De lo tóxico y la familia en convergencia indefinida

“La gente te inspira o te desangra, elige sabiamente”

HANS F. HANSEN

Una mujer, esposa y madre de familia, ha sido víctima de una especie de ataque terrorista suscitado dentro de un autobús; no se sabe con certeza que ha pasado pero ella siente cómo su cuerpo ha recibido el impacto de una toxina que la va deteriorando tras haber notado a un individuo de piel oscura sospechoso a bordo de la unidad móvil en la que viajaba; mientras quita de ella cualquier voluntad para seguir adelante. Sus hijos han vuelto a casa luego del suceso, su esposo toma de su mano a cada instante. El camino comienza para afrontar los hechos o sumirse en el traumatismo.

 Foro Lucerna abre su siempre cálida puerta a Tóxico, de Greg MacArthur, dirigida por Hugo Arrevillaga Serrano, para permitir la exploración de una historia que se construye a través de la percepción individual sobre un suceso posible a resolverse en terrorismo, histeria, paranoia racial, esquizofrenia o sencillos infortunios sumados en la realidad de una familia chocando ante la vulnerabilidad.

 Aplicable a una sociedad actual que se trabaja dentro y a partir de la incertidumbre en todos los aspectos que la componen, la aparición de esta pieza resulta valiosa para dar un espejo  la desesperación colectiva que pueda mostrar la crudeza de la propagación de la negatividad.

 El relato de McArthur devela  los límites de la percepción psicológica hacia lo que acontece en el mundo exterior, partiendo del quiebre del pilar del modelo familiar tradicional. Al deshabilitar y deteriorar a la madre la familia, esta última entra en una reacción natural de protegerle, sin embargo ¿Qué aspectos aborda la posición natural cuando el esquema de avance se estanca iniciando el retroceso?

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 La dramaturgia amplía el reto de la percepción de la realidad hacia la necesidad de resolver los verdaderos valores que conforman al estado egoísta en el ser humano, cómo este se logra diferenciar de la asimilación, del  avance. Al presentar al cuadro de personajes que acompañarán a la mujer sobre  las asperezas del momento, el autor brinda a cada uno la individualidad dentro de un círculo que aparentemente debe ser homogéneo. El conflicto existe, pero más que reunirse para tratarlo habrá quien, sin darse cuenta, se envuelva con él o busque  la puerta de salida para respirar.

 Valorando íntegramente el discurso del dramaturgo, Humberto Pérez Mortera traduce el texto con cuidado de hacer totalmente asimilable el lenguaje sin perder el contexto de los traumatismos sociales producidos tras aparatosos incidentes terroristas en el mundo, de entre los cuales destacan notablemente como influencias, la caída del World Trade Center en EUA y los atentados del 11-M.

 Trasladando la necesidad del autor por tratar la propagación de los sentimientos tóxicos entre las personas, Hugo Arrevillaga acerca a la obra dentro de un tono realista que apunta con precisión las palabras clave para entender no solo las cualidades y psicología de los elementos a juego, sino también aquello que no se está diciendo.

 Lo último descrito se alcanza en primera vía mediante la  idealización del espacio. La dirección toma el concepto de la mesa familiar como eje para narrar las formas en la que cada integrante de conduce. Este código bellamente planeado y coreografiado aporta las imágenes más crudas  igual que potentes de la puesta a partir de la simpleza resolutiva en escenografía (de Auda Caraza y Atenea Sánchez) para lucir el acompañamiento de la palabra.

 Es aquí donde uno comprende la importancia que conlleva el legado de Arrevillaga, el director no solo se aleja una vez más de la línea melodramática para presentar un concepto mayormente crudo, de una factura difícil al espectador pues no conlleva amabilidad para tratar las dificultades eventuales de la historia (Aquí y ahora, Antes Te Gustaba La Lluvia, Clausura Del Amor). Esta capacidad de dar vida a los textos que maneja de una forma estética, orgánica, honesta y directa es la verdadera característica que podría hacer a alguien aseverar que la manufactura viene de Hugo Arrevillaga, no su complicidad a autores específicos.

 A nivel de iluminación la obra destaca por generar espacios definidos y con sustancia a través de movimientos claros y ligeros, que avanzan junto al buen ritmo planeado, amalgamando la circularidad que la puesta alcanza en sí misma.

 Dentro de el cuerpo actoral, Gabriela Murray logra un trabajo muy bien construído para externar la rabia, desesperación, molestia e incertidumbre que Elena, la madre afectada, sufre. La interpretación captura la fragilidad necesaria como autodefensa incrementando a la par el dañino sistema de creencias que la va convenciendo de estar envenenada. Aquí hay una mujer afectada y este es solo el primer cuadro. Uno puede convertirse en su propio veneno, Murray proyecta con suma posición dicha sentencia.

 Para dar soporte a la actriz, Víctor Huggo Martín edifica al personaje del esposo como un punto de inflexión en medio del caos. El desenvolvimiento del actor permite apreciar la auténtica destrucción mental que provoca estar en contacto con una problemática de manera directa. María Gelia Crespo apoya a la trama con 3 actuaciones fuertes y de sustento valioso. Ana González Bello da una grata actuación, mientras que Andrés Torres Orozco simplemente transporta a su personaje en Sedientos de obra, he aquí el único detalle de dirección-cast.

 Tóxico representa una de las propuestas más valiosas de la cartelera actual. Un llamado a la fuerza interior y a la individualidad aceptada dentro de un núcleo compartido, asegurando desde la taquilla su valor monetario.

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Breve relato por música

Desde el fin de semana pasado, la nueva temporada de Microteatro México ha comenzado de manera oficial, Por Música abre las puertas de la casa de Roble 3 en Santa María La Ribera.

Esta temporada inicia con un poder notablemente menor en su cartelera a comparación de su antecesora Por Amor. Sin embargo existe una razón muy importante para acudir. Una obra en específico que con sus limitantes 15 minutos de duración consigue enamorar a quienes entran a ella.

La clase de piano, escrita y dirigida por la talentosa y versátil Tiaré Scanda, relata la historia de una mujer de edad avanzada empeñada en aprender una difícil pieza musical para piano con el fin de ganar una apuesta basada en el amor que tiene hacia un ser querido suyo. Su maestro es un joven concertista ya retirado sin más intenciones de comprender lo que pasa en el mundo o estar en él.

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Al adentrarnos en la narrativa de Scanda encontramos dos personajes sostenidos en la delicadeza de una nota musical que puede ser continuación o fin de la melodía más esperanzadora que se pueda interpretar. Hay signos de una fragilidad que dentro de la imposibilidad que le da su naturaleza  busca proteger.

El ritmo es constante, la dirección maneja con certeza los puntos de inflexión para conmover al público y adherirlo a la trama. La historia se vuelve parte de la audiencia al ritmo que las notas van cayendo una tras otra, con un frenesí propio de quien busca desesperadamente resolver algo en su vida. El camino en esta historia es la música, como constante de la trayectoria de cada individuo.

Dentro del grato elenco que convoca la creadora destaca Marta Zamora dando alma a la mujer en una actuación enérgica y potente. El diseño de escenografía e iluminación de Rubén Bross y Constanza Hernández terminan de moldear la puesta para lograr un  espacio completo que coloca en el lugar de la historia desde que se entra a la sala.

Lo único que se puede pedir a Scanda es no dejar de producir trabajos tan buenos que dejan un gran sabor de boca.

Para finalizar, haré ahínco en dos actores de otras propuestas de esta temporada que logran brillar  través de su talento, haciendo disfrutables las obras en las que trabajan: Alonso Iñiguez, genial como un conductor radial desesperado por enterarse de último momento que el programa que está transmitiendo ha salido del aire en Radio Nocturno, junto a Valeria Vera, fantástica como una ególatra conductora de reality shows musicales en El Triste.

Hágase un favor y asista a la cátedra musical que marcará profundamente su experiencia teatral, en tan solo un cuarto de hora.

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Gestar el limbo personal

“Una palabra nos libra de todo el dolor y el peso de la vida: Amor”

Sófocles

 Hay algo especial cuando  se menciona a Gaby Muñoz si el tema a tratar es técnica Clown. Quienes han visto ya su obra Perhaps, Perhaps, Quizás…, entenderán que es una de las exponentes el género más importantes de la actualidad y orgullosamente mexicana, por lo cual es de esperarse –cómo confieso es mi caso- la simple idea de verla de nuevo en otro montaje emociona y de ahí la locura de poder asistir a el Teatro Milán de Viernes a Domingo a su segunda producción, Limbo.1964973_786793311406829_8880172671767923920_n

 La paciente Greta Merengue aguarda en la cama de un hospital. Hay un problema con su corazón, es notorio, empero, el cansancio de batallar contra su propia respiración la rinde. Más ante  su búsqueda de conciliar el sueño la aparición de un extraño personaje interrumpe su  estado, podría ser su sanador. Así, el peculiar sujeto la conduce a través de su propia realidad distorsionada para localizar en el limbo de su mente a aquellos elementos que la han orillado a depender de ese espacio para estabilizar su vida. Greta está suspendida en un viaje del cual necesitaría despertar o asumir las consecuencias de la adaptación.

 Lo que Gabriela Muñoz construye en esta nueva propuesta se siente no solo personal, sino franco a través una capacidad inventiva sensacional que deja realmente estupefacto a quien se acerca. Este el punto álgido y maduro dentro de la carrera de la actriz, la coronación tras conquistar el alma y corazón de su público, ahora viene directo hacia las mentes del mismo para hacerlas volar.

 Diversos cuadros en los que la creadora transporta e hila conectores de una enfermedad que avanza con un firme y fatídico propósito se unifican para crear imágenes poéticas totalmente transgresoras, cargadas de una fuerza avasalladora en su significación, manejándose con tanta delicadez como postura que hacen ahínco a un surgimiento de autenticidad empeñada en el entendimiento colectivo.

 Esta obra se acerca a todo aquel que haya pasado por una experiencia  de desosiego, la desesperanza que puede llegar a causar el entorno se ve reflejada dentro de una lluvia de radiografías o un árbol del cual provienen soportes para caminar. El discurso planteado no solo es inteligente, sino que reclama atención plena a cada componente.

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 La autora busca retratar en cada movimiento escénico la valía y provecho para con cada uno de sus actos simples y complejos, desde respirar a compartir, agradece a la vida al tiempo que exhorta a involucrarse en ella, Muñoz elimina cualquier cuarta pared con la sutileza de su trazo firme  o un simple sonido emitido por su mudo personaje en búsqueda de transmitir un grito de guerra para disfrutar y despertar a la vida. Planea mostrarnos la desesperación de vivir flotando cuando se pueden alcanzar más cosas partiendo desde el suelo, teniendo los pies bien plantados. No sólo lo logra, provoca una experiencia sensorial y psicológica tan profunda que envuelve a toda la sala.

 Un verdadero acto de comunión, dónde el magnífico diseño de escenográfico y de iluminación que propone Ingrid SAC devela un viaje por demás fantástico, creando planos entre espacios llenos de todo y a la vez vacíos, entendiendo que la gran carga para que el mensaje se transmita recae en la siempre genial interpretación de Muñoz, quien en esta ocasión convoca al músico Ernesto García para interpretar en escena a su guía, alcanzando una mancuerna idónea.

 Sin duda un gran acierto y pieza clave será la música de Marian Ruzzi, dentro del diseño de Salvador Félix. Cada instrumento en su propio acorde entra con precisión y dirección absoluta en los sentimientos que ilustra. La música reacciona con el ritmo de la trama, toma su tiempo, evoluciona y acciona respuestas emocionales muy fuertes, vibraciones absolutas terminadas en luz, precisamente la luz que señala el camino hacia la aceptación. Dicen que la vida sin música sería un error, vivir esta puesta sin dicho elemento hubiese sido fatal.

 No puede haber más que loas hacia el trabajo en equipo que se realiza para dar alma a esta composición teatral. Dentro de este baile uno no solo se vuelve espectador, sino danzante entre la vida. La muerte y la verdad misma. Nadie sabe con certeza quien es o que busca en la vida, esta obra invita a tomar el riesgo de descubrirlo, reaccionar a pesar del dolor, transformarlo y aceptarlo, pero no dejarse abatir. Venimos al mundo a aprender y disfrutar, no a evitar hacerlo.

 Limbo es una inquietante puesta escénica que sabe generar un concepto y una experiencia a su audiencia, reflejando en el valor del boleto la calidad de la misma producción.

 Como seres humanos que somos, no podemos evitar sufrir, o ver sufrir a quien amamos, sin embargo, por más que nuestro corazón pueda desangrar debe existir la fuerza de reaccionar hacia adelante y no en retroceso. El equipo de Limbo goza de elementos que señalan la fragilidad de la humanidad junto a su fuerza interior. Impactarse y conmoverse hasta las lágrimas es lo de menos,  cuando se habla con el alma, cada palabra se llena de gloria.

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Un refugio para la vida misma

Los seres humanos preferimos reservar nuestros lados más oscuros al convivir con el resto de la sociedad. Realmente nadie es cien por ciento transparente, pues tememos que al serlo en primera instancia podamos alejar a aquellos con los que hemos buscado o querido relacionarnos. Quizás, alejarnos hasta de nosotros mismos.

 Foro Shakespeare presenta El Refugio, de Mario Rendón, dirigida por Enrique Aguilar, los sábados. La historia plantea un mundo futurista atrapado en las percepciones del pasado, dónde la sociedad ve limitadas sus opciones de libertad. Se guarda todo para poder sobrevivir, en especial la comida. Sin dejar a un lado la constante amenaza de la naturaleza por desatar un acto imprevisto que acabe con la vida de cualquiera que se exponga a la intemperie en un momento de contención, cualquiera que no esté dentro de un refugio.

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 Dentro del panorama antes descrito, un matrimonio invita a sus amigos a celebrar el cumpleaños del anfitrión. La pareja que ostenta la celebración, junto a una de las invitadas, son heterosexuales; la tercera pareja es homosexual y no es esta la única diferenciación: son los únicos que tienen hijos.  Cuando las cosas se complican, esta reunión comenzará a tener momentos de alta tensión y desenmascaramientos que denotaran los verdaderos colores en cada uno de los asistentes, haciendo de esta una fiesta de cumpleaños inolvidable.

 Bajo la dirección de Aguilar, los personajes sostienen cada postura, promesa y deseo con firmeza uno frente al otro, logrando una buena contraposición al hablar de temas que se rodean, buscan evadir y atan. Sin embargo no es una propuesta homogénea, comienza hundida en la exposición del texto, sin focos aparentes.

 Hasta la mitad de la puesta uno podría decidir que pese al buen trazo coreográfico, el ritmo que la dirección plantea hará de esta una obra detestable, más logra dar un giro de 180 grados enteramente grato. Aguilar señala el conflicto dentro de la trama haciéndolo rugir con fuerza, hace explotar el sentido del texto para aprovecha a su equipo actoral, sin embargo esto aparece muy tarde, sin haber más ganchos previos, lo cual no limita llegar a conectar con la audiencia pero sí a distraerla o desequilibrarla.

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 El texto de Rendón marca un listado de ausencias en la forma cotidiana dónde la gente ya no muere y por eso busca un refugio para existir, irónico es que cuando el sistema ha creado un modelo de vida prácticamente eterna, la exposición a la rebelión natural sea capaz de eliminar a la sociedad. Mordaz en sus posiciones dramáticas, hay una buena intención dentro del texto al idealizar que en el mundo que ofrece un cese al sufrimiento la búsqueda de la muerte se torne intrínseca y protocolaria.

