Cual arsénico caramelizado

septiembre 3, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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La lejanía que  separa al 2006 del presente 2014 es aterradora, no sólo porque el proceso natural del envejecimiento va cobrando sus achaques, sino porque las expresiones artísticas de entonces  demandaban  un plan de acción social en contra de muchos  actos deshumanizadores e infames, por ejemplo el abuso infantil, que a la fecha continúa siendo un punto en la mira del combate social.

 Por supuesto que el abuso infantil (o el abuso en general) no es algo propio de 2006, lamentablemente acarrea su detestable práctica desde los tiempos más remotos en los que la humanidad haya dado indicios de perversidad y degeneración. Sin embargo, fue en dicho año cuando una cinta estadounidense plasmo un discurso acerca de la acción vengativa y preventiva al crimen en cuestión como salida ante la falta de respuesta de las autoridades. David Slade mostró Hard Candy.

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 La cinta presenta a Haley, una alegre adolescente que pacta una cita con un hombre de edad mucho mayor a la suya llamado Jeff, al cual ha conocido en una sala de chat por internet. Tras el esperado encuentro en un café, ella le pide al susodicho que es fotógrafo de profesión la lleve a su casa para poder escuchar música y pasar un rato conociéndose. Tras aceptar la propuesta, Jeff introduce a su hogar a una jovencita que no es tan frágil como aparenta. Haley conocía (o no) a Donna Mauer, una adolescente desaparecida presuntamente violada y asesinada, sabe que Jeff tiene algo que ver con dicho suceso y no está dispuesta a permitir que lo siga ocultando, así tenga que llegar a las últimas consecuencias para esclarecer el panorama.

 El argumento de la aclamada y cruda cinta, a cargo de Brian Nelson, fue adaptado a nuestro país en 2013 por Luis Mario Moncada para ser llevado a la escena teatral bajo la dirección de Anilú Pardo y Mario Mandujano. Con una temporada destinada al Teatro Helénico, a protagonizarse por Tessa Ia (Después de Lucía) y Arap Bethke. Un año después, esta adaptación vuelve al Foro Shakespeare con el mismo equipo creativo pero con un cambió de protagonistas, ahora Begoña Narváez da vida a Haley y Rodrigo Cachero a Jeff.

 La visión de Nelson acerca de la pedofilia encuentra una salida  bastante impactante en formato y contenido. Para una sociedad que aunque afronta el problema no ejerce la fuerza suficiente, dejando abierta la carta a los plagios virtuales, allí aparece una vengadora de corta edad con la convicción firme de ejecutar la justicia por su propia cuenta si esta no cae por su propio peso.

 Haley es la pared que topa a los siniestros perpetradores para exigirles un choque directo que destruya su capacidad de avance, pero para esta estrategia las tácticas son un tanto igual de perversas que las redes de atracción que los pederastas tienden a sus víctimas, entonces entramos al dilema de si presenciamos como espectadores un acto de justicia equivalente a “una sopa de su propio chocolate” o bien un castigo lo suficientemente obscuro para atacar al cuerpo a través de la mente.

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 Hard Candy evoluciona en su estructura para darle un giro totalmente dramático al personaje principal, transformar precisamente un caramelo a una bola plomada con púas y tragar así, sin más preámbulo o aspiración más que contener el aliento, dejar que vaya resbalando por la garganta. Moncada rescata la esencia del texto original y hace énfasis en los guiños que indiquen un giro de tuerca grave, es fiel al cien por ciento y solidifica los diálogos para no dejar ir la tensión creciente.

 Pardo y Mandujano proponen respetar en casi total integridad la visión que Slade apunta en la versión fílmica, sin embargo no significa que den una copia fiel; Empero, en este lado de la mesa podemos encontrar una cercanía ligeramente menos violenta a nivel de imagen viva, cargando el elemento a cuadro en los tonos actorales apuntados y la correcta lectura del texto.

 Los actores convocados son sin duda el punto de partida inicial para tomar esta reposición como un ejemplo perfecto de ver la misma obra pero dejando dos sabores distintos. Cuando el elenco original, sin duda la tensión se podía cortar con un cuchillo en el aire, la necesidad de venganza se olía, a lo que este elenco responde con similares: desesperación y desesperanza.

 Begoña Narváez es sin duda una grata sorpresa, la actriz logra diferenciarse totalmente a sus predecesoras para construir una Haley que lejos de dar un giro de 360 grados y quitarse una máscara de niña buena, declara sus acciones extremas como parte de su identidad única. Narváez no da un salto de víctima a depredador, sino que es totalmente esta última pero con matices que se acumulan de una sonrisa coqueta a tortura con un tono de voz alegre. ¿Pudiera criticarse tal vez que no está haciendo lo mismo que Tessa Ia o Ellen Page? No, puesto que apuesta por una versión casi cristalina.

 Esta bocanada de aire fresco que los directores logran con su protagonista los orilla a dar otro enfoque al rol masculino, dando como resultado que Rodrigo Cachero aparezca con un personaje por el cual es difícil sentir compasión, pero indudablemente genera empatía en su sufrimiento. El juego actoral dispuesto confronta a la audiencia al razonamiento de cuál válidas podrían ser las resoluciones que estamos viendo a través de la ficción si se aplicaran a la realidad ¿Podríamos llegar a sentir la más mínima compasión ante un pederasta?

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 Pese a que la fuerza del producto sigue siendo eficaz, hay un detalle que señala una situación de riesgo: el foro. La escenografía e iluminación de Jesús Hernández establecen un juego de perspectivas, puntos de fuga y planos que son bastante efectivos y atrayentes. El video hace presencia justificable y bien ejecutada. Prevalecen el rojo y el blanco con  un balance adecuado, pero los elementos ya mencionados que hacen aún más interesante la propuesta chocan al ubicar el aparato escenográfico en una distancia mínima al espectador, pierde profundidad de campo, con ello muchas sensaciones que dejan de ser perceptibles.

 Mi segundo pero va al rediseño de la imagen gráfica de la obra ya que este nuevo arte resta frialdad necesaria al personaje de Haley, incluso da un sentido de calidez mayor. Pero vamos, este factor no afecta al producto, bueno tal vez a la atracción de audiencias.

 No, no es una obra fácil de digerir y ahí va uno de los principales ganchos para asistir. La crítica social flota y permanece, acercarse con esta intervención es sinónimo de querer tomarla y ser afectado contemplando los riesgos y necesidades. Altamente recomendable.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.