Con el antojo de las emociones: La literatura depresiva

octubre 9, 2014

Por:

Ilustración, Literatura, Notas, Objetos, Reseñas, Tacto, Vista

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Crédito: Sin dominio.

Un trampolín emocional es el que nos sujeta constantemente. Muchas preguntas pasan por nuestra mente: ¿por qué estoy aquí? ¿cuál es mi papel ante la vida?, y las respuestas podrían parecer vagas, pero realmente demuestran el compromiso consigo mismo. Estoy aquí para cumplir mis propios objetivos, estoy aquí porque quiero ser, estoy aquí porque vivo de mis emociones. Y mi papel ante la vida, es ser un ente separado y a la vez, parte de un conjunto de aspectos simbióticos.

 La literatura –que invade el sentimiento depresivo-, está cargada de distintos matices que le permiten al lector adoptar una serie de formas de visualizar ciertos escenarios posibles, en donde suele ser el protagonista de la obra, su propio ser, su infestado lobo estepario. Navega por la depresión, y luego el vuelco parece ser nauseabundo, cuando la magia de la vida parece conmocionar a la mente: Sorpresa de pocos, pesadez de muchos. ¡Malditos eufemismos!, parecen acecharnos constantemente a los depresivos.

 Hermann Hesse, Jean Paul Sartre, Fiódor Dostoyevski, Friedrich Nietzsche son autores que reflejan el síntoma neurótico y maniaco de una sociedad perdida en sus propias difamaciones, en su caída abrupta hacia el delirio mental, así como en su sentido de persecución más falaz. Líderes del temor y el horror, como Harry Haller, Pablo Ibbieta, Raskólnikov –por mencionar algunos– , participan como la huella de lo recóndito y lo transversal del ser humano, componen la yuxtaposición emocional entre el bien y el mal –subjetivamente hablando–  y tratan la ironía con el sarcasmo, de una forma mediática inigualable.

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Crédito:Behance.

“Nosotros nos representamos siempre la eternidad como una idea que no podemos comprender, ¡Inmensa, inmensa! Pero, ¿Por qué ha de ser así necesariamente? Pues en lugar de eso, imagínese una habitación pequeña, como quien dice un cuarto de baño, ennegrecido por el humo, con telarañas por todos los rincones, y he ahí toda la eternidad. Mire usted, yo me la imagino así algunas veces.”

– Fiodor Dostoyevski, Crimen y Castigo

 Todos los rincones del alma, se marcan de apetencias y extravagancias, mientras que el pensamiento se desquebraja por el equívoco social e imperante tan demandante, que causa una jaqueca neurótica por un lapso de tiempo mayor a lo que tu cuerpo pudiera pensarlo como prudente.

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Crédito:Nudos narrativos.

 “Entrada sólo para locos”. Y mientras el funesto pensamiento tarda en volverse demagogia, nuestro hábito al ocio deprimente, abunda entre las letras y reflexiones de protagonistas tan decadentes como el consuelo de los días cotidianos… de lunes a viernes, de sábado a domingo y comienza el juego de nuevo. Abruptos cambios nos acongojen, y volvemos a repetir “Entrada sólo para locos”.

 En un mundo tan desquiciado, los más congruentes podrían ser los verdaderos enfermos mentales.

 El horror por la vida y la muerte, se vuelve la sintonía idónea para el lector y conmociona lo más permisible de la emoción humana: El dolor. Espacios desoladores y turbios, parecen ser el complemento perfecto para una historia llena de sensibilidad. El brío de la inquietud mental, le abre paso a lo abrupto… a lo pasional, a lo que nos causa más extrañeza y a la vez, más placer.

 En el muro de Sartre, se entrevé la pasión humana a partir de diversas magnitudes, que van desde lo más casual a lo más grotesco –por decirlo de alguna forma–. Lo fortuito, es la cúspide del deseo y el vaivén de los pesares, suele ser el éxtasis. Muy mundano el amor, muy enferma la congruencia… todo lo paradójico, parece ser el consuelo adyacente a la vida.

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Crédito:Tumblr.

“Un cambio profundo sucedió en su entorno. La luz envejecía, encanecía, se ponía pesada como el agua de un florero que no se ha cambiado desde el día anterior […]. Veía a su alrededor, dudando casi tímida: Todo estaba tan lejano: En el aposento no existía ni día ni noche, ni estaciones, ni melancolía.Recordó ligeramente otros otoños, otoños de su infancia, después repentinamente se resistió: Tenía miedo a los recuerdos.”

– Jean Paul Sartre, El muro

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Crédito:Tumblr.

 ¡Qué opulencia del sentir humano! ¡Qué necedad por temer al olvido! Nada debe de ser sometido a juicio emocional, sino todo sería incongruente y fatídico. Más fatalidad no puede haber en la vida, si afirmamos que la congruencia es el centro de la humanidad. Incongruencia para la apariencia… ¡Qué más da! El permiso para saber qué es metafóricamente bueno, se lo debemos a los loqueros –psiquiatras y psicólogos–, mientras esperamos la próxima consulta acompañada de la literatura depresiva, del sentido común a la inapetencia pura.

 El viaje es más largo de lo que parece y la torpeza deambula entre cada palabra y párrafo (mientras haya más crudeza, mejor), y la bomba de inquietantes pensamientos abruma y exaspera, causando un tipo de cliché mental. Más anormalidad, menos bifurcaciones –pensaban los que no esperaban– mientras que los que denigran la causa, suelen estar cargados de la crueldad misma.

 Plagado de un realismo, de un sentimiento de permanencia, la narrativa que toca la depresión del individuo carga consigo una ola de presentimientos que parecen ser, como una revelación masoquista hacia el mundo y sus más extraños deseos. Cualquiera que sea la forma, la literatura mueve el sentido del reloj, para detenerse en la reflexión y la capacidad de comprender la temática emocional. No todo es sabiduría ni incoherencia, sólo es vivencia.

Alma Torres

El viaje es entre letras y utopías. Estudiante de Economía del IPN. Hagamos de la escritura, la revolución del amor mismo.