 Junto a esto, la dramaturgia hila un discurso político bien aplicado, vigente; empero, la posición sobra al encontrar que hay muchos otros textos contemporáneos que caminan bajo la misma línea. Además que no pasaría absolutamente nada si fuese omitido, ya que el análisis central acerca de cómo uno cuida lo que quiere, sin darle importancia a destruir para sobrevivir o al egoísmo consciente ya es bastante interesante para trabajar.

 Si bien el resto del elenco  parece comprender el sentido de la propuesta hasta su tercer acto, son Rodrigo Magaña y  Ximena Larrañaga quienes destacan para lograr encarnar a una esposa celosa de no poder tener un hijo por vía natural y a un marido homosexual, padre de familia, harto de dar explicaciones sobre su manifestada paternidad.

 Vale la pena acercarse a El Refugio, sí, totalmente. Este montaje busca ir más lejos de lograr  hablar de equidad y tolerancia, sino de humanidad en todos sus aspectos probables. Siendo gracias a sus aciertos impactante y devastadora al grado de cuestionar eficientemente a su público sin acorralarlo. Sin duda necesita pulirse, pero vaya, ¿Qué humano no?

Por amor al teatro

Yo no creía en el Microteatro. Seré honesto, fui una vez en sus primeras temporadas a un ciclo llamado Por tus vecinos y me dije “Esto no es para ti”. No creía en la propuesta, no vi calidad en lo que se representaba. Así que me alejé.

 Sin embargo he vuelto a esa casa ubicada en Buenavista para ser presente de la que es quizás la temporada más fuerte en la historia de este concepto en México: Por amor. Y he de confesar que me ha atrapado por completo; no solo puedo asegurar que es una experiencia de una valía palpable, sino que es tan poderosa en varios niveles que resulta apabullante.

 Bastan solo 15 minutos, tres obras lograron capturar una postura diferente del amor en emotivas puestas que constataban su solidez y autenticidad. ¿Quién puede describir factiblemente el amor de una manera sencilla y acertada en tan solo 15 minutos? ¡No nos da la vida!, describir al amor sería una tesis interminable sobre la condición humana. Aquí, la cercanía a ese producto deja en shock al más resistente.

Sala-6

 En la sala 6, una mancuerna exquisita entre director y dramaturgo convocan a la que podría firmar como la mejor obra de la temporada: ¿Qué pasó?, de Juan Carlos Araujo, dirigida por Andrés Tena. Araujo nos adentra en una relación marital asimilada en la forma del hogar que pretende ser, sin embargo, esta es una casa que se resquebraja, a la que hay que entrar con un casco para evitar ser golpeado por un pedazo de la estructura dañada.

 Bajo esta metáfora deliciosamente representada en una escenografía a cargo de Salvador Núñez, el texto del dramaturgo avanza en medio de ataques y resoluciones íntimas que forman una ventana a la desilusión, una auténtica devaluación del sentimiento más fuerte que pueda sentir una pareja que se ama. El director transporta ese poderoso discurso a un plano que se divide en interiorizaciones,  deteniendo por un momento el derrumbe, en búsqueda de que para evitar la autodestrucción las partes de la bomba acuerden desmantelarse mutuamente.

 Sosa, Beto Torres, Rosendo Gázpel y una fantástica Luz María Meza (prácticamente perfecta en su interpretación, empatía y tono) esperan dentro de esa habitación, para averiguar ¿Qué pasó?

 Captura-de-pantalla-2015-01-21-a-las-19.43.16Ahora, en la sala 10 aguarda una de las obras más impactantes que este escritor ha tenido oportunidad de ver en su vida. Las Paridoras, de Karla Rico e Iván Tula, traen a la escena la historia de un mundo futurista, sistematizado, donde la maternidad se ve reducida a un oficio que destaja la forma materna y resume su labor a parir productos.

 Un encuentro entre una vieja paridora ante una novata –que tiene una idea completamente diferente del trabajo que desempeñará el resto de sus días– se convierte en un discurso poético transgresor, profundo, tan denso como desgarrador sobre el amor que debe conllevar el dar la vida.

 La dureza del texto es proyectada por el propio Tula dentro de un espacio sombrío, tétrico. Aquí no hay esperanzas, la soledad se consume en las comisuras de los labios resecos de esas mujeres cuya labor es ser cargadas de futuros ciudadanos que solo sobrevivirán de ser funcionales. Tula lleva a su audiencia al rincón más oscuro y opresor de la concepción. Amén del genial trabajo de maquillaje por Ángel Caballero.

 Finalmente, la sala 13. Solo se puede resumir en poesía lo que Eduardo Catañeda arma en Breve elogio sobre la arritmia, de Daniel H. Gómez. La historia de un viejo marinero y una niña enferma del corazón. Ambos recluidos dentro de las paredes de un hospital, convergen en la idea del mundo externo, para él un bello recuerdo, para ella la posibilidad del mañana.

 Castañeda narra por medio de un trazo coreográfico, que se funde en bellas proyecciones animadas, un relato solemne, que busca la redención por medio de la esperanza. Gratamente representado por Bárbara Riquelme y Mario Alberto Monroy, este montaje puede visualizarse como un corazón danzante sobre las olas del mar, flotando hacia una inmensidad indescifrable. Apasionada.

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 Esto es lo que uno halla en Microteatro. Hágase un favor y corra a gozar de estos imperdibles trabajos, hasta Febrero 22.

Soñar más allá de la guerra

Los buenos líderes deben ser primero buenos sirvientes.

Robert Greenleaf

Una reina huye del gobierno de su esposo en búsqueda de renacer, encontrarse, con el anhelo de acariciar la frontera para saberse de sí misma. Al llegar ahí por fin podrá hablarse con indulgencia, lavará su pasado y comenzará de nuevo para ser libre con nada más que su propia persona, con fuerza para lograrlo. Sin embargo en el camino del desierto no podrá andar sola. Por ello su fiel sirvienta la lleva, disfrazada de una vendedora de reliquias de la guerra va tirando de una cama móvil, sobre la cual la soberana camuflada pretende soñar que no está huyendo. Hasta que un sicario pretenda su muerte con el fin de cobrarse la paga de manos del rey, ahí el verdadero viaje comenzará.

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 Por una breve temporada, “Para soñar que no estamos huyendo”, escrita y dirigida por Ana Francis Mor se presenta en el Teatro Benito Juárez. Ana Francis nos introduce a un espacio casi como un limbo, donde Madre Coraje (Bertolt Bretch), La Reina Margarita (Ricardo III, Shakespeare), Jasmine (Blue Jasmine, Woody Allen) y  Las Reinas Chulas se sentaron frente a una botella de mezcal para tratar de generar un discurso sobre la virtud del género femenino a pesar de las vicisitudes de  la vida diaria.

 Aquí la autora presenta a una poeta inmersa dentro amor del creador, tratando de explicarse el sufrimiento que le representa a Dios tener que ver su creación, más aún, convivir con ella. La realidad humana es absurda, los puestos de la sociedad ambiguos; empero, la obediencia femenina persiste como un tratado de esperanza para la cotidianidad. Un interesante y valioso análisis sobre la redención utópica, lo poco común que resulta culpar cuando se entienden los motivos del otro.

 El texto de Mor es fiel a sus raíces. La demanda feminista busca orígenes en bases literarias clásicas para crear personajes sólidos, de psicologías  complejas y ambiciones francas. Estos seres idealizan entornos de prosperidad, pero dejan entrever que en el fondo son presas del costumbrismo, por lo cual ahora están dentro de una zona de confort automático, prensil.

 La trama diseña un viaje en el que la mercader ocultará mediante transacciones –de posesiones aparentemente banales– los pedazos resquebrajados de todos los que han pasado por las batallas contra uno mismo en el desierto. Aquí se apuntan vibrantes imágenes que desenvuelven el clamor dramatúrgico por exponer a una sociedad que se queja de las fallas de un sistema al cual le da miedo cuestionarlas y resolverlas.

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“¿QUÉ ACASO NI A LA MUERTE LE IMPORTA ESTAR RODEADA DE MIERDA?”

 Se pretende lograr una dirección que sea tan entrañable y divertida sin salir del violento drama que representa. Cuida un trazo bastante bello que luce diversas aristas de la narrativa (lo cual sugiere una reposición futura en un escenario tipo arena) al tiempo que se da permiso de delimitar una gama de tonos que exploten la polaridad de su texto.

 Sin embargo, hay una necesidad por subrayar la vigencia de la historia que llega a provocar la caída del ritmo en momentos, escasos, pero que alejan de la perfección. Es entendible porque al final de cuentas la directora quiere conservar (en las oportunidades que tiene) la interacción del cabaret a la que tiene acostumbrado a su público, pero aquí dicho elemento sobra al tener un material escrito tan redondo como explicativo, que no necesita mayores indicaciones.

 La obra produce un desconsuelo impactante. El ver a una mujer que ondea la falsa bandera de la paz, resumida a un plástico blanco, que no puede exigirla por medio del camino árido, un recordatorio directo para cada espectador de su condición ciudadana, humana pues.

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 Amanda Schmelz, Marisol Gasé y Antonio Cerezo protagonizan la historia. Schmelz proyecta a esa deliciosa reina sumida en la depresión de su posición, la de no entender quién es pero desesperada por huir de sí misma, sujeta a la arrogancia monárquica que debe de sellar sus acciones y sentencias para no dejar salir la fragilidad que la consume. La actriz despliega un trabajo tan franco como elegante, conduciéndose cínicamente inquebrantable, hasta el derrumbe auténtico capaz de convencer a su público del dolor generado al saberse acabado.

 Pero  Schmelz no se queda sola, Marisol Gasé demuestra en esta puesta que ostenta el oficio de la actuación con todas sus letras, en mayúsculas, negritas y subrayado. Lejos de su área de trabajo usual, teje un personaje que va agigantándose para envolver en la verdadera mirada de la historia que hay que seguir para comprender la situación contextual. El talento innegable se traduce en disciplina, perseverancia. Gasé delimita el imaginario para sumarlo al discurso transgresor que debe atender, lo imprime honestamente en una grata exposición, dejando un excelente efecto de veracidad.

 Coronando al montaje, la musicalización en vivo de Leika Mochán resulta plenamente acertada. La manera en que su desgarradora y caótica composición sonora señala cada transición en la que aparece es orgánica. La clave es entender desde el corazón el sentimiento y traducirlo efectivamente, Leika  halla el dolor y lo traduce por ritmos sensibles, propios del realismo mágico.

 ¿Es esta una invitación a abrir los ojos? no, quizás más bien una sacudida para despertar. Que el sueño siga siendo tal, ya sea perfecto o tormentoso, no equiparable a la realidad, con el único fin de que esta última algún día pueda ser mejor, tal vez al cruzar la frontera.

Con la camisa bien planchada

“Di la verdad. O alguien la dirá por ti”

Stephanie Klein

María llevará por primera vez a Mariano a conocer a su familia. Ella es una chica que viene de una cuna humilde, enamorada de un machista de clase y sustentos elevados. El padre de ella es un patán que engaña a su mujer, una desvencijada ama de casa que ha hecho de la sumisión un sinónimo del “más sin embargo”. Al centro Beto, hermano de María, un joven  en tratamiento psiquiátrico para controlar su “locura”. Ella tratará de evitar una colisión entre dos mundos, que en realidad será un cara a cara entre universos. La primera impresión siempre es la que cuenta.

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 ¿De dónde proviene la dificultad de los seres humanos por decir la verdad? Aceptarla, transmitirla. Aquí hay una familia que nos abre las puertas de su casa para presenciar un momento de discusión nocturna a raíz de una simple sentencia: las cosas ya no se pueden ocultar. Tampoco a las personas. Ese loco que se desarrolla como un ser complejo, condenado a arrojar su postura verdadera ante todo lo que le rodea, debe hablar. Hacer ejercicio de su derecho y expresar su visión de la realidad. La auténtica.

 Tal vez la premisa pueda predisponernos a una comedia. Pero “El Loco y la Camisa” va mucho más allá. Retomando temporada en el Foro Lucerna, esta obra de Nelson Valente es una cruda exposición de intolerancia, hermetismo, hipocresía y violencia intrafamiliar, donde la aparición de la verdad, como única vía de comunicación por parte del personaje central, genera un arco dramático que se tensa crecientemente, llegando al límite de sus opciones.

 El texto de Nelson Valente es fuertemente exponencial. Tomando una situación simple, la eleva a un análisis sobre la presión que es capaz de ejercer un deseo sobre quién lo tiene. Todos deseamos algo, estos personajes también más no lo alcanzarán hasta desenmascararse para continuar. Avanzan en una ronda de comunicación pretenciosa hasta que aparece quien rígidamente y de forma ecuánime los revelará sin otro interés que el bien común.

 La narrativa es redonda y sólida, una  crítica abierta a la sociedad que se rodea de convencionalismos. Pero también una invitación al entendimiento a partir de la saturación. No basta con pensar que las cosas no pasan para que en efecto dejen de suceder, se deben afrontar  personalmente.

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“LO LINDO NO ES FORZOSAMENTE INTERESANTE”

 Para encontrar entonces a la rigidez insolente junto a la poesía, la dirección de Sebastián Sánchez Amunátegui establece un terreno de juego aislado, introduce al espectador como tal, un testigo de lo que va a suceder. La conducción del ritmo es ágil, certera, los saltos y despuntes cómicos son fascinantes e hilarantes, empero, la corrección dramática es brutalmente desgarradora.

 Amunátegui sabe muy bien a qué público se está dirigiendo, a una cultura que se ríe de la desgracia, así que decide tomar todas las ventajas posibles, explota los límites de lo entrañable. No hay musicalización o un discurso complejo en la iluminación, incluso la escenografía  es escasa. Entonces uno encuentra la valía al saber que logra un universo magno con pocos elementos que aderecen el genial texto.

 Una trama tan difícil podría haber generado un verdadero botón de densidad. Aquí no, la ligereza con la que se plantea todo permite transmitir totalmente. Entender cada postura. Logro en suma a un elenco pleno que lleva a cada personaje por una línea establecida y honesta.

 Emilio Guerrero, Mercedes Olea, Sonia Couoh y Manuel Balbi son totalmente gratos, generan actuaciones fuertes, que dan sustento a cada línea. Junto a ellos, sobresaliendo con uno de los mejores trabajos actorales que se puedan referenciar acerca del asperger (perdón Luis Gerardo Méndez y Alfonso Dosal): Ignacio Riva Palacio, quien simplemente deja la vara en un lugar muy alto.

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 Riva Palacio vive el desconcierto desesperante que surge en la mente de Beto. Logra proyectar una fuerza escénica honesta que arrasa con todo, mueve por dentro rompiendo cada barrera que pueda existir entre la obra-audiencia para abrir totalmente una ventana de par en par. Con la contención precisa en formas, tonos, introduce a la mente frente a un auténtico viaje por las imágenes que genera de la realidad que él ve y de la cual los demás buscan escapar.

 Esta es una experiencia de teatro verdaderamente única. Hallar una obra que satisfaga tanto con tan poco es muy raro actualmente, pero este equipo diseña un proyecto conmovedor, altamente difícil y franco con el poder de levantar a la sala entera en una ronda de aplausos indescriptible.

Para mí significó un torbellino del cual no pude recuperarme sencillamente. Es tiempo pues de que usted se contagie de esta locura y asista a recibir una descarga que aligerará su andar.

– Imágenes de Roberto Carlo

Sobre la palpitante sangre que expone el corazón

“Es pacífica la profundidad, porque de cualquier manera no puedes respirar, no necesitas rezar, no necesitas hablar.” 

