Cómo conoció a su madre (la de ellos)

enero 6, 2014

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El Escribidor despertó. Por la oscuridad que lo cubría se filtraban contadas líneas de sol. La desmemoria pesaba sobre él. Qué había pasado era algo que no podía decir. Sintió sus manos frías y las llevó a la cara, al tiempo que rompía la manta de cartones que le procuraba calor. La luz le cayó encima como otra oscuridad. Poco a poco sus ojos se acostumbraron mientras difusamente se dibujaba un rey preso en medio de la plaza pública. El Escribidor sonrió. Pobre Carlitos, pensó, ser cautivo de Napoleón y terminar como enjaulado de Mancera. Mala pata, sin duda. Qué hora y día era fue pregunta que lo interrumpió. Buscó instintivamente el celular en los pantalones. Nada. Maldijo –la maldición ha sido censurada por su alto contenido en blasfemias–, pero un recuerdo vago lo llevó a revisarse los calcetines.  Un ladrillo surgió de una de sus piernas amoratadas. 37 llamadas perdidas y todas de su Editor Azul. 4 de enero de 2014, siete de la mañana. El Escribidor no podía explicarse cómo había perdido tantos días de su vida: ¿acaso desde antes de la navidad?

El Escribidor imaginaba al Editor Azul vuelto un basilisco. La conciencia lo devoraba por perder la entrega de su tercer artículo. ¡Oh desgracia que a los hombres llega cuando Fortuna olvida! Con desesperación, El Escribidor intentó devolver la llamada, rogando a los indolentes dioses de la telefonía celular que no enviaran el funesto aviso del saldo agotado. Pero no, la llamada prosperó. Desde la distancia, el aire frío se llenó con una bella tonada de los Ángeles Azules: amo su inocencia, diecisiete… Esto llamó la atención de El Escribidor hacia la puerta principal del Museo Nacional de las Artes, donde el bulto de una cobija cobró humanidad.  El Editor Azul asomó la cabeza y por el auricular El Escribidor lo escuchó en categórica afirmación: “¡Qué buena ped…!”.

Horas más tarde, cuando ya las comodidades de su cama le daban digno asilo, El Escribidor tomó su laptop, una portátil que, puesta a espaldas, haría temblar al mismísimo Pípila, y revisó todo lo sucedido durante su ausencia. Feisbuc le contó sobre las depresiones pre y posnavideñas que ocurrieron –no se hable sobre las que ahogan el día del nacimiento del Altísimo en su segunda persona–, además de anunciarle las novoanuales que se acompañaron de un montón de deseos más huecos que las bolsas de papitas. Sin embargo, entre el morbo de la privacidad expuesta, El Escribidor encontró una noticia que lo dejó triste: el último capítulo de su serie favorita, How I Met Your Mother, se televisará el último día de marzo próximo. Tras leer esto, El Escribidor recordó otra categórica afirmación de su Editor Azul –el Editor Azul tiene categóricas afirmaciones para regalar entre los pobres–: el entretenimiento nunca viene con la calidad. El Escribidor, por supuesto, disiente, y este chow de TV le servirá de ejemplo.

the-kidsHow I Met Your Mother (Cómo conocí a su madre, para los despistados), sitcom situado en Nueva York, cuenta la historia de cómo Ted conoció a la mujer de su vida y madre de sus hijos (sí, esto suena cursi), a quienes narra desde otro plano temporal esta larga, muy larga historia. Al protagonista lo rodea un grupo de amigos: Marshall y Lily, pareja que comenzó su relación durante sus años de universidad, donde también conocieron a Ted; Robin, la chica guapa de la que éste vive eternamente enamorado; y Barney, el don Juan que ha fornicado –a El Escribidor le gusta la palabra exacta, aunque las palabras raramente lo sean– con más de doscientas mujeres.

Por la sencillez con que El Escribidor describe la serie, parecería que ésta es una más entre la vasta producción gringa; incluso, no faltará quien señale coincidencias con Friends; sin embargo, varias características la diferencian.

En principio, la estructura narrativa. Como El Escribidor indicó inicialmente, existe un Ted del futuro (año 2030) que narra desde un plano superior la historia de su pasado. Una estructura en abismo, se llamaría esto en la literatura. Por otra parte, gran cantidad de capítulos prescinde de la linealidad que se acostumbra y, en su lugar, opta por una narración en forma de puzzle que cobra sentido conforme avanzan los capítulos y las temporadas. Los saltos temporales (analepsis, hacia el pasado, y prolepsis, hacia el futuro) son recursos comunes. No obstante, la estructuración de los capítulos no resulta gratuita ni como un capricho de los escritores, sino que sirve fuertemente como base para el elemento humorístico de la serie.

Un segundo rasgo de How I Met Your Mother es su noción de realidad. Con la libertad (El Escribidor se disculpa por la cacofonía) que proporcionan las imprecisiones de la memoria, el Nueva York que Ted construye da lugar a todo tipo de extravagancias que rompen con la realidad común; es decir, se conforma una realidad propia de la historia donde ni las apariciones de Barnehow_met_mother-cap10y y Robin como espías ni las conversaciones telepáticas entre todos los personajes provocan extrañeza al televidente (El Escribidor ha tomado seriedad acartonada). El hecho de que el argumento principal de la serie se sustente en el recuerdo permite a los escritores exagerar las situaciones más sencillas, como el abandono de un sofá en las calles de la ciudad, y llevarlo al ridículo.

Finalmente, El Escribidor abordará –los temas son grandes barcos que abordar– brevemente el elemento acaso más importante de la serie: el lenguaje. El humor que predomina en How I Met Your Mother depende principalmente de dos aspectos: la exageración del lugar común neoyorkino (Lily, como mujer nacida en NY, comprende la extraña lengua con que los conductores del metro se comunican; Barney es un eterno cazador de mujeres con daddy issues) y los juegos verbales que los personajes realizan mediante la explotación de la gramática inglesa. La creación de palabras es constante, mientras a las ya existentes se les dota de un sentido metafórico que se explota durante uno o varios capítulos e, incluso, por temporadas enteras: una palabra o frase con un significado particular que se empleó durante la primera temporada puede bien aparecer en la séptima y el espectador comprenderá sin mayores problemas.

Por la fuerte dependencia de la lengua, How I Met Your Mother ha logrado poca difusión fuera de su país local. El Escribidor imagina los tormentos en que se verán los encargados de las traducciones (El Escribidor ha hablado ya sobre los castigos que merecen los impertérritos malos traductores) y teme alguna vez encontrar ésta, su serie favorita, doblada al español en el canal 5. Que El Creador ni otras deidades vengativas lo permitan.

El Escribidor no cree que el entretenimiento esté divorciado (y en uno de esos divorcios que se caracterizan por las mentadas) con la calidad y tampoco con la cultura. How I Met Your Mother se presenta como digno ejemplo de esto: representación ingeniosa del Nueva York que Ted recuerda.

En último lugar, El Escribidor ha de reconocer que la fórmula de esta serie, luego de ocho temporadas y media, se muestra casi agotada desde hace un par de otoños, por lo que espera ver el 31 de marzo un cierre digno a nueve años de espera por conocer a su madre (a la de los hijos de Ted, estimado leedor). Más allá de esto, El Escribidor sugiere dedicarle no pocas horas de ocio a How I Met Your Mother.

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