Crónica FIL Zócalo 2012 parte 4

Por Hernán Flores

(Cuarta y última entrega)

[Domingo 28 de Octubre 2012]

4:30 p.m. El “Emperador de Xochimilco” golpeaba su bajo con furia mientras toda la gente a sus pies brincaba y coreaba el “Guachuguachea”, dejando ir hasta sus últimas reservas de aliento. “Los Bábara” sonaban en el escenario mientras yo brincaba y sonreía estúpidamente. ¿Por qué sonreía? No lo sé. Hacía mucho tiempo que no escuchaba un ska de esta calidad. Las trompetas revolvían en un vortex de notas el aire denso que flotaba en el escenario. La bandera colombiana ondeaba libremente como el papalote que tiende al viento un niño pequeño mientras corre por las calles. Los tambores eran aporreados y la gente sólo sabía pedir más y más. El escenario estaba repleto de gente que brincaba, bailaba y gritaba: “¡México dice no a la guerra, oe, oe!” Después de tocar un par de canciones más, porque el público no les permitiría irse dejando así las cosas, se despidieron calurosamente del Zócalo y prometieron que volverían pronto. Por si las dudas yo compré su disco y vengan pronto o no, yo los tendré sonando caprichosamente en mi biblioteca de iTunes.

 

5:00 p.m. Era el último día de la feria y yo no había comprado más que tres libros, “Arte y Poesía” de Heidegger editado por el FCE y un par de “Los Bastardos de la Uva”. Decidí sacrificar una hora de trabajo por una de placer y dedicarme a husmear en todos los puestos que pudiera, seguro algo me encontraría. Pasé por Hiperión, que era como una torre custodiada por un par de dragones sigilosos y cuidadosos poniendo los ojos encima de cualquier fardero que quisiera hurtar una de sus preciosas doncellas. Me fui. Encontré muchas cosas interesantes, “Celestino Antes del alba” de Reinaldo Arenas, que Héctor tanto me había recomendado, “La Conjura de los Necios” de Toole, uno de los suicidas más célebres que he conocido. Me encontré con Hesse, Lipovetsky, Capote, Gelman, una infinidad de libros de los cuales no me animé por ninguno.

 

6:00 p.m. Una serie de rechiflas al viento me hicieron caminar de nuevo hacia “Macondo”, mi escenario preferido. Iban y venían chicos cargando cables, conectando aquí y desconectando allá, mientras tanto las rechiflas no conocían el descanso. La presentadora intercedió por el equipo de staff, intentando detener las silbatinas pero lo único que logró con eso fue enardecer más al público y el huracán de chiflidos volvió con el doble de fuerza. Después de un largo rato logré conseguir una silla. Me senté e incrédulo y juicioso comencé a escuchar lo que comenzaba a sonar por el momento. Renee Mooi era el nombre del proyecto y al principio no los pude calificar más que como un intento de The Mars Volta, pero con menos vitaminas, sin la enjundia que los caracteriza. Sin embargo, el tiempo pasó, escuché “Snail”, “Apple”, un par de covers y “Libélula”, y los ladrillos de mi mente fueron derrumbándose poco a poco. Una gran banda después de todo, que mezcla el experimental, una pizca de elementos electrónicos y rock progresivo de una manera única. En la última canción un niño pequeño avistó unos cuantos globos de cantoya y rápidamente se lo hizo saber a todo el público, que dejando un poco de lado el espectáculo volteó simultáneamente como una única y gran cabeza que miraba pequeñas luciérnagas que subían al cielo y una que otra se consumía en llamas.

 

7:00 p.m. Todos empacaban ya sus libros haciendo cuidadosos conteos de cajas, libros, mesas, sillas, entre algunas otras cosas para dar por terminada su labor en ésta décimo segunda feria del libro en el Zócalo. Ya que no había nada más que buscar en los puestos, decidí visitar el único lugar al que no había ido en todos mis días de visita a la feria: el “Espacio Reguilete”. No me importaba qué hubiera, simplemente quería visitarlo y ver cómo funcionaba ese espacio. Tomé asiento en las últimas filas y comencé a escuchar a un lector recitar un poema que decía algo así como: “Hoy me dejas cual hoja al viento en silencio. Hoy estoy como árbol caído, como ave sin viento.” Y sencillamente decidí quedarme, ahora un poco más interesado, a ver de qué iba todo eso. Los recitales estaban acompañados de una guitarra acústica que solfeaba según la cadencia del poema y el aliento del poeta que lo recitaba. También apareció una melódica ocasional y un violín que tocó a la par que la guitarra. Proyectaron un video-poema titulado “El Hombre que Dijo Ser el Mar”. Una animación muy nostálgica y lenta que cerró con broche de oro esta noche. Me detuve en el puesto después de escuchar que habrían rebajas y compré tres libros de poesía y una botella de píldoras de “Pasiflora Poética”, como ellos las llamaban. Era un sencillo juego en el que desde tu interior debías hacerte una pregunta, fuera la que fuera, y una de las pequeñas píldoras rellenas con una frase literaria te la resolvería. Ingenioso, pensé. Terminó la presentación y los aplausos inundaron el escenario como la noche nos inundó a nosotros. Como dos largos y fuertes brazos tendidos que nos mandaba con una sencilla orden a nuestras casas.

 

8:00 p.m. La parte más fácil del trabajo ya está hecha. Espero no dejar todo hasta el final como siempre me pasa y poder volver a las andadas lo más pronto posible. Abordé en el metro junto con una que otra pequeña familia que fue de paseo dominical a la feria en vez de a la iglesia y me senté para descansar la espalda y leer un rato. Ahora sí, ¿En dónde me había guardado ese librito de Arenas?

 

Originally posted 2012-11-05 18:00:12. Republished by Blog Post Promoter

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