Florence + The Machine

 

Siempre es grato poder acudir a nuevos espacios dedicados al arte, emociona la sensación de poder entrar por primera vez a un lugar que se transforma o crea como galería, sala de conciertos, centro cultural, etc. En esta ocasión, un teatro.

 Ubicada en Churubusco, a una distancia breve del Centro Nacional de las Artes (CENART), Casa Actum ha iniciado labores para cerrar bien este año con una obra completamente nueva, recién salida de la mente de Ro Banda, quien así mismo dirige esta pieza titulada Oler La Sangre, que se presenta de viernes a domingo en el mencionado recinto.

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 La abuela ha muerto, al fúnebre encuentro que viento ha traído asisten los nietos de la susodicha. Ale no sabía de la existencia Alo, él nunca había querido volver a saber de su familia, sin embargo ahí están. Dos hermanos frente a un cadáver que en cartas individuales les pide ir al encuentro de la madre de ambos que Ale creía muerta, para que los fantasmas se congreguen, para que la sangre circule dentro de un mismo aparato.

 Una de las infinitas lecciones que pueden quedar es que no importa la distancia, o lo que dejó el pasado, al final la sangre verdaderamente llama y uno responde, por inercia quizás. Aquí los hermanos separados fueron criados de diferente forma y crecieron para ser entes de círculos equidistantes, sin embargo hay una constante en ambos, que los atará por siempre. Ese lazo puede incluir -o no- sentimientos como el amor, el odio; pero existe.

 De tener que describir la dramaturgia de esta obra en una palabra, probablemente sería “propia”, Ro Banda desarrolla un texto dónde los arrepentimientos danzan alrededor de dos seres humanos flagelados, son demonios buscando la carne de personajes demasiado confundidos para entender el funcionamiento de estos o para sopesarlos. Empero, son cercanos a sí mismos y al público que presencia su reunión. No solo hay comprensión en los rasgos de abandono y necesidad, sino que se desarrolla un planteamiento activo en poesía que hilvana el relato. Cada frase encierra tensión, pareciera que están dispuestos a destazarse en reclamos, pero solo consiguen construirse mutuamente, porque así somos los humanos.

 No solo el autor denota honestidad, sino entereza del diálogo para poder tomar una historia que pudiese ser común, en un montaje transparente que analiza íntimamente las posibilidades de reconocer al otro dentro de uno mismo, por el lazo familiar o por las carencias similares. En su dirección da dos líneas completamente diferentes a sus personajes, él está vació y ajeno, mientras que ella se sostiene firme en su desesperación interna. Ante tal paralelismo el rechazo se imprime mientras que el tiempo se detiene, reflejando una unión inevitable que resulta del hartazgo que da la lejanía.

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“AHÍ ESTABA LA INMENSIDAD, Y NOSOTROS AHÍ”

 Aunque, sin duda, existen tropiezos en esta primera temporada que imposibilitan explotar la grandeza del texto mediante una representación a pleno. Primero, el ritmo, que dentro de su tenor pausado llega a provocar que si el espectador se distrae en lo mínimo se vaya definitivamente del viaje. Debido quizás a que los círculos no conectan a partir de la segunda parte de la trama.

 Suma la desviación de tono en los actores, si bien el trabajo es bueno, de calidad y disputable, no hay un equilibrio en el trabajo que se desarrolla. Este detalle tendría que ver más con el tipo de actor con el que se está trabajando y su diapasón emocional para adoptar al cien los elementos de origen en el texto, pero al cocinarse sobre el mismo espacio planteado por Banda, deriva de aquí la responsabilidad de nivelar su propia creación.

 Claro que estas situaciones no disminuyen la capacidad tanto como la valía que otorga este producto, dónde se reta a la disminución de la acción coreográfica para exaltar al parlamento. La narrativa asemeja a una compleja proveniente del 1800, empero, el sabor añejo (como con los buenos) vinos se disfruta más.

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 Establecido está de entrada el reto coreográfico al tener que disponer de un espacio escénico acortado, en dónde el personaje de Carlos Rodríguez Rodríguez, sumido en la arrogancia un tanto pesimista propia de Alo (con clara influencia del estilo de Beckett) trata de ir hacia adentro a pesar de que su argumento denota lo contrario, viceversa con el rol de Cecille Zepol como Ale (ubicada como una mujer de clase media-alta que ostenta el porte y la elegancia de la infelicidad). Estos dos hermanos quieren construir una historia fragmentada, tal vez para sentirse amados por alguien equivalente o al menos igual de roto.

 Los actores construyen actuaciones justas con chispazos de fiereza escénica que necesitan crecer a incendios. Más la atmósfera pesada en la que los claroscuros de la iluminación juegan con la apertura de la historia apoya correctamente junto a la atinada musicalización inexistente. Se cocina un sello personal para el joven autor y director que promete convertirse en un dramaturgo contemporáneo de alta importancia en el panorama teatral mexicano.

 Oler La Sangre es una obra para los que tienen hermanos, para los que no los tienen, o tal vez simplemente para los que saben del dolor que da cualquier ejemplo de distanciamiento. Crecerá hasta coronarse a futuro como una gran puesta, dejando a sus espectadores la indescriptible sensación de tener que tomar el teléfono para comunicarse con cualquiera, decirle tan solo “hola”, aunque también podría ser que no haya intercambio e palabras, que se aproveche el silencio, ambiguo paladín, que es más explícito en momentos que cualquier verso.

Sobre la paz prometida al pasar el temporal

“NO PUEDES ENCONTRAR LA PAZ AL EVADIR LA VIDA”

Virginia Woolf

Siempre he pensado que el verdadero teatro debe ser capaz de acercarse a las raíces griegas que tenían como meta principal la catarsis. No sentencio que todo el teatro deba tener esta intención, pero sí debe de pasar en algún momento por dicho paraje. Encontrar al espectador aunque sea en una línea, gesto, o tono que lo ubique como parte de y facilite la experiencia teatral al conectar en pleno. Por supuesto, no todas las obras son para todos los públicos, los textos son diferentes, las visiones de la dirección, etc. Pero si acarician ese aspecto, entonces tendrán una calidad asegurada.

 En su cuarta temporada, Nuevas directrices para los tiempos de paz, despide el año los martes en Centro Cultural Carretera 45. Escrita por Bosco Brasil, dirigida por Gabriel Figueroa Pacheco, la obra se monta en un contexto histórico actual que la vuelve no solo importante, sino además franca. Necesaria y cruda.

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 1945, Brasil. La segunda guerra mundial ha terminado. Un inmigrante Polaco aguarda en la oficina del encargado de los asuntos migratorios para poder obtener la preciada oportunidad de una residencia. Comenzar de nuevo en un país nuevo del cual conoce únicamente el idioma junto al oficio al que busca consagrarse, la agricultura. Sin embargo, antes será necesario pasar por el cruel e indolente interrogatorio del agente, quien buscará tentar el temple del individuo, que era actor en su país natal, recordándole aquello que ha vivido. El teatro será la principal arma para quemar las naves, entre las cuales está la de la memoria. 

 Bosco Brasil explora con una efectividad magistral los horrores de la guerra en un argumento que lejos de rodear lugares comunes que asienten la brutalidad de los actos, pretende definir a la esperanza de un futuro mejor como la salida idónea ante los desperfectos mundanos. En los personajes del autor se define una incredulidad que se demuestra a través de la descalificación a través de las circunstancias reales.

 Perfilados están la víctima y el victimario, sin embargo el autor propone cambiar los roles acercando como responsables a factores externos, dejando a ambos seres en la desnudez de cada historia tratando de esquivar el dolor y la maldad de sus propios actos, tan solo para chocar violentamente con las del mundo. A través de un llanto honesto critica la ambición consumista de los sentimientos impuros. La sociedad será una hoguera que devora la paz, la tolerancia, se aviva.

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“casi me olvidaba de la guerra, casi me olvidaba de la maldad”

 Ante la sensibilidad del texto, la dirección de Gabriel Figueroa apuntala sencillez en todo elemento de producción para explotar la voz de los parlamentos en sus actores. Rescata la idea de que las palabras carecen de sentido si no conllevan la verdad, acentuando la fatal condición de la libertad como atadura principal de la libertad sobre un escenario de atmósfera oscura prácticamente limpia de principio a fin.

 Cuando la pausada coreografía retrata la utilidad de la vida, queda por sentado que solo es necesario conocer la misma para saber que es útil, porque crea acciones que permitirán el desarrollo de quienes la viven, el cual será escuela para las generaciones que procedan ya sea por sus logros o por sus errores. Conecta de nuevo con el autor, la promesa de la esperanza existe.

 Más al desarrollarse el producto, no es la monstruosa serie de atrocidades que aquellos que vivieron e hicieron la guerra ejecutaron o presenciaron la que hiere, conmueve e indigna, sino la  cercanía a la realidad de nuestro México. La temible actualidad en la cual los problemas se solventan con violencia, represión; en dónde la gente no participa hasta que se ve afectada, entre aquellos que protestan argumentados  en contra y se estrellan frente al estado opresor.

 Catarsis es purificar mediante compasión y el miedo en pleno. Lo mismo aquí, el relato se transforma dejando ver la necesidad de unificación social teniendo como antorcha la petición del cese a la tortura, a la mutilación de la humanidad en su condición. No es pretensión. Es un reclamo orgánico.

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 Los dos actores convocados ejecutan con delicada precisión esta labor. Un justo  José Antonio Falconi, medido  en su accionamiento se adhiere a la esencia del funcionario de inmigración que antes de ocupar tal labor tuviera que obedecer ante la empresa bélica en el papel de torturador. Permite descubrir los claroscuros con un trabajo sólido, empero, es en su trabajo como traductor dónde realmente brilla al generar un texto de fácil acceso y recepción que conserve sus tintes de origen.

 Hay una presencia equilibrada entre la dulzura y la desesperación que imprime Julien Le Gargasson a su actuación desde el momento en que pone un pie en el escenario. Poéticamente traza una ruta emocional genial que trasciende apresuradamente. El actor logra que una simple mirada encierre la belleza de la desolación de su alma, ganándose totalmente al público que adopta al polaco afectado por la guerra, dándole un cobijo acertado.

 Inexplicable, efímero, vital. Son solo adjetivos breves que no alcanzan a describir ni una parte mínima de lo que es el teatro, aquí es un espejo invitante y violento al reflejo, pero acciona al que haga uso del mismo, da impulso a la justicia marcando efectivamente nuevas directrices para los tiempos de paz, solo falta seguir el camino.

24Hrs o 10 Al Milán

Tiene un tiempo que no piso el Teatro Milán (admito que exagero pues tal vez la lejanía no sobrepase al mes y medio), lo cual me consternó al enterarme de un maravilloso plan que se ejecutará este diciembre 17, por primera vez en México, The 24 Hour Plays.

 Hace dos décadas más o menos, en la ciudad de Nueva York se inició este concepto teatral que reúne a dramaturgos, directores y actores para generar una serie de 6 puestas en escena sobre un tiempo límite de 24 horas. La mecánica es digna odisea cronometrada: todos los involucrados (que hasta entonces no se conocen) se dan cita a las 11 pm del día anterior al estreno, tras la pequeña convivencia solo los dramaturgos quedan, realizan los textos y asignan elencos. A las 7 am vuelven los directores para leer las obras y comenzar el montaje de cada una, con actores ensayando en tiempo récord y creativos frenéticos en la construcción escenográfica de cada una.

 Tras la faena, a las 9 pm en punto se presentarán por única vez los productos obtenidos del ambicioso plan. Se antoja simplemente imperdible, así que no queda más que apartar la fecha y correr por los boletos.

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 Pero The 24 Hrs. Plays significa más que uno de los mejores experimentos aplicables a la escena teatral mexicana contemporánea, es también un cierre exquisito para las operaciones del recinto re-inaugurado el pasado marzo, que sin duda se ha enmarcado en un tiempo sumamente corto –además de heroico- como exponente esencial de la cartelera.

 A partir de dicha afirmación, junto a la gran satisfacción que me ha dejado el ver puestas como Aquí y ahora, Perhaps, Perhaps, Quizás o Godspell, he decidido proponer varias puestas que merecen ser montadas en nuestro país, en un recinto tan bello como eficiente, que no podrían encontrarse mejor acogidas en otro lugar. Llamémosle: Top 10 de obras a considerar para el Milán y su hermano Foro Lucerna:

10.- COMPANY

Tras ver Godspell sólo pude imaginarme otro musical al momento que se pudiera realizar con tal calidad y proximidad. Company no sólo es uno de los sellos distintivos de la carrera de Stephen Sondheim, es una obra perfecta para hacerle justicia al autor en nuestro país, sobre un escenario tan íntimo como ideal para hablarnos de las relaciones humanas y su complejidad llegada la edad adulta. Seamos honestos ¿A quién no le agradaría la idea de ver a un actor como Mauricio Salas derrumbando en aplausos el lugar tras una rendición de Being Alive?

9.-MENDOZA

Una temporada más de esta fantástica adaptación de Macbeth, producción de Los Colochos Teatro no le caería nada mal al Foro Lucerna. La fenomenal visión de Juan Carrillo y Antonio Zúñiga  sobre el mundo Shakesperiano adaptado al México revolucionario encontraría una guarida excelente en el foro del inmueble. Dejando huella como una de las más poderosas adaptaciones mexicanas de los últimos años que lejos de extinguir su éxito solo se aviva más.

8.-LA OBRA DEL BEBÉ

Este 2014 Edward Albee renació en la sala del Foro Chapultepec con ¿Quién teme a Virginia Woolf?, obra fuerte, controversial e icónica.  En esta entrega el autor retoma el modelo de confrontación de una pareja joven frente a una madura para cuestionar la realidad en un terreno de juego delimitado por las necesidades y las esperanzas de la inocencia.  ¡Que comience el festín psicológico!

7.- INCENDIOS

No hay mucho más por decir de un montaje que enmarca tanto la mejor realización dramatúrgica de Wajdi Mouawad, como la mejor dirección de Hugo Arrevillaga y la actuación que consolidó a Karina Gidi como una de las mejores actrices que México puede presumir tener en la actualidad. Un lugar como el Foro Lucerna es el indicado para desplegar la fuerza dramática de la obra junto a la alta sensibilidad que genera. Además de el pretexto perfecto para vender pañuelos desechables en la taquilla.

 6.-HEATHERS

Otro musical que luciría tremendamente bien sobre el escenario del Milán. Esta adaptación de la famosa cinta estelarizada por Winona Ryder tuvo una exitosa temporada Off-Broadway este año. Una producción divertida, cruda, satírica  y con una  tremendamente contemporánea historia acerca de las presiones sociales de la adolescencia. ¿Quién podría resistirse a la oscura abuela de Mean Girls en un soundtrack inolvidable?

https://www.youtube.com/watch?v=p2NIc-mluQM

5.-EX, EL PASADO NO ES LO QUE ERA

La más reciente producción de Puño De Tierra tiene todos los elementos para ganarse un lugar en la marquesina del Milán: elenco, texto, dirección y la certeza de poder conquistar mediante su cómica dramaturgia a cualquiera que se deje envolver en esta búsqueda de la identidad a través de los escombros del pasado. Una obra que cierra el 2014 con una temporada muy breve, pero que aquí merece brillar y apoderarse.

4.- LOS HIJOS DEL PROFETA

Imaginen este panorama: una familia de ascendencia libanesa, viven en una serie de catastróficas desdichas desde el primer día que sus ancestros pisaron América, hasta ahora la lista suma una lesión física que desarticulará un sueño profesional y la muerte del padre. Irónicamente, son parientes lejanos del escritor Khalil Gibran, autor del famoso libro de inspiración y superación personal “El profeta”. En este escenario, el dramaturgo Stephen Karam propone analizar las bases del sufrir humano ¿Porqué, para qué y cómo es que realmente logramos apoderarnos del sufrimiento? Pese a sonar tremendamente densa, esta es una tragicomedia deliciosa que por supuesto adopta forma campeadora al imprimir  la crítica social con franqueza. ¿Alguien dijo Alfonso Cárcamo para director?

