Consuelo lunar para los muertos en vida

octubre 29, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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Otoño, posiblemente Agosto. El sol radiante quema sin piedad todo aquello que su luz toca y llena de  pesadez el aire con un calor insoportable. El lugar es una granja de Conneticut, ubicada en el tiempo alrededor de los años 20. Ahí Phil Hogan, un viejo soez, timador y alcohólico vive con la única hija que ha decidido no abandonarlo, Josie, una mujer fuerte y brava con una reputación liviana bastante escandalosa. Comenzarán a discutir porque ella ha dejado que el último hijo que le quedaba se fuera, pleito que habrá que parar para escuchar a Tyrone -dueño del terreno arrendado y alcohólico también-, quien advertirá una propuesta mejor a la que ellos pueden darle para comparar la granja que han trabajado tantos años. El final podría estar cerca. 

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 ¡Celebremos que Teatro Unam abre un ciclo para honrar a los grandes  dramaturgos del siglo XX! En esta ocasión, el texto elegido para cobrar nueva vida es Una luna para los malnacidos, del genial – Premio Nobel de literatura, por cierto- Eugene O’ Neill. Precursor junto a Chéjov e Ibsen del realismo dramático. La celebración toma forma dentro del Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario de jueves a domingo.

 Definitivamente esta es una obra que tuvo que inspirar a autores como Tracy Letts a escribir textos como Agosto: Condado de Osage. O’ Neill aprovecha la temperatura casi desértica marcada en el ambiente propuesto para generar una sensación de hartazgo. Una familia poco convencional que demuestra su amor a través de una nula muestra de respeto demostrada en insultos agudos como reproches a las condiciones físicas de cada cual. Sin embargo, a pesar de que la hostilidad sea irrespirable, el padre y la hija la han adaptado este estilo de vida predilecto.

 El autor suma a un personaje tan arrogante como abatido para poner a prueba a padre e hija, a través de la confianza que el uno pueda sostener en el otro. Sin pensar un momento en que quien les está manipulando – sin así quererlo- es en realidad quien vive a prueba  de sí mismo el día a día. Un ser tan atormentado que expía sus penas en el consumo constante de whisky sin encontrar realmente un alivio efectivo.

 Así, O’Neill pone sobre la mesa un discurso profundo y  emotivo, que habla acerca de la flaqueza del hombre ante la rutina de la vida. A través de personajes aproximados totalmente al realismo de la época que conjura, presenta un discurso sobre la necesidad del amor propio suficiente para sostener a un individuo, más no tan fuerte como para impedirle moverse de su zona de juego. En torno a todo esto, las promesas, como única certeza de la honestidad de la gente al sellarlas con sus ojos. No hay maldad, ni bien, tan solo la realidad que no es más que una lucha entre las conveniencias y los sentimientos auténticos tratando de equilibrarse juntos.

 Los personajes tienen una construcción sólida prácticamente perfecta, además de presentar un desarrollo en la trama inteligente y lleno de desafíos tanto explícitos como implícitos en su interior. Pero para reunirlos a todos bajo el mismo tono, pone a la luna como la constante que dejará ver en realidad quien es quien y delata que llevan en su corazón. Así todos esperarán a que la luz del satélite los ilumine para poder liberar sus tormentos aunque sea por una noche. Sentir entonces pena por estos seres es automático.

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 La traducción de Humberto Pérez Mortera resguarda muy bien las intenciones de O’ Neill al escribir la obra: reconciliarse con aquello que ya no tiene en vida. Cada línea apunta  la desesperanza y el acorralamiento proveniente del silencio interno, de no abrirse.

 Mario Espinosa tiene bajo su cargo la dirección de esta puesta, rescatando y apuntando con gran astucia los momentos de comedia que aligerarán la tensión dramática referida. Sostiene muy bien la intención de la obra para  verdaderamente transmitir la necesidad desesperada que tienen los personajes de hablar con franqueza de sí mismos, sin embargo, hay momentos en que el hilo pierde tensión y los argumentos se tornan lentos, cansados, afortunadamente estos desbalances se reajustan, pero existen.

 Los únicos elementos que en realidad no se explotan u aprovechan son la escenografía (una rotonda de pasto seco cubierto por hojarasca, bajo la rama de un árbol) en conjunto con la iluminación. No hay una interacción que reaccione natural a la trama, hay tonos cálidos cuando son requeridos, pero no hay un manejo adecuado de los fríos, de manera que los cambios no favorecen ni lucen en sus mínimas apariciones.

 Empero, el enganche aparece gracias a las buenas actuaciones de Patricio Castillo (Un auténtico lujo en escena), Rodolfo Árias y José Juan Sánchez, quienes serán cómplices de una de las mejores actrices que tiene este país: Karina Gidi.

 Gidi logra conmover y convencer de todo cuanto se nos dice está pasando con tan solo modular el tono de su voz o realizar un movimiento coreográfico común con el cual identificarnos ante la situación en que es hecho. Pasa de ser la dura roca al frágil cristal, para luego ser el regazo acogedor con una elasticidad sentimental impresionante. Ejemplo claro de alguien que ama su profesión y se apasiona de cada personaje para en verdad grabarlo en su piel.

A partir de la entrega, se le rendirán cuentas a la noche lunada por los muertos del pasado cuyos fantasmas protestan el presente. Coincidir será el camino, conspirar será el método y alcanzar la paz el motivo. Altamente recomendable.

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Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.