Con la camisa bien planchada

enero 19, 2015

Por:

Arte, teatro, Vista

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“Di la verdad. O alguien la dirá por ti”

Stephanie Klein

María llevará por primera vez a Mariano a conocer a su familia. Ella es una chica que viene de una cuna humilde, enamorada de un machista de clase y sustentos elevados. El padre de ella es un patán que engaña a su mujer, una desvencijada ama de casa que ha hecho de la sumisión un sinónimo del “más sin embargo”. Al centro Beto, hermano de María, un joven  en tratamiento psiquiátrico para controlar su “locura”. Ella tratará de evitar una colisión entre dos mundos, que en realidad será un cara a cara entre universos. La primera impresión siempre es la que cuenta.

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 ¿De dónde proviene la dificultad de los seres humanos por decir la verdad? Aceptarla, transmitirla. Aquí hay una familia que nos abre las puertas de su casa para presenciar un momento de discusión nocturna a raíz de una simple sentencia: las cosas ya no se pueden ocultar. Tampoco a las personas. Ese loco que se desarrolla como un ser complejo, condenado a arrojar su postura verdadera ante todo lo que le rodea, debe hablar. Hacer ejercicio de su derecho y expresar su visión de la realidad. La auténtica.

 Tal vez la premisa pueda predisponernos a una comedia. Pero “El Loco y la Camisa” va mucho más allá. Retomando temporada en el Foro Lucerna, esta obra de Nelson Valente es una cruda exposición de intolerancia, hermetismo, hipocresía y violencia intrafamiliar, donde la aparición de la verdad, como única vía de comunicación por parte del personaje central, genera un arco dramático que se tensa crecientemente, llegando al límite de sus opciones.

 El texto de Nelson Valente es fuertemente exponencial. Tomando una situación simple, la eleva a un análisis sobre la presión que es capaz de ejercer un deseo sobre quién lo tiene. Todos deseamos algo, estos personajes también más no lo alcanzarán hasta desenmascararse para continuar. Avanzan en una ronda de comunicación pretenciosa hasta que aparece quien rígidamente y de forma ecuánime los revelará sin otro interés que el bien común.

 La narrativa es redonda y sólida, una  crítica abierta a la sociedad que se rodea de convencionalismos. Pero también una invitación al entendimiento a partir de la saturación. No basta con pensar que las cosas no pasan para que en efecto dejen de suceder, se deben afrontar  personalmente.

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“LO LINDO NO ES FORZOSAMENTE INTERESANTE”

 Para encontrar entonces a la rigidez insolente junto a la poesía, la dirección de Sebastián Sánchez Amunátegui establece un terreno de juego aislado, introduce al espectador como tal, un testigo de lo que va a suceder. La conducción del ritmo es ágil, certera, los saltos y despuntes cómicos son fascinantes e hilarantes, empero, la corrección dramática es brutalmente desgarradora.

 Amunátegui sabe muy bien a qué público se está dirigiendo, a una cultura que se ríe de la desgracia, así que decide tomar todas las ventajas posibles, explota los límites de lo entrañable. No hay musicalización o un discurso complejo en la iluminación, incluso la escenografía  es escasa. Entonces uno encuentra la valía al saber que logra un universo magno con pocos elementos que aderecen el genial texto.

 Una trama tan difícil podría haber generado un verdadero botón de densidad. Aquí no, la ligereza con la que se plantea todo permite transmitir totalmente. Entender cada postura. Logro en suma a un elenco pleno que lleva a cada personaje por una línea establecida y honesta.

 Emilio Guerrero, Mercedes Olea, Sonia Couoh y Manuel Balbi son totalmente gratos, generan actuaciones fuertes, que dan sustento a cada línea. Junto a ellos, sobresaliendo con uno de los mejores trabajos actorales que se puedan referenciar acerca del asperger (perdón Luis Gerardo Méndez y Alfonso Dosal): Ignacio Riva Palacio, quien simplemente deja la vara en un lugar muy alto.

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 Riva Palacio vive el desconcierto desesperante que surge en la mente de Beto. Logra proyectar una fuerza escénica honesta que arrasa con todo, mueve por dentro rompiendo cada barrera que pueda existir entre la obra-audiencia para abrir totalmente una ventana de par en par. Con la contención precisa en formas, tonos, introduce a la mente frente a un auténtico viaje por las imágenes que genera de la realidad que él ve y de la cual los demás buscan escapar.

 Esta es una experiencia de teatro verdaderamente única. Hallar una obra que satisfaga tanto con tan poco es muy raro actualmente, pero este equipo diseña un proyecto conmovedor, altamente difícil y franco con el poder de levantar a la sala entera en una ronda de aplausos indescriptible.

Para mí significó un torbellino del cual no pude recuperarme sencillamente. Es tiempo pues de que usted se contagie de esta locura y asista a recibir una descarga que aligerará su andar.

– Imágenes de Roberto Carlo

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.