3.-LOS ÚLTIMOS 5 AÑOS

Dos vidas que se unieron durante 5 años cuentan sus historias al mismo tiempo, una en orden cronológico, la otra no. Él es novelista, ella actriz, los dos pensaron que el amor duraría, pero no fue así, en realidad tal vez sólo fue un concepto que hicieron grande por media década, sin más ni más. Andrés Zuno + Majo Pérez como protagonistas, sumen una dirección como la de Lorena Maza y la magia flotará por sí misma.

2.- EL JUEGO QUE TODOS JUGAMOS

Por medio de un poco ortodoxa compañía teatral ficticia, Alejandro Jodorowsky parodia y critica con precisión en su obra las formas múltiples de comportamiento en los seres humanos según se den las circunstancias. Atina a recordar a la audiencia que la verdadera solución al cambio se genera por la acción social que comienza en cada individuo. Bien montada, en el Foro Lucerna estaría dando apertura plena a un diálogo de confrontación mutua para el bien común. Este sencillo detalle la volvería fantástica en la desquiciante realidad socio-política de nuestra nación.

1.- CRISTALES ROTOS

Haber presenciado a  los dueños del inmueble, Pablo Perroni y Mariana Garza, ejecutando impecables trabajos actorales bajo la guía de Hugo Arrevillaga en Aquí y ahora, provoca una necesidad absoluta de querer ver a la pareja de nuevo en el escenario a como de lugar.

Propongo un reto escrito por Arthur Miller. Cristales Rotos es la  historia de un matrimonio judío enfrentando una extraña enfermedad de la esposa que la tiene paralizada de repente de la cintura hacia abajo. Situada en los años 30’s, es una ventana que expone los efectos de la segunda guerra mundial sobre los miembros de la sociedad a los que atacó principalmente, así como las repercusiones que derivaron en sus vidas y comportamiento.

He aquí las propuestas, empero de si alguna es escuchada solo debemos esperar enormes títulos provenientes de la cartelera del magistral recinto en el año venidero. ¡Larga vida al Teatro Milán!

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Cenando con el pasado o Navidad con amigos 3.0

“YA LO PASADO, PASADO, NO ME INTERESA”

JOSÉ JOSÉ

Es curioso tener que enfrentar al pasado y sus historias que impiden la felicidad al presente, en especial cuando nos damos cuenta que en realidad nunca formamos parte activa de él. Algo así sucede con Ana, su familia no ha sido más que una tumba que resguarda secretos de todo tipo, color o sabor, de los cuales ella no goza conocimiento alguno, sin embargo están presentes en su vida llenando vacíos de información que le permitan conocer la realidad. Porque el ideal sería que ella pudiera saber la verdad, el problema es que la verdad varía siempre, según quien la cuente.

 Por una breve temporada (situación lamentable dada su buena factura) que corre hasta diciembre 14, la compañía Puño de tierra presenta Ex…El pasado ya no es lo que era  en el Teatro Benito Juárez del autor uruguayo Gabriel Calderón y el director Fernando Bonilla.

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 Como menciono anteriormente, esta historia va sobre una mujer en búsqueda de descubrir que ha habido tras de ella en todo el tiempo que lleva existiendo dentro de su entorno familiar, desgraciadamente todos sus familiares, excepto su abuela a la cual no le habla, se encuentran en la tumba por motivos diversos. En buena fortuna, durante la víspera de la navidad, su novio ha diseñado un plan para reunir a cada relato frente al pavo servido a la mesa. Sólo que los planes que parten de lo inexplorado siempre tienen efectos que uno nunca espera.

 Al desarrollarse, el texto de Calderón denota dos aspectos seguros y valiosos: la  fuerza dramática además de contemporaneidad. Nos dice que no basta ver el pasado mediante la belleza rescatada, olvidar el sufrimiento cuidando sacar solo la felicidad de los recuerdos, aquí hay una búsqueda frenética por recuperar cuantos tonos sean posibles para armar una paleta de colores completa que pinte un marco de sentido u orden. Pero aun así, no descuida otro mensaje, no por necesitar saber del pasado para entender el presente y prevenir el futuro, significa que debamos vivir de este.

 Sería deshonesto decir que una obra que hable del ser humano en búsqueda de la felicidad es atrayente en la actualidad. No solo es algo que nos cuentan en repetidas ocasiones, sino algo más bien común, tan obsoleto como barato. Empero, Calderón sabe encontrar la carne adherida al hueso, explorando una propuesta ácida en su comicidad y firme en su discurso duro, lo cual  estabiliza el terreno. Sitúa su desarrollo en una danza a través del tiempo que convence y apremia.

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“lAS COSAS SON ASÍ, ASIMILENLAS Y AVANCEMOS” 

 Tomando el timón llega un director que sabe tratar la tragedia para convertirla en un festín entrañable, Fernando Bonilla adapta y manipula la obra consiguiendo una fluidez total de las palabras, así como un entendimiento pleno de las situaciones. Logra un equilibrio que explota al máximo la hilarante base para entretener a su audiencia, sin dejar aparte la reflexión. Esta construcción expone a la monotonía del amor como el principal asesino del mismo, al igual que la importancia de tomar responsabilidad de las acciones que hacemos, ser francos con las decisiones, planificar su uso.

 La puesta inicia con un ritmo lento, se recupera, luego aterriza en un bache del cual se pensaría no saldrá ya que fue arrastrado por una coreografía torpe, además la falta de equilibrio de la actriz con el foco al momento (inserte aquí a Regina Flores Ribot), tan solo para levantarse y alcanzar una estabilidad envidiable hasta el final que atrapa por completo y sumerge dentro.

 Práctica y sencilla se presenta la escenografía, más cada cuadro tiene un enemigo acérrimo en el diseño de iluminación, que expone totalmente descuidando sectores que podrían lucir mejor. Por ejemplo, existe una conceptualización de fotografías al fondo, que al iluminarse denota los saltos temporales, pero esta solo encuentra correcta ejecución en 1 escena, lo que  frustra en verdad al dejar con la sensación de que  si as {i hubiese sido el resto, la representación podría presumir de un trabajo loable.

 Grandioso es el elenco que juega en el escenario (con la excepción ya mencionada), Pedro de Tavira, Mario Monroy, José Carlos Rodríguez y Valentina Sierra trabajan en un equipo homogéneo, produciendo buenas actuaciones de complicidad total, junto a Sergio Bonilla que demuestra una vez más su talento en una gama de sensaciones plena. 

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 Falta mencionar a un miembro importantísimo del cuerpo actoral, que sin lugar a duda se lleva la obra gracias a la astucia, agilidad y naturalidad impresas  en su trabajo, Gabriela Murray es una antorcha encendida en escena, arranca carcajadas sonoras e imparables al tiempo que goza su papel, divirtiéndose a todo lo que da contagiando a la sala entera. He aquí el ejemplo perfecto del oficio actoral. La cómica violencia del lenguaje de su personaje deja ganas de verla en cabaret y musical, Matilda, como Tronchatoro por ejemplo.

 Retomemos el total. Hay un círculo alrededor de la puesta que la eleva a un lugar desdichadamente privilegiado, su cercanía al contexto sociopolítico de la nación mexicana. En la obra se toca el tema de la represión, la desaparición ¿Cuan fantástico sería poder aseverar estas apariciones únicamente en el mundo de la ficción y no en nuestro real? A esta llamada, se contesta con la misma desesperación y hartazgo que refleja cada elemento de la sociedad. Hay una promesa de risa loca, pero el sello de interiorización permanece.

De Master Class con la Callas

“EL ARTE ES UNA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA”

MARÍA CALLAS

15 años después de  su estreno en México, bajo la dirección de Francisco Franco, Ocesa Teatro repone Master Class, original de Terrence McNally, desde la nueva visión de Diego Del Río a la cabeza del proyecto. Conservando a la actriz que por excelencia ha nacido para encarnar a la mítica María Callas: Diana Bracho.

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 La música es la expresión artística de mayor impacto en los seres humanos. La unión de los sonidos en coordinación absoluta con la ejecución busca mover las fibras más sensibles del espectador, mediante el acto comunicacional del ejecutante y la intención que este da a su obra. El canto es el complemento idóneo para esta labor. Cuando el canto alcanza los límites de la perfección, la recepción se convierte en un auténtico viaje alucinante que sobreexpone sentimientos a impulsos definitivos.

 Hacer música, buena música, no es fácil. Dedicarse a ella tampoco. María Callas, la máxima figura de la ópera del siglo pasado es el ejemplo claro de una vida consagrada al arte, a la técnica y a la totalidad de lo que significa interpretar aquello que el autor propone tanto en letra como en música, vivir las composiciones, dejando todo atrás para seguir su camino, una vía de éxito y triunfo, pero dolorosa.

 Este sendero de rosas espinadas alcanza una plenitud dramatúrgica en Master Class, una de las más grandes obras de McNally, quién propone contar la historia de la diva a partir de un momento clave en sus últimos años de vida: la impartición de sus clases maestras de canto en la Juilliard School de Nueva York.

 Situados a principios de los años 70’s, la divina se encuentra en el declive absoluto de su majestuosa voz, sopesando la decepción amorosa que le ha dejado Aristóteles Onassis; Ante tan devastador panorama, impartirá la lección a un auditorio lleno y tres estudiantes que someterán sus aptitudes vocales e interpretativas. A través de estos pupilos, Callas recordará mediante la música los momentos más devastadores y gloriosos de su carrera, los cuales la han hecho llegar al momento que está viviendo, sumida en la soledad y la añoranza del talento que se ha escapado de su cuerpo, más no del alma.

 Aquí el autor se vale del emblema de la soprano para expresar una demanda implícita real hacia aquellos que se dedican al arte: lo importante es estar dispuestos a servir, con disciplina, pasión, entrega y concentración, de lo contrario no se logra nada. El discurso ahonda en la necesidad de asumir el reto de la existencia mediante la consagración a la excelencia, pero sin dejar a un lado la dignidad y la integridad existencial humana.

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 “SIEMPRE DICEN <TE AMAMOS>, NUNCA <TE AMO>”

 McNally señala duramente la posición de Callas como una mujer sumisa y acomplejada en los momentos que así se mostró, empero, otorga una mirada de justificación compasiva a la transformación absoluta que se vio forzada a tener para evitar ser lastimada de nueva cuenta. Es ahí donde la dirección de Diego del Río aparece para detallar el relato de ese corazón, de la mujer que ha perdido tanto que le es difícil describirlo.

 Del Río analiza la voz humana por medio del anhelo de retroceder el tiempo, encuentra en el escrito de McNally a la artista vacía para exteriorizar las vicisitudes de su contexto. Proyecta con fuerza el dominio y la pasión en un espacio que triangula hábilmente sus cuadros focalizando correctamente las acciones. Este director lleva a otro nivel al producto, asegurándose de tornarlo entrañable, lo cual logra correctamente con un grupo actoral fuerte en un montaje elegante y visualmente propositivo. Aunque si bien es notoria la línea que pretende seguir, tanto como las sensaciones a dejar, es inevitable sentir (solo para aquellos que hayan visto otras direcciones de Del Río) que queda jugo por exprimir.

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 Absoluta es la calidad actoral de la primera actriz Diana Bracho. Desde que pone un pie en escena inunda la sala con una presencia exquisita de palmo a palmo. La actriz consigue reflejar la oscuridad de un pasado que sustrajo la belleza de la bondad, castigándola con la furia intrínseca de los recuerdos. Los colores que encuentra en su ruta emocional son precisos,  capaces de hacernos sentir amor a su ironía o  arrogancia. Sabe dirigirse a su público y hacerle gratamente íntimo el momento, imprimiendo una fantástica empatía. Porta la piel de su personaje y lo disfruta, dejándonos saborear con ella cada tono.

 Ronda de aplausos merecidísima al resto del elenco integrado por Antonio Albores, Mónica Raphael, Ernesto Gout, Edgar Ibarra (cuyo fascinante talento y destreza al piano transportan totalmente a cada lugar imaginado en las partituras de Bellini a Verdi) junto a Denise De Ramery, quién resulta una joya actoral que se eleva a la altura de Bracho para robarse el momento al brillar como la insegura Sharon anotándose uno de los momentos más  contundentes de la puesta.

 Sería injusto dejar de mencionar la atinada Iluminación de Laura Rode que aprovecha la conceptual escenografía de David Lombrozo para hacer notar cada movimiento actoral. Amén de la genial caracterización de Bracho como Callas, a cargo de Bernardo Vázquez.

 El arte, en su misterio, las diversas bellezas mezcla y confunde, recóndita armonía de las diversas bellezas. Pero no hay que confundirse para afirmar que esta producción es una auténtica clase maestra sobre el buen teatro y la vida misma.

Palabras breves: Proyecto Sofía

No soy el tipo de periodista, escritor, o simple mortal detrás de una publicación, que tienda a plasmar sus ideales o preferencias políticas, religiosas o  meramente sociales a través de su oficio. Condeno a los colegas que se toman tal libertinaje y repudio totalmente la idea de manipular de tal forma el pensamiento del lector, ya suficientemente influencia generan los discursos para aun así añadirles dedicatoria.

 Empero, desde hace unos días me encontré en las redes sociales de una de las mejores actrices de este país (nunca me cansaré de decirlo), Karina Gidi, una historia que me afectó bastante como ciudadano mexicano que soy, consciente de la situación en la que nuestro país se ve hundido, donde la impunidad acompaña de la mano a los delitos y el estado oprime a sus habitantes imposibilitando la paz que sus líderes juraron garantizarnos, declarando el derecho de la nación a demandar sus faltas al incumplir.

 Quisiera relatar de una mejor manera lo que leí, pero he decidido que es mejor permitirme transportar el texto original de Gidi a continuación, a manera de que ella misma tenga espacio en este escrito:

“Mi hija Sofia me preguntó si podríamos cambiar de presidente, le contesté que suponía que sí, aunque no creía que fuera fácil. Escribió en un papel: Personas que quieren la renuncia de Peña Nieto. Me dio su pluma, firmé. Agarró su diccionario escolar para apoyarse y me dijo: me voy a juntar firmas.

Salí con ella, acompañándola en su proyecto. Empezó tocando las puertas de nuestros vecinos. “Estoy juntando firmas para que renuncie el presidente, ¿quiere usted firmar?”. Luego llegamos a la avenida y ahí le pidió su firma a la gente que pasaba. Fuimos a la papelería, a la tiendita, a la estética, llegamos al parque y ahí abordó a todos los adultos que encontró. “Mi firma no cuenta porque tengo 11 años, pero si junto muchas firmas de adulto tal vez eso sí cuente”. Debí haberla grabado.

Con algunas personas dudaba “están muy ocupados, mamá, no los quiero interrumpir”. La señorita de la veterinaria le dijo “¿qué vas a hacer con estas firmas?”
Sofía: Pues no sé. Llevarlas al gobierno. 
Vet: ¿Es un proyecto de la escuela?
Sofía: No, es idea mía.
Vet: ¿Y cuáles son tus argumentos?
Sofía: Peña Nieto no le ha respondido como se debe a los familiares de los estudiantes desaparecidos, se fue a China y tiene una casa de 80 millones de pesos.
Vet: Ojalá juntes muchas firmas. 
Sofía: Gracias.
Llenó las hojas que llevaba consiguiendo 48 firmas y volvimos a casa. Sólo 5 personas se negaron a firmar.
Sofía: Mañana voy a salir con más hojas y en una bolsa voy a llevar éstas para que vean que más gente ha firmado. Y le voy a pedir a mis amigos que hagan lo mismo en su colonia. Pero, mamá, son poquitas, van a faltar muchísimas firmas.
Yo: No pienses en eso. Poco a poco. Acuérdate lo que dice el Emperador en Mulán: un grano de arroz puede inclinar la balanza. Juntamos estas firmas con otras de otros grupos y serán muchas más. 
Sofía: Yo quiero ser como ese grano de arroz.

