Crónica: FIL Zócalo 2012 parte 2

Por Hernán Flores

[Miércoles 24 de Octubre 2012]

 

3:00 p.m. Me arde la piel. Otra vez no debí haber comido tantos tacos de canasta. El calor es insoportable. A pesar de todo estoy seguro de que será un día increíble, veamos qué más puede ofrecerme esta feria, seguro habrá mucho de qué hablar, musitaba para mi interior tranquilamente mientras el vagón andaba por el subterráneo y veía como un niño se admiraba de unos nuevos anuncios luminosos incrustados en un buen tramo del trayecto entre una estación y otra. Maravilloso. Sin darme cuenta habíamos llegado a nuestro destino y estaba listo para ir a la carga.

3:30 p.m. Como lo había predicho días antes, “Macondo” me permitiría escuchar cosas fabulosas. A mi llegada curiosa y algo apresurada escuché un contrabajo y un teclado que armonizaban la plancha del Zócalo al ritmo de música de cabaret. Una música oscura y llamativa daba brincos y abría las piernas como una prostituta ofreciéndonos su olor y su sexo sin límites. Terminó la primer canción y quedé maravillado, tenía un sonido parecido a The Dresden Dolls pero con esa peculiaridad que tienen todas las bandas argentinas, un carisma difícil de apreciar. Tocaron un par más de temas fabulosos en los que ora tocaban el chelo ora el contrabajo, ora un tambor grande ora una pequeña lata de frijoles. “Lo nuestro es la noche, estamos en un ambiente extraño” dijo la vocalista despreocupadamente. Como si no nos hubiéramos dado cuenta de sus maquillajes semiteatrales y algo escalofriantes de mimos y payasos de circo sobre ruedas. Vinieron desde la Plata, Argentina, para darle un toque más de diversidad a nuestra feria. En ese instante me enamoré del escenario, la música iba perfecto con todos los detalles. Palacio Nacional estaba parado justo detrás de él como un hombre avaro vestido de traje. Qué impositivo puede ser un uniforme o un traje, como dicen por ahí, le da autoridad a cualquiera.

4:00 p.m. Me detuve a llorar desconsoladamente a orillas del Fondo de Cultura, sin importarme la vergüenza que sentía, sin importarme nada ni nadie más que yo mismo. Mis lágrimas suavizaron mi corazón de acero y éste se volvió lentamente un erizo al que ahora nadie puede acercarse. Las gotas de mi llanto rociaron el pasto donde crecieron flores nuevas y desconocidas. Nueva flora pobló mis dedos y mis manos. Floreció nueva poesía. En pocas palabras, agregué uno más a la lista de engaños, daños. Fue uno terrible e irreparable. Sin embargo, para mi sorpresa y buena fortuna me encontré a mis amigos los poetas vagando por ahí. Confeccionamos un credo de desprecio e ira, de intestinos y saliva que escupimos sin parar durante un rato en su contra. Me puse de pie y todos acordaron cancelar sus planes (uno ver a su chica y el otro ir a la escuela) para irnos a beber cerveza.

4:30 p.m. Llegó Héctor. Héctor Hernández Montecinos. El poeta chileno, no un simple poeta chileno, si es que cualquiera de ellos puede ser un poeta cualquiera. El autor de La Divina Revelación. El poeta del cosmos. Llegó Héctor y las cosas poco a poco fueron yendo a mejor. Recibí un mensaje suyo diciéndome que ya estaba en el asta donde horas antes habíamos acordado vernos y caminé a su encuentro. Sus gafas oscuras reflejaron el sol sobre mi piel que aun ardía por mi visita a Acapulco y lo primero que hizo al verme fue darme un largo y fuerte abrazo. Un abrazo como ningún otro, era un abrazo cósmico. Toda la fuerza del cosmos estaba concentrada ahí y con él me cobijaba. Me dio un par de palmadas y dijo “Hola, Hernán, ¿damos una vuelta y vemos algunos libros?”

5:00 p.m. Dimos varias vueltas a la feria, anduvimos desde Tusquets hasta Acantilado y Anagrama, pasamos por Siglo XXI hasta que finalmente llegamos a la Editorial 2.0.1.2. la editorial de Yaxkin, el poeta que no sólo es poeta, sino también poema. La editorial que en exclusiva edita y publica a David Meza, una de las promesas más grandes de la poesía contemporánea, también amigo nuestro. Aún con el corazón carbonizado decidí no perder más el tiempo y eché un vistazo a todo lo que había sobre la mesa para poder recuperar las horas perdidas en el día y escribir acerca de la editorial. Y bueno, descubrí que cada tiraje, o al menos muchos de ellos, estaban hechos a manos y además estaban numerados. También vi el póster del Festival Subterráneo de Poesía, el cual daría inicio el Domingo comenzando con lecturas en la pirámide de Tenayuca, después el Lunes con lecturas y encuentro de poetas latinoamericanos en la “Hostería La Bota” para seguir así también el martes, pero ésta vez en el CCH Sur hasta terminar el Domingo siguiente con un campamento poético. Una cosa de poetas: una cosa hermosa. Pues vamos por esas chelas, ¿no? Los escuché decir con insistencia. Vamos pues, les dije, sin imaginarme siquiera cómo terminaría todo esto.

7:00 p.m. Quedaron rezagados algunos poetas en el camino intentando encontrar algo valioso entre los puestos. Debemos irnos ya, que si no, no llegamos – le dije a todos con intención de movilizarnos lo más rápido posible. Habíamos acordado ir a la presentación del poemario más reciente de uno de los amigos de Héctor. Espero no sea demasiado tarde, quiero tener algo de qué hablar para éste día perdido y miserable.

7:30 p.m. Llegamos a la exposición, pero ya había terminado. No escuchamos más que un par de palabras del final, sin embargo con aplausos pagamos nuestra deuda, nuestro retraso. Ordenamos una ronda más para todos los poetas sin pensar en el precio. Ir a ese lugar, después de todo, no fue una pérdida de tiempo, también pude recuperar algo del trabajo sin hacer durante la tarde. Nos encontramos a un par de cuenta cuentos y un poeta, todos guatemaltecos, que habían venido por la invitación que les fue hecha por los organizadores de la FIL para dar pequeñas sesiones de cuentos leídos en voz alta para los pequeños que habían asistido a la feria. Me contaron que habían tenido un grupo lindísimo de niños que jugueteaban y parecían sentir amor, incluso tal vez pasión, por los cuentos. Que partían al día siguiente a mediodía con una gran sonrisa, que se les había tratado muy bien en la feria. Y ahí fue cuando me di cuenta de todo, sería una noche más para ser un detective salvaje y no pensaba dejarla ir. “Espero mañana no estar muy podrido, mañana sí tengo que trabajar”.

 

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