De cómo se vivió la Megaofrenda 2014

noviembre 4, 2014

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Fotografías por: Belen Kemchs.

Aunque los honores tomaron formas distintas en los inmuebles universitarios, dentro y fuera de la meca auriazul, la unificación de todo ello se concretó en la ceremonia de bienvenida a las almas que dio inicio en Ciudad Universidad con ensamblajes tempranos desde el día jueves por parte de las Facultades, Preparatorias y entidades institucionales que tuvieron presencia en la tradicional Megaofrenda.

 Esta decimosexta edición del Festival Universitario de Día de Muertos se anunció dedicada a la memoria, vida y obra de una de las más grandes figuras mexicanas, una de las más homenajeadas y por demás incorporadas en la cultura pop. Mujer que, si bien es genuinamente admirada como la artista, feminista y luchadora social que fue, es correcto también admitir la masificación de su imagen —en ocasiones tan obscenamente banalizada, vacua y falta de esencia real—, y su posicionamiento como ícono irrefutable de la industria cultural. Originaria justamente del sur de la ciudad, el 2014 es de Frida Kahlo.

En memoria de la artista mexicana, a 60 años de su muerte.

 Y es que fue diferente. Se trataba de la Megaofrenda y quedaba aquella idea de ver el conocido montaje en las dimensiones acostumbradas: área extensa, abierta, presta y a la orden de sus asistentes, como en años anteriores. El recinto dispuesto para este año fue el Espacio Escultórico de la UNAM que equivalía, por su naturaleza, a estéticas distintas y, aunque podía simbolizar el realce positivo de algunos elementos visuales, resultaba también un sitio menos adaptable y, sobre todo, sumamente reducido para la cantidad de visitantes que acudirían durante los cuatro días de duración.

 Pareciera que el fin de semana que duraría el montaje se dividiría en dos: las primeras tarde-noches se sentirían dedicadas a quienes habitan dicha casa, al estudiantado universitario que sabe hacer de ésta una digna festividad de tradición anual; y las últimas serían para los foráneos, para visitantes poco más lejanos de ese círculo que se dan cita al recinto en un ambiente familiar, muchas veces incluso acompañados con niños. El día domingo resultaba perfecto si ésta última era la intención de los asistentes.

 Aquella tarde los cientos de espectadores padecieron (padecimos) en grande la desorganización del evento. Con la ubicación del nuevo sitio que cobijaba el objeto de la visita, el acceso se dificultaba; ya no eran unos cuantos pasos desde la penúltima parada de la línea de metro más cercana, ahora la llegada se extendía casi a mitad de la ruta 3 del transporte interno de la Universidad.

 Las cuatro de la tarde y escasas unidades que pudieran darse abasto con el extenso aforo en espera de ser trasladado. Se advertía incluso desde ese punto que era “poco probable” que quienes recién llegaban, pudieran accesar al Espacio Escultórico —pese a que, aunque la previsión quedaba a consideración de los visitantes, no se especificó con antelación acerca de las filas ni tiempo de espera que tendría que cumplir el público antes de ingresar—. “El acceso será hasta las cinco de la tarde, pero tomando en cuenta a la gente que ya se encuentra formada, es muy poco probable que puedan entrar”, se dijo, cuando aún restaban cerca de dos horas para que concluyera el acceso al público, según la información oficial emitida inicialmente.

 Luego de la travesía pesarosamente concurrida, se conseguía ingresar, finalmente, a apreciar el montaje amurallado por aquellas imponentes piezas arquitectónicas que guardan en sí una soberbia conjunción ecológico-artística, cada una de ellas utilizada para evocar de distintas maneras los ejes temáticos del evento. La distribución de las ofrendas fue a lo largo del angosto corredor que se extiende por el perímetro del recinto aludido. Y sí, ya dentro se deja un poco de lo que pudiera haberse sentido desagradable hasta antes de ingresar. El ambiente es otro, la atmósfera cambia y se contagia el sentir común de compartir, allí, el tiempo y espacio.

 Colores por doquier. Los ojos de Frida en medio de la instalación, omnipresentes, y un “Viva la vida” dando la bienvenida y enmarcando el espacio. Rostros, papel, disfraces que aludían a la artista homenajeada, rehiletes, el color inconfundible de los pétalos del cempasúchil, calaveras y catrinas, réplicas de cuadros y toda clase de motivos en los más de cien altares que conformaron la Megaofrenda. Considerando lo que ha sucedido las últimas semanas en nuestro país, en algunos altares también se rindió tributo a los normalistas desaparecidos, un grito de vida dedicado a ellos, con espacios que incluían sillas en sus montajes, pupitres que parecían esperar ser ocupados, y frases como “Nos faltan 43”.

Viva la vida.

Al fondo del montaje, la ilustración de una Frida cegada y amordazada, en cuyas ataduras se distinguen leyendas como “Aquí en mi tierra, todos los días son de muertos”, “Tlatelolco”, “Atenco”, “Acteal”, “Wirikuta”, “Narcogobierno”, entre otras.

 

 La visita anual obligada a tierra universitaria concluye con el característico frío de la época, al caer la noche. En resumen, se vivió en un evento con poco menos del espíritu que se ha enaltecido en ediciones anteriores, con poco menos libertad y, valdría la pena rescatar, poco menos del libertinaje —al menos en las inmediaciones de lo que respecta en concreto a la Megaofrenda— por parte de los asistentes, propios y ajenos, que muchas veces desvían la intención original de este evento, aunque aún con el ambiente creado por los propios espectadores y el misticismo inherente de las festividades en cuestión.

 El ritual termina, las luces se apagan y las almas de los visitantes se despiden. Nos reencontraremos en noviembre próximo.

Karla M. Ricalde

(Ciudad de México) fue un jueves de la segunda mitad del año de 1992. Licenciatura en Comunicación y Periodismo por la UNAM. Fotografía y especialidad en producción radiofónica, aunque gusta también de la ortografía y la puntuación.