Yo no tengo idea de cómo se destituye a un presidente. Pero ojalá pueda de verdad llevar esas hojas a alguna parte que ayude a Sofía a sentir que su esfuerzo vale la pena, que lo intentamos a toda costa. Fui incapaz de decirle que no lo hiciera, que era casi imposible. No puedo cortarle las alas. Esta generación viene con fuerza, con fe y determinación, y con un concepto de lo que es decente y justo que ya quisieran muchos para un fin de semana.”

 

 Yo como  como El Maravilloso Mago de Oz de Wicked soy un gran sentimental, no pude evitar conmoverme al notar como una extraordinaria pequeña de apenas 11 años reacciona de una manera tan madura e imponente ante la inexistencia de una garantía para su futuro, anexo a su presente, cuando el mandatario de su nación evade sus responsabilidades sin rendir cuentas al pueblo que le ha dado el puesto que hoy ostenta.

 Al comunicar esta acción no pretendo obligar a quien me lea a firmar esta iniciativa, sino a todo mexicano a recordar las palabras de Víctor Hugo: “Entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo consiente, hay cierta solidaridad vergonzosa”.

 Es cierto, hay que contagiar la rabia, tomar fuerza de nuestro hartazgo para exigir la justicia que a México le ha sido tan ausente desde hace mucho tiempo, pero también hay que contagiar la esperanza de que al final, los que buscamos hacer el bien somos más.

Este es el link que lleva a la petición de firmas elaborada en Change.org, por si se ofrece, o no.

https://www.change.org/p/enrique-pe%C3%B1a-nieto-proyectosof%C3%ADa-que-se-vaya-enrique-pe%C3%B1a-nieto

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Tres tristes tigres sedientos tras el trigal

“UN HOMBRE QUE NO SE ALIMENTA DE SUS SUEÑOS, ENVEJECE PRONTO”

 William Shakespeare

Un antropólogo forense se encuentra en su mesa de trabajo frente a los huesos de dos personas jóvenes que murieron unidas. Un hombre y una mujer se ahogaron abrazados en el lago del pueblo hace muchos años. Ese muchacho había comenzado el día decido a no callarse, andar por ahí cuestionando a todos acerca de la utilidad de cuanto acontece o se hace en la cotidianidad. Quien fuera persona ahora es un cadáver, alguna vez fue compañero de clases del hermano del forense, él mismo convivió a su lado pero ahora está de frente a su persona pidiéndole identifique sus restos y redescubra más allá de la historia que quedó en el pasado del profesionista en el laboratorio, cuando era un soñador y escribía para permitirle a su alma expresar lo que a su alrededor pasaba, ahora ya no más.

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 Se ha hablado tanto de la dramaturgia de Wajdi Mouawad desde que llegó al mundo del teatro, que realmente queda poco por describir, pero mucho por sentir  a través de su escritura. En esta ocasión con Sedientos, que repone temporada los domingos en el Teatro La Capilla, dirigida —por supuesto— por Hugo Arrevillaga (sí, advertencia de llanto, favor de llevar sus pañuelos desechables).

 Mouawad expone la historia de una persona que alguna vez escribió una obra de teatro, sin otro propósito más que sacar de su sistema aquello que sentía, las palabras eran el medio y su significado la aproximación hacia una teoría sobre el merecimiento de la felicidad. La persona vio humillados sus sueños y los abandonó, mató una parte de su ser, al artista y nadie se dio cuenta, hoy la muerte está de frente a él reclamándole por aquello que se llevó sin que fuese necesario o útil.

Poéticamente, el autor desarrolla una invitación abierta el público, consistente y concisa a un mensaje: No abandones tus sueños. Porque una decisión cambia el curso de toda una vida, en este caso la representación usa de vehículo a la adolescencia, un momento en el desarrollo del ser humano lleno de frenesí y vigor que demanda como niño pequeño el saber práctico de todo aquello que lo rodea, sus sistemas de funcionamiento, etc. En ese punto de inflexión ocurren dos vertientes: la sustentación de los sentimientos o la retractación de uno o varios.

 Empero de la situación, la dirección de Arrevillaga nuevamente es cómplice del autor libanés y consume las palabras del discurso a través de la belleza como el elemento principal a juego. Aquí hay una sensación de soledad que es intolerante, junto a una necesidad de alejarse de los mecanismos de autodefensa a la vida y sus sensaciones.  Los personajes que desfilan por el escenario comparten ambiciones en torno a la belleza: conocerla, alcanzarla y materializarla, metas que coexisten en el tenor de no ser factibles sin la creencia de poder esclarecerlas.çj bç

 “MAÑANA VOY A VOLVER A EMPEZAR, PORQUE NO HAY RAZÓN PARA DETENERSE”

Arrevillaga conduce esta historia en una exploración de acciones abiertas y persistentes que resisten a la inclemencia del tiempo como fantasmas en pena. Convoca a sus actores a entender el panorama que provoca la desolación de vivir en la lejanía total a los sueños que uno mismo se plantea. La coreografía sostenida es ágil y llena de figuras de apoyo en amalgama con la breve escenografía y delimitada iluminación, de tal forma que cada cuadro construido comunica efectivamente una postura diferente para conjuntarse en un producto que destaca cuanta variabilidad es posible.

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 Decirle a la audiencia que siempre hay un motivo para vivir cada día, además de que el lazo de la humanidad nos une por siempre, no es fácil. Dicha capacidad requiere de una sensibilidad alta por parte del actor. Miguel Romero aparece en escena dominando esa necesidad, generando un viaje bastante placentero por su franqueza y tono que se torna cada vez más enternecedor a medida que la trama se desarrolla. El actor no solo transmite  la delicadeza de la vida misma, tambaleante e imprecisa, sino que extrae con cautela la vulnerabilidad de los seres humanos a ella misma.

 Pamela Almanza es suave en su interpretación y bondadosa con sus compañeros para conjurar momentos de lucidez, Andrés Torres Orozco impacta fuertemente por los constantes choques dramáticos que su rol posee, haciendo al actor lo suficientemente hábil para sacar a flote la gama de emociones reprimidas que debe sin hacerlas perder su condición.

 Esta es una obra de oposición a las renuncias impulsivas y en pro del emprendedurismo hacia los alcances deseados. La percepción de la realidad invisible dónde las esperanzas se han marchitado es dura y crítica, pero asienta muy bien a la acción que pide recibir la información son sensibilizaciones plenas y el corazón. Dónde la sed de sueños se satisface tan solo con demostrar acciones de peso para cambiar. Tan entrañable como directa, se construye certera, como la vida misma.

A mí el té de menta me violenta

Casi no se habla de los intensos procesos técnicos  a sortear para levantar un telón en cualquier teatro. Una profesión tan bella como difícil en cuestión de sacrificios, pero con un resultado que al final deja satisfecho desde muy dentro hacia el exterior, reflejándose. Es por ello que Locos por el té, original de Danielle Navarro Haudecoeur y Patrick Haudecoeur ganó en 2011 el Premio Moliére  (el reconocimiento más grande para el teatro en Francia) a la mejor comedia. Porque además de ser un texto sólido en diversión, va más allá de su presentación.

 Una diva atada al ensayo de una obra que no tiene ni pies ni cabeza. La directora extranjera no tiene autoridad o comunicación efectiva, sólo un conocimiento experto en teatro isabelino. Su principal compañero de escena es un novato sin el mínimo ápice de talento o inteligencia. El primer actor tiene un ego insoportable, la vestuarista trabaja como puede o entiende, el asistente de producción se atreve a proponer absurdos y el pobre actor secundario se hunde en su desesperación por brillar. ¿Lograrán estrenar en medio de la neurosis y la constante presencia del humeante té?

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 Ocesa Teatro trae Locos por el té directo al Teatro Fernando Soler del Centro Teatral Manolo Fábregas, bajo la dirección de Vanessa Vizcarra, en un texto de traducción original al español por Julián Quintanilla, adaptado a México por el genial Alfonso Cárcamo.

 Este es un vodevil francés, sobre lo complejo que puede ser hacer un montaje de este género sin caer en la farsa, lo que significaría estar bastante lejos de la comedia. Un giro que mortal para el texto, traicionando al autor gravemente. Dentro de esta puesta se hilan muchos ejemplos de los pesares que construyen un montaje: La gran actriz que en su situación de desempleo se ve forzada a realizar la obra para no morir en el anonimato. El nepotismo que coloca al inexperto hijo del productor como actor principal y a su hermano como técnico de audio e iluminación. La directora que lucha por tratar de hacerle entender a su elenco el objetivo del texto frente a la carencia de tiempo suficiente para que todo ande correctamente.

 Lo sorprendente de ver esta obra es la franqueza y apunte con la que los autores originales lanzan el mensaje implícito a la audiencia: hacer teatro no es fácil, ni se consigue sin preparación, pero se puede disfrutar plenamente de sus incidentes desafortunados. Aquí podemos ver como los diseños se consuman en un aparato escenográfico, o en qué se basa la dirección para pedir las características del vestuario que se emplearan. La grandeza de generar y sentir y transformar un espacio para narrar una historia, todo de la mano de situaciones absurdas e irónicas que enmarcan el entretenimiento, mediante acciones tan simples como una peluca que se cae o un armario que no abre.

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 Vanessa Vizcarra sabe aprovechar los elementos de audio, iluminación tanto de utilería para darle mayor volumen mediante los detalles al discurso presentado. Coloca a sus actores bien delimitados en la composición de sus personajes, atreviéndose a enredar aún más las situaciones para lucir el talento de cada uno. Respeta sus planos y focos con bastante cuidado, limpiando cada cuadro con efectividad. Sin embargo hay un detalle que escapa a la primer parte: el ritmo. Empero de que las risas que promete la obra en su anuncio, verdaderamente se cumplen desde los primeros 10 minutos, existe una ligera discontinuidad que la directora debe corregir para que el total explote en la comicidad pura que deja la segunda parte de la puesta.

“el teatro se lleva por dentro. hasta para tomar un vaso de agua hay que tener talento.”

 Afortunadamente, existe un elenco bastante sólido para respaldar la correcta adaptación de la pieza. Comenzando por el agasajo que es presenciar a una excelente actriz, como la es  Susana Alexander, manejar la comedia con ligeros relieves dramáticos a la perfección. La diva que interpreta logra resultar tan entrañable como patética, teniendo que ocultar un vergonzoso secreto a la vez que ostenta un porte que nadie podría merecer. Alexander es gratamente recibida ante la audiencia que se vuelve completamente loca al escuchar los chistes que debe realizar o líneas tan magistrales como “antes muerta que sustituida”.

 Quien sencillamente brilla y roba escena gracias a su enorme talento natural para manejar la comedia es Gustavo Egelhaaf. Correcto tanto en tonos, formas e imágenes, convence totalmente de la ineptitud involuntaria de su personaje que desearía profundamente poder hacer las cosas bien, pero su propio ser se lo impide, sumado al terror que infunde en el su compañera de escena. Logra ser gracioso  sin sobreactuaciones, la simpleza con la que ejecuta su oficio otorga un timing acertado a cada acción, conjuntándose perfectamente al resto de sus compañeros, sin dejar de destacar.

 Ricardo Maza se suma triunfante como el pobre actor secundario, que a pesar de tener mucha expresividad y ganas de ser reconocido está encerrado en un papel que lo limita totalmente. Completan el elenco Cecilia Romo, Julio César Luna, Claudia Nin, así como Ulises de la Torre con actuaciones complementarias bastante buenas.

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 Cual curioso es que aparece en un contexto bastante adecuado esta extraordinaria terapia de risa, puesto que los mexicanos tendemos a reírnos de nuestros propios problemas para salir de ellos. El espacio idóneo para relajarse y soltar el estrés al tiempo que la reflexión hace de las suyas sin permitir que el espectador se dé cuenta de momento. Muchas veces las obras más complejas son las que mejor saben disimular esta cualidad, he aquí un certero botón de muestra.

Abrir ventanas en el espíritu

Catarsis, plenitud alcanzable con la transformación interior. Permite liberar ataduras, remover emociones encontradas, equilibrar. Cuando en el teatro se logra esto a través de una obra poderosa tanto en texto como en dirección, escenografía, iluminación, vestuario, musicalización, etc., el público lo recibe con el corazón, porque  encuentra la magia que posee la experiencia teatral y deja una parte de sí en el producto generado a manera de intercambio con los responsables. Hacer teatro debe ser un ritual solemne, donde se honre a la vida desde cualquier arista posible, comunicando un mensaje íntegro, sólido. No importa el género elegido para contar la historia, sino que la historia misma sea contada con efectividad.

 Harwan es estudiante de teatro, está a punto de presentar la tesis con la que se graduará, para terminarla debe entrevistarse con el autor que lo ha inspirado a formularse la cuestión de la necesidad del teatro en el mundo actual. A pesar de tener la cita pactada desde hace meses, los planes han cambiado y le han ofrecido una residencia artística, pero para ella necesita el título, por lo tanto entrevistar al autor, entregar la tesis así como argumentar su defensa en un tiempo menor al que tenía planeado. Harwan deberá alcanzar al artista en Rusia, país donde se encuentra montando su nueva puesta, deberá realizar un viaje para descubrir si está listo para dedicar su vida al teatro, encontrando lo que había olvidado de si mismo en el camino.

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“Las grandes obras de arte guardan un secreto”

 Hugo Arrevillaga toma dos textos de su autor de cabecera, Wajdi Mouawad, para cruzarlos en una sola historia. Solos y Sueños se funden en Ventanas. El resultado es una dramaturgia que suma la ambición de enmarcar al arte como respuesta a la identidad humana de Mouawad, sobre la delicada y vertiginosa técnica de Arrevillaga a la perfección. Esta fantástica obra teatral toma forma en la Caja Negra del Centro Universitario de Teatro.

 Dentro del discurso propone viajar hacia el ser, enfrentarse a la realidad en una aventura que lleva el tiempo medido, sabiendo que aquello que se busca es precisamente lo que no se va a encontrar, además de que se pueden perder muchas cosas en el trayecto, de las cuales uno nunca está consciente pero que ahí están, aferradas. Empero, existe un peligro más grande al decidir no actuar: volverse común. La esencia de Mouawad parte la narrativa desde un lugar común para explotar al máximo la idea de los nexos que guarda todo autor con su obra. Por medio de la belleza de las palabras en poesía absoluta y equilibrio, transporta un problema a un mundo amplio y complejo.

 Casi se puede tocar la sensibilidad que produce hablar de las decisiones que tomamos en la vida, en esperanza de alcanzar aquello que nos proponemos, desear a través de las órdenes mientras intentamos sostenernos frente al mundo. Aquí la meta es el autoconocimiento mediante la vía teatral, como un espacio para expiar, nutrir o perdonar. El mensaje del autor original orilla a transformar todos los sentimientos que aparecen durante toda la puesta en un factor común, del cual forman parte y a la vez generan: la vida.

