Cenando con el pasado o Navidad con amigos 3.0

noviembre 25, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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“YA LO PASADO, PASADO, NO ME INTERESA”

JOSÉ JOSÉ

Es curioso tener que enfrentar al pasado y sus historias que impiden la felicidad al presente, en especial cuando nos damos cuenta que en realidad nunca formamos parte activa de él. Algo así sucede con Ana, su familia no ha sido más que una tumba que resguarda secretos de todo tipo, color o sabor, de los cuales ella no goza conocimiento alguno, sin embargo están presentes en su vida llenando vacíos de información que le permitan conocer la realidad. Porque el ideal sería que ella pudiera saber la verdad, el problema es que la verdad varía siempre, según quien la cuente.

 Por una breve temporada (situación lamentable dada su buena factura) que corre hasta diciembre 14, la compañía Puño de tierra presenta Ex…El pasado ya no es lo que era  en el Teatro Benito Juárez del autor uruguayo Gabriel Calderón y el director Fernando Bonilla.

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 Como menciono anteriormente, esta historia va sobre una mujer en búsqueda de descubrir que ha habido tras de ella en todo el tiempo que lleva existiendo dentro de su entorno familiar, desgraciadamente todos sus familiares, excepto su abuela a la cual no le habla, se encuentran en la tumba por motivos diversos. En buena fortuna, durante la víspera de la navidad, su novio ha diseñado un plan para reunir a cada relato frente al pavo servido a la mesa. Sólo que los planes que parten de lo inexplorado siempre tienen efectos que uno nunca espera.

 Al desarrollarse, el texto de Calderón denota dos aspectos seguros y valiosos: la  fuerza dramática además de contemporaneidad. Nos dice que no basta ver el pasado mediante la belleza rescatada, olvidar el sufrimiento cuidando sacar solo la felicidad de los recuerdos, aquí hay una búsqueda frenética por recuperar cuantos tonos sean posibles para armar una paleta de colores completa que pinte un marco de sentido u orden. Pero aun así, no descuida otro mensaje, no por necesitar saber del pasado para entender el presente y prevenir el futuro, significa que debamos vivir de este.

 Sería deshonesto decir que una obra que hable del ser humano en búsqueda de la felicidad es atrayente en la actualidad. No solo es algo que nos cuentan en repetidas ocasiones, sino algo más bien común, tan obsoleto como barato. Empero, Calderón sabe encontrar la carne adherida al hueso, explorando una propuesta ácida en su comicidad y firme en su discurso duro, lo cual  estabiliza el terreno. Sitúa su desarrollo en una danza a través del tiempo que convence y apremia.

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“lAS COSAS SON ASÍ, ASIMILENLAS Y AVANCEMOS” 

 Tomando el timón llega un director que sabe tratar la tragedia para convertirla en un festín entrañable, Fernando Bonilla adapta y manipula la obra consiguiendo una fluidez total de las palabras, así como un entendimiento pleno de las situaciones. Logra un equilibrio que explota al máximo la hilarante base para entretener a su audiencia, sin dejar aparte la reflexión. Esta construcción expone a la monotonía del amor como el principal asesino del mismo, al igual que la importancia de tomar responsabilidad de las acciones que hacemos, ser francos con las decisiones, planificar su uso.

 La puesta inicia con un ritmo lento, se recupera, luego aterriza en un bache del cual se pensaría no saldrá ya que fue arrastrado por una coreografía torpe, además la falta de equilibrio de la actriz con el foco al momento (inserte aquí a Regina Flores Ribot), tan solo para levantarse y alcanzar una estabilidad envidiable hasta el final que atrapa por completo y sumerge dentro.

 Práctica y sencilla se presenta la escenografía, más cada cuadro tiene un enemigo acérrimo en el diseño de iluminación, que expone totalmente descuidando sectores que podrían lucir mejor. Por ejemplo, existe una conceptualización de fotografías al fondo, que al iluminarse denota los saltos temporales, pero esta solo encuentra correcta ejecución en 1 escena, lo que  frustra en verdad al dejar con la sensación de que  si as {i hubiese sido el resto, la representación podría presumir de un trabajo loable.

 Grandioso es el elenco que juega en el escenario (con la excepción ya mencionada), Pedro de Tavira, Mario Monroy, José Carlos Rodríguez y Valentina Sierra trabajan en un equipo homogéneo, produciendo buenas actuaciones de complicidad total, junto a Sergio Bonilla que demuestra una vez más su talento en una gama de sensaciones plena. 

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 Falta mencionar a un miembro importantísimo del cuerpo actoral, que sin lugar a duda se lleva la obra gracias a la astucia, agilidad y naturalidad impresas  en su trabajo, Gabriela Murray es una antorcha encendida en escena, arranca carcajadas sonoras e imparables al tiempo que goza su papel, divirtiéndose a todo lo que da contagiando a la sala entera. He aquí el ejemplo perfecto del oficio actoral. La cómica violencia del lenguaje de su personaje deja ganas de verla en cabaret y musical, Matilda, como Tronchatoro por ejemplo.

 Retomemos el total. Hay un círculo alrededor de la puesta que la eleva a un lugar desdichadamente privilegiado, su cercanía al contexto sociopolítico de la nación mexicana. En la obra se toca el tema de la represión, la desaparición ¿Cuan fantástico sería poder aseverar estas apariciones únicamente en el mundo de la ficción y no en nuestro real? A esta llamada, se contesta con la misma desesperación y hartazgo que refleja cada elemento de la sociedad. Hay una promesa de risa loca, pero el sello de interiorización permanece.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.