Cuando Dios usó el diván

septiembre 29, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“Dios: lo más evidente y lo más misterioso.”

J. B. Henri Lacordaire

El Teatro Helénico es garantía de calidad teatral, me da gusto confirmar este enunciado de nueva cuenta con el siguiente escrito acerca de la puesta en escena La última sesión de Freud, dueña del espacio de fin de semana del recinto principal. Habiendo anunciado el tema es justo adentrarnos en materia.

 Haciendo un ejercicio rápido de reflexión a la ley de causa y efecto, aplicada a nuestra cotidianidad, la existencia de los seres humanos, como de todo lo que podemos conocer, proviene en directo de una acción mayor, la cual la ciencia ha apodado desde nuestra infancia como el Big Bang, la partícula que explotó y se expandió formando todo a su paso.

 Podemos quedarnos hasta ahí, o jugar al pequeño inquisidor de primaria, frente a una confusa educadora ante la pregunta de ¿Quién puso esa partícula?, ¿Quién la creo?, ¿Por qué? y ¿Para qué?

 A partir de aquí, nos topamos con la pregunta central: ¿Dios existe? Para los grandes pensadores dicha inquisitiva es compleja de responder, hay palabras tanto a favor como en contra de una presencia divina superior.

FREUD_ Foto Yanko Bribiesca 21

 Se le han dado mil nombres, y tiene demasiados argumentos en prueba y contraste, empero, al final es innegable que hay algo o alguien con un nivel más alto que el nuestro, probablemente diseñando nuestro camino de tal forma que no podemos comprender. ¿O no es así?

  La aparición de la interrogante tuvo a nutritiva forma el toparse con un rotundo no, por parte del padre del psicoanálisis, el propio Sigmund Freud, quien afirmaba que la creencia religiosa era simplemente una proyección de necesidades humanas.

 La palabra de Freud ha sido ley para muchos filósofos, además de objeto de contraste y debate. Sin duda uno de los más pronunciados fue el que Armand Nicholi propone en su libro “La Cuestión de Dios”. Dónde los argumentos de Freud hallan respuesta inversa con los del escritor católico C.S. Lewis (Las crónicas de Narnia).

 Mark St. Germain toma el escrito para desarrollar uno de los textos teatrales contemporáneos más poderosos y ricos, La última sesión de Freud, basado en el encuentro supuesto que Nicholi marca entre Freud y Lewis para argumentar el sistema de creencias de cada uno.

 C.S. Lewis era ateo, harto de los sermones forzosos de su infancia, golpeado por la experiencia de la Primera Guerra Mundial. Pero al pasar los años, dicha lejanía a Dios se vio terminada con un escritor visiblemente feliz de profesar su creencia en la religión. Al ser ateo usaba los argumentos del propio Freud para desmentir al Dios al que después afirmaría contrastando dichas posturas. ¿Puede un hombre recobrar así la fe, sin más ni más? Freud ha citado a Lewis para averiguar esto, en una disertación mezclada entre las señalizaciones duras y el humor inteligente.

FREUD_ Foto Yanko Bribiesca 20

 El texto de St. Germain da honores a ambos autores, analiza a fondo los sistemas de creencias y adaptabilidad del ser humano teniendo como vía dos personajes con ideologías opuestas, pero con demasiadas áreas en común. Uno de ellos se aproxima a su final y luchará por ser fiel a sus ideales. El otro tratará de invalidar sus argumentos tan solo para cancelar los propios. Cada frase pronunciada despide inteligencia, sustancia, ritmo en una batalla campal entre la teología y el racionamiento científico.

 Bajo la dirección de José Caballero nos topamos de frente a una conceptualización exquisita en el escenario, a través de la escenografía e iluminación de Patricia Gutiérrez Arriaga, Freud y Lewis deliberarán dentro de la pirámide del Ego, Yo y Superyó, al tanto que  la mirada de una colección de deidades atestiguan el acto.

 El director nos permite identificarnos con ambos personajes, ser objetivos al tema, para después sacudirnos y adentrarnos completamente al encuentro con la necesidad de tomar una postura a favor o en contra desde el propio juicio analítico. Finos detalles bajo un ritmo que se cocina lento pero con trazos fuertes y un drama que va creciendo, topa un límite y crece de nuevo para alcanzar otro constantemente, generando una arcada dramática que reta tanto a sus actores como al espectador ante la fiereza del diálogo.

 El maestro Sergio Klainer da una absoluta cátedra de actuación, encarnando a una versión de Freud en la línea media del desprecio y la compasión. Absolutamente correcto en tono y forma, Klainer se dirige con una presencia que inunda el recinto y deja anonadado al público. La intención de cada línea de su personaje penetra como navaja directo al intelecto, pretendiendo activar la razón bajo un ataque disfrazado de comicidad autómata. Amén de la genial caracterización de Mario Zarazúa que acerca al actor a un parecido innegable al psicoanalista. 

 Por su parte, Dario T. Pié genera un apoyo constante a Klainer con una actuación justa y plausible que enmarca una apertura más al diapasón actoral del también comediante.

 Esta es  pues una de las propuestas actorales más completas de la temporada. Un montaje imperdible queabandona en cada asistente la confusa necesidad de llegar a casa para rezar un padre nuestro, mezclada con tener que encerrar el rosario en un cajón. No hay pretensión ni sentimentalismos inducidos hacia una desvalijada modernidad, solo se colocan las cartas sobre la mesa para jugarlas con tiento y prevención.

FREUD_ Foto Yanko Bribiesca 19

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.