¿Cuántos diablos hay que cumplir para dejar de estar maldita?

septiembre 30, 2014

Por:

Arte, Extras, Fotografía, Imagenes, Medios, Notas, Objetos, Random, Tacto

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Soy la oveja negra de la familia, con modales de cabra.

 La que se tiene que tapar los tatuajes cuando llega a casa porque mi mamá, de 60 años de edad, se molesta conmigo por tenerlos.

 Soy la flor que emerge del pantano y huele bien.

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 Hay varios fluidos que se han derramado en estos 25 años:

 Las lágrimas que salieron cuando me abandonaste.

 El sangrado vaginal que dejé de segregar hace poco más de un año.

 El flujo nasal que siguió luego de jornadas largas de llanto.

 El semen que me tragué y el que dejaste adentro.

 La sangre que corrió por mis nudillos cuando golpearon sin descanso el concreto. Maldita ansiedad.

 La cebada de mis latas de cerveza y el whisky, el ron, el mezcal, el pulque, el brandy; casi todo menos el horrendo vodka.

 La saliva que lubricó mis porros y la que me faltó luego del silencio introspectivo que deja la hierba codiciada y juzgada por muchos.

 El sudor de mis manos y de mis axilas.

 La grasa facial que se escurre tras la actividad diaria.

 No han pasado tantos años, sólo los suficientes. No he madurado del todo y no sé cómo se llega a ese ideal.

 Sólo sé que seguiré esparciendo jugos y caldos, regando mi esencia; con desprecio y repudio a las situaciones que no puedo controlar: tu ausencia, desdén y olvido.

Fotos: Jaime Tena