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“Nadie puede ser tu amor y tu jaula al mismo tiempo”

 La dirección sujeta esta visión sobre un desfile de imágenes tan ambicioso como efectivo, en el que cada elemento que aparece brilla y justifica su existencia. El ritmo es persistente, aprovecha en muchos momentos la sabiduría de la inmovilidad, combinada en un trazo que refleja una batalla contra el dolor de saberse incompleto. Puede ir de la fuerza a la suavidad tanto en el diálogo como las acciones con entera ligereza, pues hay una constante en la construcción: franqueza y amor, sólo así se puede hablar de la pérdida para comenzar de nuevo. Amén de la genialidad encerrada en los giros de tuerca de la trama.

 Esta es una obra hecha para todo el público, pero en especial para aquellos que se quieren dedicar, se están preparando o son ya gente de teatro, a cualquier nivel. Si bien la base de Mouawad convoca a no renunciar a los sueños por más incoherencia que puedan tener (sino luchar por darles forma y que lleven un cauce correcto) al unirse con el sentido de Arrevillaga el mensaje es claro para decirnos que la única forma en la que las metas se alcanzan es con la ayuda de otro, porque los seres humanos tenemos la necesidad de ser gregarios para poder sorprendernos constantemente y no ahogarnos en la monotonía.

 El director convoca a 14 actores -estudiantes en la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM–  para darles la oportunidad de formar un mismo personaje, dividido en todas las formas con las que se concibe, un ser que se refleja de manera constante pero no puede reconocerse en ese reflejo, tan solo percibe un espectro de color que logra entender que posee un alma. Así, Tania Sofía Álvarez Núñez, Iván Caldera, Eduardo Carranza, Elena Del Río, Liliana Durazo, Xóchitl Galindres, Kevin M. García Gallardo, Alejandro Guerrero S, David Illescas, Daniela Luque, Geovanna Moo Caamal, Arantza Muñoz Montemayor, Eduardo Orozco y Nicolasa Ortiz Monasterio entregan un trabajo de calidad y firmeza que deja ganas de seguir presenciando más de estos jóvenes, verlos brillar en más y más puestas gracias a la muestra de talento y dedicación que ejecutan.

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“La existencia se fue, me abandonó”

 Arrevillaga deja una lección a estos alumnos como a todo creador teatral en general: el teatro tiene el poder de tocar para dejar algo en la audiencia, expresar críticamente los aspectos sociales de repercusión contemporánea. Contar historias desde un espacio escénico no es tan solo un ejercicio de entretenimiento, es la posibilidad de formar mejores personas a través de la narración, apartados de la cuestión moral, más bien cultural, o bien simplemente estar ahí con las palabras precisas para quien necesita contactar con su humanidad tan perdida en una sociedad de avaricia entre tecnologías reemplazantes. Ahí está la belleza de esta profesión, a la cual más que lealtad o respeto hay que darle orgullo y forma de ventana.

 Pero sobre todo, concluye como un acto de demanda social pertinente y muy justo. Algo que desgraciadamente necesitamos con desesperación en estos tiempos violentos que enfrentamos en México es reconocer y actuar por un cambio. No son 43 normalistas desaparecidos, ni tampoco las más de 700 muertas de Juárez o las víctimas sin justicia resuelta del caso de la guardería ABC, es la de existencia impunidad ante los delitos que existen sumada a la incompetencia para su esclarecimiento. Cuando el sistema reacciona en contra de aquellos para los que debería trabajar, es momento de alzar la voz, contagiar la rabia y mostrar una oposición efectiva, sostenida en hechos, no en simbolismos. De nueva cuenta el teatro es una respuesta que demuestra como el arte nunca será ajeno al terreno en el que se manifiesta.

 Ventanas es sencillamente uno de los trabajos más enternecedores y válidos de la cartelera mexicana. El método para identificar la autenticidad y la pertenencia. La oportunidad de entender como el teatro cambia la vida. 

“El arte es una ventana en medio de un muro”

Consuelo lunar para los muertos en vida

Otoño, posiblemente Agosto. El sol radiante quema sin piedad todo aquello que su luz toca y llena de  pesadez el aire con un calor insoportable. El lugar es una granja de Conneticut, ubicada en el tiempo alrededor de los años 20. Ahí Phil Hogan, un viejo soez, timador y alcohólico vive con la única hija que ha decidido no abandonarlo, Josie, una mujer fuerte y brava con una reputación liviana bastante escandalosa. Comenzarán a discutir porque ella ha dejado que el último hijo que le quedaba se fuera, pleito que habrá que parar para escuchar a Tyrone -dueño del terreno arrendado y alcohólico también-, quien advertirá una propuesta mejor a la que ellos pueden darle para comparar la granja que han trabajado tantos años. El final podría estar cerca. 

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 ¡Celebremos que Teatro Unam abre un ciclo para honrar a los grandes  dramaturgos del siglo XX! En esta ocasión, el texto elegido para cobrar nueva vida es Una luna para los malnacidos, del genial – Premio Nobel de literatura, por cierto- Eugene O’ Neill. Precursor junto a Chéjov e Ibsen del realismo dramático. La celebración toma forma dentro del Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario de jueves a domingo.

 Definitivamente esta es una obra que tuvo que inspirar a autores como Tracy Letts a escribir textos como Agosto: Condado de Osage. O’ Neill aprovecha la temperatura casi desértica marcada en el ambiente propuesto para generar una sensación de hartazgo. Una familia poco convencional que demuestra su amor a través de una nula muestra de respeto demostrada en insultos agudos como reproches a las condiciones físicas de cada cual. Sin embargo, a pesar de que la hostilidad sea irrespirable, el padre y la hija la han adaptado este estilo de vida predilecto.

 El autor suma a un personaje tan arrogante como abatido para poner a prueba a padre e hija, a través de la confianza que el uno pueda sostener en el otro. Sin pensar un momento en que quien les está manipulando – sin así quererlo- es en realidad quien vive a prueba  de sí mismo el día a día. Un ser tan atormentado que expía sus penas en el consumo constante de whisky sin encontrar realmente un alivio efectivo.

 Así, O’Neill pone sobre la mesa un discurso profundo y  emotivo, que habla acerca de la flaqueza del hombre ante la rutina de la vida. A través de personajes aproximados totalmente al realismo de la época que conjura, presenta un discurso sobre la necesidad del amor propio suficiente para sostener a un individuo, más no tan fuerte como para impedirle moverse de su zona de juego. En torno a todo esto, las promesas, como única certeza de la honestidad de la gente al sellarlas con sus ojos. No hay maldad, ni bien, tan solo la realidad que no es más que una lucha entre las conveniencias y los sentimientos auténticos tratando de equilibrarse juntos.

 Los personajes tienen una construcción sólida prácticamente perfecta, además de presentar un desarrollo en la trama inteligente y lleno de desafíos tanto explícitos como implícitos en su interior. Pero para reunirlos a todos bajo el mismo tono, pone a la luna como la constante que dejará ver en realidad quien es quien y delata que llevan en su corazón. Así todos esperarán a que la luz del satélite los ilumine para poder liberar sus tormentos aunque sea por una noche. Sentir entonces pena por estos seres es automático.

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 La traducción de Humberto Pérez Mortera resguarda muy bien las intenciones de O’ Neill al escribir la obra: reconciliarse con aquello que ya no tiene en vida. Cada línea apunta  la desesperanza y el acorralamiento proveniente del silencio interno, de no abrirse.

 Mario Espinosa tiene bajo su cargo la dirección de esta puesta, rescatando y apuntando con gran astucia los momentos de comedia que aligerarán la tensión dramática referida. Sostiene muy bien la intención de la obra para  verdaderamente transmitir la necesidad desesperada que tienen los personajes de hablar con franqueza de sí mismos, sin embargo, hay momentos en que el hilo pierde tensión y los argumentos se tornan lentos, cansados, afortunadamente estos desbalances se reajustan, pero existen.

 Los únicos elementos que en realidad no se explotan u aprovechan son la escenografía (una rotonda de pasto seco cubierto por hojarasca, bajo la rama de un árbol) en conjunto con la iluminación. No hay una interacción que reaccione natural a la trama, hay tonos cálidos cuando son requeridos, pero no hay un manejo adecuado de los fríos, de manera que los cambios no favorecen ni lucen en sus mínimas apariciones.

 Empero, el enganche aparece gracias a las buenas actuaciones de Patricio Castillo (Un auténtico lujo en escena), Rodolfo Árias y José Juan Sánchez, quienes serán cómplices de una de las mejores actrices que tiene este país: Karina Gidi.

 Gidi logra conmover y convencer de todo cuanto se nos dice está pasando con tan solo modular el tono de su voz o realizar un movimiento coreográfico común con el cual identificarnos ante la situación en que es hecho. Pasa de ser la dura roca al frágil cristal, para luego ser el regazo acogedor con una elasticidad sentimental impresionante. Ejemplo claro de alguien que ama su profesión y se apasiona de cada personaje para en verdad grabarlo en su piel.

A partir de la entrega, se le rendirán cuentas a la noche lunada por los muertos del pasado cuyos fantasmas protestan el presente. Coincidir será el camino, conspirar será el método y alcanzar la paz el motivo. Altamente recomendable.

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La irónica caída de la Reina del Rosa Venus

Un desafortunado día comenzó el martirio para Malena, de repente su mundo color rosa colapsaba de elemento en elemento, con la rapidez de tres días: primero, su mantenido esposo la deja, llevándose todos los muebles y hasta el coche que no es de él; Después, es despedida de su empleo como vendedora estrella de una marca de jaboncitos para moteles. Para colmo se ha quedado sin casa -gracias a su ahora ex marido- y casi cerrando el marco de las desgracias, su madre ha fallecido calcinada en su departamento. El ritmo de vida al que estaba acostumbrada ha girado completamente en cuestión de nada, y esa misma nada es lo que queda, además de su feminidad.

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 Abundántia Teatro presenta junto con (y en) el Teatro La Capilla, Malena o la femeneidad, original de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM) y dirigida por Sixto Castro Santillán. Esta comedia llega al espacio de los viernes en la cartelera del inmueble. Poniendo sobre la mesa una historia acerca de una mujer clasemediera de 30 años cuya vida se ha derrumbado y deberá poner en marcha de nuevo antes que el derrumbe se la lleve a ella también.

 A través de la mirada de LEGOM se perciben los aspectos de una sociedad cuya cómica existencia es más bien trágica en su esencia. Así se conduce la vida de Malena, enfrentada a la cruel realidad que queda tras finalizar el sueño dónde se concibe como un ser amado y amigable, pero que en realidad, es repudiado por todos hasta el punto de desear nunca verla jamás. Esta  mujer abatida trata de encontrar refugio en Dios y hasta él le da la espalda, mientras la deja hundirse en cuanta desgracia se aproxima.

 Dando certeros y concisos señalamientos críticos a la hipocresía, las posturas religiosas y los roles sociales, el autor parte de los infortunios a los que someterá a su personaje principal, conectándola a otros perdedores, para hablar de la importancia de resurgir ante el fracaso. Hilando cada cuadro con una comedia llena de sátira y sarcasmo que se burla de quienes culpan a la vida de los errores que ellos mismos provocaron y critica a quienes dejan en concepto a la palabra tolerancia para hacer una danza de karma, ironía y crueldad.

 ¿Por que la vida está siendo cruel con Malena?, le ha quitado ya casi todo menos su propio ser. Aunque no pueda reconocerse de cara a su reflejo, ella es tanto una mujer voluble, vulgar y agresiva, como una patética y frágil persona que no hace más que conformarse con lo que pasa a su alrededor esperando vivir bien. ¿Cuántas de las caretas que ha usado Malena, para lograr alzarse como una reina de las ventas, las hemos pretendido usar nosotros mismos, sin saber (cómo ella) que en realidad no engañamos absolutamente a nadie?

 LEGOM no pretende llevar a los extremos a sus personajes para generar que la audiencia se suelte a llorar por la pobre alma que está sufriendo de la falta de humanidad de los demás, más bien aprovecha la llegada al límite para dejar la puerta abierta a la reflexión, a que cada quien tome nota de sus propios momentos en los que se identifica con la trama. Ahí es donde brilla la exquisita inteligencia de este dramaturgo al lograr una conexión sin frivolidades o poses, sino todo lo contrario, cercana.

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 Sixto Castro Santillán explota los momentos de comedia, acercando a la farsa cuanto dramatismo existe, haciendo del todo un nudo de risas inevitables. La dirección de Castro es pues directa, franca y desenfadada, encerrando en una coreografía que denota control total (de cada acción, plano y movimiento) el desorden propio que refleja la vida del personaje. Con elementos breves de apoyo como una mesa o un telón, logra construir compasión junto con desprecio unidos ante la historia, existiendo en medio de la hilarante euforia que provoca ver caer a alguien, porque llamémoslo morbo o análisis antes de apoyar: nadie se resiste a mirar la decadencia del otro. Entonces el propio director nos transmite la sensación de que si ya vamos a ver al individuo en apuros, al menos hagamos sus penurias disfrutables.

 Yannin Heredia brilla encarnando a la diva jabonera, imprimiendo en su actuación la fuerza necesaria para dejar la gracia, desesperación o momentos de absoluta cordura que necesita su rol, entregándose de lleno a la difícil tarea de transmitir  ese rehilete de emociones siendo al final entrañable. Cecilia Zolev, Oscar Serrano Cotán Y Alan Uribe Villaruel completan el cuadro de actores, desdoblándose en varios personajes con una capacidad admirable y un talento innegable. En un tiempo récord cada uno va de papel en papel, -de ida, vuelta y de regreso- manejando perfectamente los cambios de voz, postura, presencia y sentido, tornando en memorables a cada cual.

 Malena sacará fuerza de su condición como mujer para posicionarse de nueva cuenta a la cima, sin importar las anotaciones de los demás hacia su persona, pero en un mundo dónde las opiniones e influencias del resto construyen el camino de cada uno ¿Logrará a cabo su cometido? La respuesta reside al presenciar esta deliciosa comedia, de la cual uno no sale sin  un buen sabor de boca, a buen mezcal de cortesía específicamente, porque como diría la “Reina del Rosa Venus”: “Yo solo sé que a mi vida le hace falta un buen chupe”.

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Con tus ochenta mejores amigas ¡Para qué quieres enemigas!

“No te quiero alarmar, pero algo siniestro está ocurriendo aquí”

Angela Lansbury (como Jessica Fletcher en Murder She Wrote)

En el interior de la cabina de un radio teatro, la simpática, poco ortodoxa, gruñona  y anciana conductora Agatha Freud, transmitirá la narración del thriller psicológico “Las ochenta mejores amigas”, de un tal Juan Carlos Cuéllar. Para realizar dicha labor se requieren de dos actrices que lleven los personajes principales de la historia, así  que las divas Olga de Moctezuma y Holly Estuardo, ejecutarán esta historia llena de intriga, suspenso y comicidad involuntaria.

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 El Foro Shakespeare ofrece una opción de divertimento única en su Teatrino los días sábado, la comicidad, el drama y también el cabaret se funden en Las ochenta mejores amigas de Juan Carlos Cuéllar. Puesta en escena dirigida por el propio Cuéllar, un texto más para el catálogo de obras ejecutadas con miembros del programa de Teatro Penitenciario.

 Explorando el frívolo mundo de la “alta sociedad”, el autor parte de un estilo influenciado por la literatura de Agatha Christie junto a la experiencia narrativa televisiva en Murder She Wrote (La reportera del crimen) para hablarnos de la traición que conllevan las falsas amistades, las mentes criminales, además de la venganza como método expiatorio. Una ha traicionado a la otra, creyéndola tan inocente como boba para nunca actuar en reversa, sin embargo, la amiga herida ha centrado su dolor en construir una telaraña exacta
para acechar a su presa, por consiguiente atacar sin piedad como una viuda negra.

