecta con fuerza el dominio y la pasión en un espacio que triangula hábilmente sus cuadros focalizando correctamente las acciones. Este director lleva a otro nivel al producto, asegurándose de tornarlo entrañable, lo cual logra correctamente con un grupo actoral fuerte en un montaje elegante y visualmente propositivo. Aunque si bien es notoria la línea que pretende seguir, tanto como las sensaciones a dejar, es inevitable sentir (solo para aquellos que hayan visto otras direcciones de Del Río) que queda jugo por exprimir.

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 Absoluta es la calidad actoral de la primera actriz Diana Bracho. Desde que pone un pie en escena inunda la sala con una presencia exquisita de palmo a palmo. La actriz consigue reflejar la oscuridad de un pasado que sustrajo la belleza de la bondad, castigándola con la furia intrínseca de los recuerdos. Los colores que encuentra en su ruta emocional son precisos,  capaces de hacernos sentir amor a su ironía o  arrogancia. Sabe dirigirse a su público y hacerle gratamente íntimo el momento, imprimiendo una fantástica empatía. Porta la piel de su personaje y lo disfruta, dejándonos saborear con ella cada tono.

 Ronda de aplausos merecidísima al resto del elenco integrado por Antonio Albores, Mónica Raphael, Ernesto Gout, Edgar Ibarra (cuyo fascinante talento y destreza al piano transportan totalmente a cada lugar imaginado en las partituras de Bellini a Verdi) junto a Denise De Ramery, quién resulta una joya actoral que se eleva a la altura de Bracho para robarse el momento al brillar como la insegura Sharon anotándose uno de los momentos más  contundentes de la puesta.

 Sería injusto dejar de mencionar la atinada Iluminación de Laura Rode que aprovecha la conceptual escenografía de David Lombrozo para hacer notar cada movimiento actoral. Amén de la genial caracterización de Bracho como Callas, a cargo de Bernardo Vázquez.

 El arte, en su misterio, las diversas bellezas mezcla y confunde, recóndita armonía de las diversas bellezas. Pero no hay que confundirse para afirmar que esta producción es una auténtica clase maestra sobre el buen teatro y la vida misma.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.