 Un montaje construido sin mayor pretensión que divertir a la audiencia a través de la exposición de personajes que llevan al límite de la comedia sobre un drama que debería generar tensión. La dirección llama a sus “divas” para ser representadas por hombres, logrando entonces un ambiente queer bastante efectivo, que lejos de caricaturizar al travestismo conecta irónicamente los clichés de la homosexualidad con el público, mofándose de las pretensiones actorales en vez de un sector social.

 Cuando los actores disfrutan su trabajo es notorio, aquí Javier Cruz e Israel Rodríguez se presentan al ruedo con el reto de hacer reír, saliendo en hombros con orejas y rabo. Dos actores que sin duda evolucionan cada vez más, debido la efectividad del ya mencionado programa de Teatro Penitenciario al introducir a más gente en el oficio actoral de manera íntegra, con un constante acompañamiento en su formación en suma al interés personal de pulir cada vez más su trabajo.

 Las actuaciones de Cruz y Rodríguez se disfrutan plenamente, vemos a dos hombres -toscos, rudos- convertirse en unas auténticas divas que lucen coquetas y elegantes en todo momento. Acompañados de la siempre grata Itari Marta, provocando los desahogues cómicos constantes, haciendo una viejecita memorable por sus deficiencias, ocurrencias  y actitudes.

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 No hay pastelazo, aquí el texto tiene inteligencia, así mismo se coordina de lleno a la iluminación sugerida para recrear los momentos necesarios en la trama. Recalco, los actores disfrutan tanto su labor que hasta los accidentes que puedan tener se sienten francos, tanto así que se gozan ampliamente, destacando a la existencia de una producción inteligente que controla todos los aspectos y las tablas de los intérpretes. Se agradece en pleno.

 Hay muchos aspectos interesantes para este texto. Primordialmente, funciona del todo como una comedia, sí, pero de trabajarse en lleno hacia el aspecto dramático ¡También funcionaría! Estamos frente a un arma de doble filo que podría evolucionar drásticamente a un producto aún más complejo. Sólo es necesario encontrar esa visión en la batuta direccional, tal vez la respuesta esté en este mismo montaje, en forma de actriz.

 Las envidias y los individualismos se arrojan como elementos de la cotidianidad, pudiendo perderse entre las carcajadas producidas por los trazos, la esencia sale a flote dejando tanto la correcta transmisión de la historia, como la experiencia cómica -con los tonos de cabaret- que la acercan al público teniendo como vía la ejemplificación de aspectos actuales. No encontrará algo tan efectivo en este ramo en otro lugar de la cartelera teatral actual, salvo que se trate de La Reinas Chulas en el Teatro- Bar El Vicio, que aquí encuentran una muy digna y sana competencia.

 Un montaje ideal para abandonar el estrés, relajarse, emitiendo risotadas honestas ante un trabajo muy bien ejecutado.

De las voces que relatan acciones calladas

Es tiempo de la  Revolución Mexicana, en un pueblo dónde nunca pasa nada interesante. Una maestra ha sido encarcelada y condenada a muerte. La hija de un hombre lleva rato lejos de su hogar por irse (de voluntad propia) junto al ejército zapatista. Una mujer adinerada no ve la hora de sentirse tan libre y pueblerina como ella desearía. En medio  de todas las historias, el pueblo es el punto de cruce involuntario de los ejércitos de Emiliano Zapata y Porfirio Díaz, ambos liderados por los dobles comisionados de los dirigentes originales. El supuesto Díaz ofrecerá una tregua al Zapata de los martes, pero la muerte ha despertado con el alba de aquel día, y está lista para pasearse por el pueblo.

El Teatro La Capilla abre sus puertas los sábados por la tarde a  Los Equilibristas, obra original de David Gaitán, dirigida por Damián Cervantes y nueva producción de la compañía Vaca 35 Teatro. Este autoproclamado “Falso documental de la revolución mexicana”, estará presentándose hasta diciembre 14.

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Tal vez lo que es necesario resaltar primero es la figura de David Gaitán como uno de los creadores teatrales jóvenes más importantes de nuestra época. Responsable de otros geniales títulos como Simulacro de idilio o La velocidad del zoom del horizonte, Gaitán sabe manejarse entre la ficción, el análisis y la crítica social con ingenio y sumo cuidado para que sus textos tengan apertura a un público general (en la mayoría de los casos) que pueda entender de lleno e inmiscuirse en la trama. Un dramaturgo al cual no hay que perderle la pista.

En esta ocasión, el texto nos habla de la necesidad de pertenencia de los seres humanos;  Sabernos parte de algo o de un todo ha sido desde siempre una necesidad básica para descubrir quiénes somos, cual si no pudiésemos existir sin formar parte de algo más grande, ahí es donde Gaitán introduce la empresa de la guerra, ubicándose en un hecho ficticio de la Revolución Mexicana que invita a mirar el pensamiento social de 1910 a través de la narración de diversas posturas que lo acercan inevitablemente a la modernidad.

14 de los habitantes, del pueblo en el que nos sitúa el autor, se unen para relatarnos los hechos del día en que los ejércitos revolucionarios se encontraron. Vemos una evolución radical de las necesidades personales de cada personaje, cada uno busca alcanzar una realización diferente en el movimiento que se alza, en la situación de sus vidas. Algunos quieren estelarizar y vanagloriarse, otros tan solo buscarán la libertad u expiar algunos pecados, pero en general hay un común: todos quieren vivir.

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Gaitán otorga el mismo peso a la voz de cada personaje, en una narrativa bastante cercana a la estructura postmoderna, cada relato va hilando el panorama lleno de colores que tiñen de sátira, crítica, compasión, poesía, humor y dulzura a la historia. Todos aportan información de manera orquestal, a un tempo que va creciendo y amarrando al público a su paso. Generando una arcada dramática bastante poderosa que provoca entrañarse de inmediato hacia aquello que nos están contando.

La visión de Cervantes como director vuelve aún más franca y honesta a la obra. Pone a sus personajes sin más elementos que sillas, veladoras, algunas macetas con flor de nube y vestuario de tonos, adecuado de la época. Les da a sus actores la posibilidad de explorar con profundidad los detalles de sus líneas, adentrarse en la piel de cada personaje y exteriorizarlo en gestos y movimientos marcados con sumo cuidado en el discurso. Guarda bastante limpieza en sus trazos, para que toda la audiencia pueda recibir lo que se está provocando de desde dentro de cada palabra y acción contada, hacia la resolución externa que hay en cada cuadro.

La delicadeza de Cervantes, sumada a la fuerza dramática de Gaitán, generan un producto que engancha de manera total al espectador y culmina siendo enternecedor, contestatario. Los protagonistas de la obra están envueltos en un proceso del cual realmente no forman parte directa, pero se ven afectados, ¿Cuan familiar puede sonar esto?

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Esta puesta dice ser una historia que quizás no sería jamás contada puesto que solo 14 personas fueron víctimas de ella. En nuestro México actual tenemos otra historia protagonizada por 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero, y la respuesta de nuestras autoridades ha sido tan indiferente que tal pareciera que su localización es otra historia que no valiera la pena contar por el número que representan. Estos nexos – involuntarios tal vez- a la contemporaneidad del país hacen de la puesta entera una maravillosa acción de respuesta y sensibilización.

José Concepción Macías , Iyasú Torruco, Marco Vidal, Daniela Baltazar, Carlos Kumukai, Sol Sánchez, Gabriela Ambriz,Francia Castañeda, Mari Carmen Ruiz,  Diana Magallón, Elizabeth Pedrosa,José Rafael Flores, Enrique AguilaryVerónica Bravo, estelarizan siendo un reparto homogéneo, entregado al ejercicio teatral con el corazón. Actuaciones frescas y amables que denotan entereza.

Hágase un favor y asista a someterse a la prueba del equilibrio, puedo asegurar que no se arrepentirá.

El amor es un cadáver y ellos llevan la piel

Una mirada más de eterna despedida y se cerró la puerta tras de mí. Había empezado a abrirse entre nosotros el inmenso abismo de la separación.

William Wilkie Collins

5 luces se encienden, una pareja en el escenario: hombre y mujer, cada individuo ocupa un extremo. Se han unido para tener una última conversación, se escucharán pero van a separarse, no cambiarán la decisión, es inevitable. Será una auténtica Clausura del amor, acción que da título a esta obra de Pascal Rambert dirigida por Hugo Arrevillaga, presentándose en el Teatro El Granero Xavier Rojas del Centro Cultural Del Bosque.

 Si la puesta en escena es dirigida por Hugo Arrevillaga hay altas probabilidades (si no es que totales) de que sea capaz de mover las fibras más sensibles de quien se acerque. Esta vez no es la excepción. Lo que se nos ofrece es una historia acerca del quebranto, desgarrar en dos partes una vida para abrir paso a un final, el final del amor.

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 El texto de Rambert presenta a una pareja que se ha disminuido y llegan ahora al punto de la despedida. El hombre comienza su discurso con palabras que atacan con coraje y fuerza, dando manotazos al aire, desesperado por expresar la necesidad de verse libre de las ataduras de una relación que en un momento lo fue todo y ahora deja solo hartazgo.

 La mujer atenderá paciente, tratando de no quebrarse ante la mirada del que fuera la razón de su vida, hasta que el turno de hablar llegue, tras haber recibido los ataques de una batalla que arranca pedazos de ambos. Ella no cederá su interioridad, responderá con una contrariedad absoluta luchando por recobrar su intimidad. Ambos se saben frágiles, se han conocido, disfrutado, empero son humanos y al cerrar un ciclo los seres humanos hacen esto.

 Así, el público se ve expuesto a una descarga de sentimientos impresionante que materializa el término del amor. El autor busca exteriorizar la importancia de reconocer al otro a través del rompimiento de la unión, adentrándose en las figura de la pareja para dejar la duda de si es el amor mismo quien arrasa con la integridad de los seres que se confían a él, o la propia acción de relacionarse como inevitable acto de la naturaleza gregaria.

 Luego se pueden tener varias opciones para verse afectado por el montaje: la primera es -irremediablemente- identificarse dentro del conflicto, partiendo de la experiencia propia o cercana del derrumbe de la estructura que da cobijo a los amantes. Encontrar que esa gama de emociones vertida enfrente ha sido de nuestra propia experimentación. 

 La segunda es tal vez más compleja, ya que consiste en conectar con  el entendimiento de los seres de la historia que se nos está contando, identificarlos como personajes comunes de la sociedad, humanizarlos y entonces ser empáticos a su sentir. Abrirse al simbolismo y violencia que acarrea en sí misma la idea del amor. ¿Cómo serán sus vidas frente al vacío que comenzará a abrirse paso entre ellos mismos para demostrar que nunca se podrán olvidar, pues han dejado más que solo personas, objetos y situaciones en común? Su esencia en el otro está y no la podrán desvanecer jamás.

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 Arrevillaga quita toda sombra y deja claro el panorama, volviendo directo el horror con movimientos coreográficos fuertes y sutiles, acompañados de inserciones suaves de un sonido que incrementa la tensión. Sus actores nunca se tocan, se clavan estocadas constantes una tras otra y se derriban en el limpio espacio escénico con nada más que la fuerza de la semántica, logrando ejecutar entonces uno de los retos de dirección más notables de esta temporada al transmitir lo accidental del amor enteramente a la audiencia.

 Arcelia Ramírez y Antón Araiza serán los encargados de interpretar este intercambio, inmersos hasta el cuello en un vertiginoso tour de force, que demuestra la calidad actoral de ambos al crear un trabajo franco, apasionado, honesto, enternecedor y catártico.

 Antón conduce ferozmente su monólogo, adentrándose con delicadeza en los restos resquebrajados de lo que pudo ser, mientras que Arcelia hace de la inmovilidad de su espera un espejo de la brutalidad del discurso de su acompañante, para alzarse demoledora después creando imágenes auténticas e impactantes. La química de ambos es absoluta, todo lo que resta es belleza y lágrimas emergentes.

 El mundo es presa de este sentimiento. ¡Nos urge hablar del amor!, no vayamos más lejos de su ausencia en el noticiario de esta mañana.

Esta puesta es contestataria a la idea de que aun dejando la sangre en el suelo, el futuro es una esperanza para poder reconstruir lo que se ha demolido, desde dentro para exteriorizarlo.

 La potencia de la dramaturgia se funde con el genio de Arrevillaga, en amalgama con el talento de Ramírez y Araiza. Que sea imperdible vivir esta experiencia es hablar de más, queda implícito. Permitirse es necesidad. Hay que atender los temas del amor, o lamentar el ser ajenos.

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Sueños rosas, realidades mexicanas

“A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos.”

Gustave Flaubert

Rosa Mexicano, drama original del siempre contrastante Luis Ayhllón (La extinción de los dinosaurios), llega  debutante y flamante a la cartelera mexicana bajo la dirección de Martín Acosta, dispuesta a apoderarse de los fines de semana del Teatro El Galeón del Centro Cultural del Bosque hasta noviembre.

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 Aquí hay una propuesta bastante cruda, envolvente, fiera y fuerte. Esta es la historia de una mujer que despierta en la oscuridad del bosque, rodeada de la nocturna atmósfera donde emergen varios personajes con aptitudes fantásticas y mágicas que ponen a prueba la veracidad de la realidad. Ella solo quiere llegar a la ciudad para volver a casa. Al tiempo, la historia de la misma mujer, una adolescente que espera paciente afuera de la más grande televisora del país para conocer a su actor favorito, hasta el día en que conoce a un productor que le promete presentarle al galán en cuestión. ¿Cómo ambas estancias extremas podrán hallar conexión?

 Comenzando por la calidad dramática que el autor propone, dónde las metáforas danzan al ritmo de la fantasía y los hechos de crítica social contemporánea rompen con toda alegoría, esta es una obra cautivadora, estremecedora y hasta tétrica.

 Ayhllón no teme en usar todas las figuras que brotan de su mente para reflejar una cruel panorámica del star system residente en nuestro país, bajo el influjo televisivo. El autor monta situaciones llenas de cotidianeidad que aterran por su esencia al saberse ciertas. La fragilidad de una adolescente siendo tergiversada por una persona con poder que le promete maravillas a cambio de la entrega carnal; La tragedia deviene y frente a esto la mente exige formar otra historia que satisfaga más sus necesidades, aunque ya sea vano cualquier ejercicio para borrar los hechos.

 Para fortuna del producto, Martín Acosta entiende a la perfección la narración del autor, que se construye por  partes sin unión constante y las va poniendo sobre la mesa a un ritmo creciente y con tiento. Acosta encierra en una habitación  con muchas puertas a la soñadora y al sueño color rosa, intenso, rosa mexicano vaya. Es la misma tonalidad de la ensoñación la que indica que el viaje será encendido, cargado de emociones violentas y pasionales que se presentan ante el espectador con enigmas incomprensibles, los cuales al armarse en total develan una situación que deja caer la quijada en un silencio sepulcral.

 La puesta se antoja compleja e inteligente, resultando ambas al final. Empero, no hay insinuaciones pretenciosas para decirle al público que necesita una capacidad de análisis ejercitada para llevarle el paso a la acción, al contrario, el director cuida los balances para permitirle al respetable apreciar cada detalle y gozarlo. Enmarca los giros en la trama tensando más el arco dramático y libera tensiones con  solidez inmediata.

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 Un discurso que exige dejar de dar validez a los falsos iconos, notar la corrupción y confrontar la integridad tanto de la ética como de la moral, teniendo raciocinio sobre los grupos vulnerables, apoyando una formación crítica que forje individuos, no blancos de tiro.

 Precisamente lo anterior engloba la importancia de este montaje. Vivimos una actualidad tan violenta que se ha vuelto costumbre para cualquier nivel social. No es permisible tachar como usual un atropello humanitario. Así este título se suma a otras producciones tan exponenciales como Medea Material en pos de encender antorcha, al menos dentro de cada mente.

 Rodrigo Virago, Francisco Cardoso y la siempre genial Aída López acompañan a Gimena Gómez como la protagonista de esta historia. Un elenco homogéneo, dónde cada actor luce en el rango que se le delimita, permitiendo además que Gómez se alce con una interpretación precisa y enternecedora, tan emblemática sin duda para su carrera como su Dora en Feliz Nuevo Siglo Doktor Freud.

 No se puede ver solo una vez este montaje, es un producto que se tarda en digerir y necesita bastante atención. Hay  influencias de A Través De El Espejo, Mullholland Drive y hasta Dancer In The Dark, pero lo impactante, es la influencia de la contemporaneidad mexicana. Imperdible.

Manzanas para la discordia, o el escape

“La juventud quiere mejor ser estimulada que instruida.”

Goethe

Antes de comenzar a hablar sobre el montaje Manzanas, original de Richard Milward, adaptación de John Retallack y dirección de Alberto Lomnitz; que se presenta en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque, me permitiré introducir 3 materiales previos a esta obra que son base del análisis prosiguiente:

 En 1995, Larry Clark fue duramente criticado por mostrar un panorama crudo y desolador sobre la juventud. Ubicándose en Estados Unidos en medio de brote de contagios de VIH, a través de la cinta Kids, retrató un día  en la vida de un grupo de adolescentes neoyorkinos, una rutina que incluía vandalismo, consumo de sustancias nocivas, alcoholismo, sexo sin protección  y ausencia paternal. 

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 Para  2006, la dramaturga alemana Anja Hilling (Mi joven corazón idiota), marcó de nuevo la presencia destructora de las drogas en los jóvenes a través de la obra Estrellas (montada este año en nuestro país bajo la dirección de Hugo Arrevillaga), dónde cuatro jóvenes se disponen a entregarse a los efectos de las drogas denominadas estrellas, un marco agresivo de la pérdida de la inocencia.

 Como eslabón final, Klip, película serbia del 2012, dirigida por Maja Milós y recientemente distribuida en nuestro país, apunta la situación actual de la juventud expuesta a la tecnología, sexualidad pública, hedonismo y banalidad material. Todo a través de la mirada de una joven que documenta su fiestera, desvinculada familiar y sexualmente irresponsable vida, tras la lente de video en  su celular.

 Quise presentar primero esos tres materiales para sembrar la curiosidad y que así querido lector, usted se les acerque. Ahora bien, ¿Qué tienen que ver estos elementos con la obra de la cual hablaremos?, la respuesta es que todos hablan de la juventud en medio de una crisis existencial sujeta a las vías de escape falsas de cada época con detenimiento y efectividad. Las tres son crudas y retratan los aspectos desalentadores de las situaciones para gestar el mensaje de necesidad de cambio social, algo así pasa con Manzanas, bueno, casi.

 Dentro de la edad más compleja del ser humano: la adolescencia, Eva, Adán, Clara, Gabo, Debbie y Berna construyen un ideal de vida entregándose a la fiesta, la violencia, el sexo y las manzanas, un denominado para drogas. Suma a esta historia la condición de clase media alta de estos adolescentes. Dónde cada uno sufre por el amor verdadero, la toma de responsabilidades, la paternidad, la disfunción familiar.

 Lomnitz busca reflejar la búsqueda constante de los individuos jóvenes por encontrarse a sí mismos y satisfacer los deseos que sus mentes elaboran. Marca a las figuras adultas como síndicos a cada acto, más que como acompañantes. En resumidas cuentas: la versión de la historia de la vida, por parte del adolescente incomprendido.

 El problema aquí es que Manzanas se siente como algo ya visto. Una historia conocida pero contada con nuevos nombres y casuales elementos. Podríamos olvidar los clichés a partir de la primera parte en inmiscuirnos en la historia que se sirve cruda y fría, para después intensificar el drama. Sin embargo a partir de su segunda parte deja de existir una evolución en la dramaturgia. En vez de sentir empatía por los personajes uno siente repele y hasta gusta de sus infortunios.

 Esto último acaba con el discurso de la obra, convierte a la reflexión analítica en simple morbo y no cuaja. El ritmo es además otro jugador en contra al ser lento y repetitivo. Hay elementos que hacen llevadero el producto, como los cuadros de violencia bien coreografiados que atraen de nuevo la atención, pero la fuerza cae de nuevo y se diluye el texto.

 Por eso es difícil afrontar este tipo de temáticas sin caer en lugares comunes. Tanto que en vez de mostrar a las drogas como el método de escape fácil equivocado, se llega a justificar, sin querer, su uso. Será importante resaltar también que la adaptación no conecta con la audiencia. Sí, los jóvenes son iguales en todo el mundo, puesto que al fin humanos somos, pero no hay ningún conector a la sociedad mexicana, a sus problemas reales, sólo la insoportable y cruel destrucción.

 Al final uno se queda sin poder pensar en cuan pretensiosa ha sido la obra y lamenta su  insipiente esencia. Se disfrutan plenamente las actuaciones en general, resaltando a Sofía Espinosa, Fernanda Echevarría (genial en sus arcos dramáticos) y Armando Espitia; pero si no hay congruencia ni un hilo conductor firme todo falla.

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Cuando Dios usó el diván

“Dios: lo más evidente y lo más misterioso.”

J. B. Henri Lacordaire

El Teatro Helénico es garantía de calidad teatral, me da gusto confirmar este enunciado de nueva cuenta con el siguiente escrito acerca de la puesta en escena La última sesión de Freud, dueña del espacio de fin de semana del recinto principal. Habiendo anunciado el tema es justo adentrarnos en materia.

 Haciendo un ejercicio rápido de reflexión a la ley de causa y efecto, aplicada a nuestra cotidianidad, la existencia de los seres humanos, como de todo lo que podemos conocer, proviene en directo de una acción mayor, la cual la ciencia ha apodado desde nuestra infancia como el Big Bang, la partícula que explotó y se expandió formando todo a su paso.

 Podemos quedarnos hasta ahí, o jugar al pequeño inquisidor de primaria, frente a una confusa educadora ante la pregunta de ¿Quién puso esa partícula?, ¿Quién la creo?, ¿Por qué? y ¿Para qué?

 A partir de aquí, nos topamos con la pregunta central: ¿Dios existe? Para los grandes pensadores dicha inquisitiva es compleja de responder, hay palabras tanto a favor como en contra de una presencia divina superior.

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 Se le han dado mil nombres, y tiene demasiados argumentos en prueba y contraste, empero, al final es innegable que hay algo o alguien con un nivel más alto que el nuestro, probablemente diseñando nuestro camino de tal forma que no podemos comprender. ¿O no es así?

  La aparición de la interrogante tuvo a nutritiva forma el toparse con un rotundo no, por parte del padre del psicoanálisis, el propio Sigmund Freud, quien afirmaba que la creencia religiosa era simplemente una proyección de necesidades humanas.

 La palabra de Freud ha sido ley para muchos filósofos, además de objeto de contraste y debate. Sin duda uno de los más pronunciados fue el que Armand Nicholi propone en su libro “La Cuestión de Dios”. Dónde los argumentos de Freud hallan respuesta inversa con los del escritor católico C.S. Lewis (Las crónicas de Narnia).

 Mark St. Germain toma el escrito para desarrollar uno de los textos teatrales contemporáneos más poderosos y ricos, La última sesión de Freud, basado en el encuentro supuesto que Nicholi marca entre Freud y Lewis para argumentar el sistema de creencias de cada uno.

 C.S. Lewis era ateo, harto de los sermones forzosos de su infancia, golpeado por la experiencia de la Primera Guerra Mundial. Pero al pasar los años, dicha lejanía a Dios se vio terminada con un escritor visiblemente feliz de profesar su creencia en la religión. Al ser ateo usaba los argumentos del propio Freud para desmentir al Dios al que después afirmaría contrastando dichas posturas. ¿Puede un hombre recobrar así la fe, sin más ni más? Freud ha citado a Lewis para averiguar esto, en una disertación mezclada entre las señalizaciones duras y el humor inteligente.

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 El texto de St. Germain da honores a ambos autores, analiza a fondo los sistemas de creencias y adaptabilidad del ser humano teniendo como vía dos personajes con ideologías opuestas, pero con demasiadas áreas en común. Uno de ellos se aproxima a su final y luchará por ser fiel a sus ideales. El otro tratará de invalidar sus argumentos tan solo para cancelar los propios. Cada frase pronunciada despide inteligencia, sustancia, ritmo en una batalla campal entre la teología y el racionamiento científico.

 Bajo la dirección de José Caballero nos topamos de frente a una conceptualización exquisita en el escenario, a través de la escenografía e iluminación de Patricia Gutiérrez Arriaga, Freud y Lewis deliberarán dentro de la pirámide del Ego, Yo y Superyó, al tanto que  la mirada de una colección de deidades atestiguan el acto.

 El director nos permite identificarnos con ambos personajes, ser objetivos al tema, para después sacudirnos y adentrarnos completamente al encuentro con la necesidad de tomar una postura a favor o en contra desde el propio juicio analítico. Finos detalles bajo un ritmo que se cocina lento pero con trazos fuertes y un drama que va creciendo, topa un límite y crece de nuevo para alcanzar otro constantemente, generando una arcada dramática que reta tanto a sus actores como al espectador ante la fiereza del diálogo.

 El maestro Sergio Klainer da una absoluta cátedra de actuación, encarnando a una versión de Freud en la línea media del desprecio y la compasión. Absolutamente correcto en tono y forma, Klainer se dirige con una presencia que inunda el recinto y deja anonadado al público. La intención de cada línea de su personaje penetra como navaja directo al intelecto, pretendiendo activar la razón bajo un ataque disfrazado de comicidad autómata. Amén de la genial caracterización de Mario Zarazúa que acerca al actor a un parecido innegable al psicoanalista. 

 Por su parte, Dario T. Pié genera un apoyo constante a Klainer con una actuación justa y plausible que enmarca una apertura más al diapasón actoral del también comediante.

 Esta es  pues una de las propuestas actorales más completas de la temporada. Un montaje imperdible queabandona en cada asistente la confusa necesidad de llegar a casa para rezar un padre nuestro, mezclada con tener que encerrar el rosario en un cajón. No hay pretensión ni sentimentalismos inducidos hacia una desvalijada modernidad, solo se colocan las cartas sobre la mesa para jugarlas con tiento y prevención.

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Palabras breves: Sandarti se vuelve mago

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Si no han visto Wicked, ya no hay excusa alguna para  dejar de asistir al Teatro Telcel. Están ya en la recta final y para conmemorar dicho suceso arrancan un ciclo de actores invitados a este musical. El primero de ellos es, créanlo o no, Héctor Sandarti como El Maravilloso Mago De Oz.

¿Sandarti? Sí, el conductor estará los jueves en el papel que regularmente ejecuta Paco Morales. Sabemos que el también actor tiene un carisma innegable, lo cual lo ha colocado en el gusto del público desde su primer aparición en TV, conocemos además su capacidad histriónica (Orgasmos, Toc Toc), pero como cantante no tenemos registro alguno de él, al menos no en este país.

Y bien, siendo honestos el personaje del mago no requiere de una potencia vocal específica o un rango amplio, tan solo que pueda cantar pero que tenga una presencia poderosa a la par de un carácter dulce. Por lo cual debo decir que el señor Héctor Sandarti no hace un mal papel dentro de esta obra, es más, resulta agradable y bastante simpático.

Diferente a los magos que interpretan Paco Morales y Beto Castillo, comenzando por el tono de ingenuidad que envuelve su interpretación, esto último me pone en duda de si en verdad interpreta o tal vez es inseguridad denotada; sin embargo, el actor logra sacar adelante sus interpretaciones  y conectar tanto con el resto del ensamble como con el público que lo recibió con aplausos ensordecedores este pasado 25 de septiembre en su primer función.

La puesta sigue tan sólida como cuando inició su exitosa temporada hace ya casi un año. El despliegue de talento mezclado con un libreto y música impecables invitan al espectador noche tras noche a presenciar una calidad que hasta antes de esta puesta no se había visto en nuestro país. Ahí radica la importancia de asistir.

En conclusión, ver Wicked sigue siendo obligación para los amantes del teatro, más aún quienes idolatran los musicales. Héctor Sandarti no decepciona, es más, es una sorpresa agradable.

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Bienaventuradas las sombrillas, pues resguardarán al amor verdadero

¡Ay la cotidianidad de la vida!, al despertar nos topamos con diversas posturas ofuscadas a tratar de confrontar nuestra existencia golpe a golpe: un espejo, de frente a alguna prenda que ya no nos queda, dado el crecimiento de nuestra masa grasa corporal quizás y que ridículamente trata de abrirse paso entre la carne para verse fallida al final. Sumemos el descubrir una cana más en nuestro cabello, la ingrata se asoma a la vista de los ojos enmarcados en bolsas que más bien son del supermercado y cargan la despensa de un mes. Con desánimo nos damos cuenta de la ausencia de nuestra jovial actitud y caminamos a la puerta con decisión mezclado con desánimo, para afrontar un día más.

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 En víspera del año nuevo una lluvia torrencial cae sobre las calles de la ciudad. Un hombre espera en la esquina bajo un paraguas grande, una mujer baja apresurada de un taxi con una sombrilla pequeña solo para descubrir que ha olvidado sus pertenencias en el vehículo que se aleja. Él le ofrece intercambiar sombrillas, pero ella se niega, fría y violenta en su discurso. Al final accede, tras un rato ella lo acepta de acompañante a la cena familiar junto a su religiosa tía y su anoréxica hermana. Ella es Marissa, él es Sergio y tal vez realmente no estaban tan solos.

 La Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque presenta  una comedia deliciosa para reír de principio a fin sin dejar de reflexionar a cada momento. Santificarás las fiestas de  Conchi León, dirigida por Boris Schoemann aparece como una solución eficaz al divertimento, empero de una proposición de análisis a las relaciones humanas fuera del estereotipo familiar. Dentro del marco de una familia disfuncional la historia se desarrolla con detenimiento y agilidad.

 Para configurar la estructura de esta obra, la autora navega entre los efectos de la perdida para exprimir los tintes cómicos que pueda ofrecer. Marissa, su hermana Otilia y su Tía Felisa han perdido un año atrás a la madre de las muchachas, suicidio. El espíritu de su madre ronda la casa, toma asiento en la mesa, platica con la tía, pero aun así está ausente para sus hijas. Tres personajes que cargan problemas anímicos fuertes pero deciden esconder sus dolencias bajo una careta de autonomía que reacciona violenta al contacto. Tres tristes tigres tragaban trigo en el trigal, pero aquí solo observan el trigal y se guardan el hambre.

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 La tía aparece en la vida de las sobrinas para unir su soledad a la de ellas en espera de sentirse acompañada de un imaginario calor familiar, Marissa vive con la pesadez de ser ella misma refugiándose en la comida tras una decepción amorosa, Otilia busca sacar el miedo de su sistema sacándose la comida en el esfuerzo. Ninguna quiere caer en el fondo que llevó a la muerte a la desaparecida madre, pero al unirse se esfuerzan sin querer en empujarse mutuamente a tal extremo. De pronto un extraño propone admirar dicho cuadro en vez de reprocharlo, sacar sus virtudes y hasta aprender de ellas ¿Cuál desesperante o  encantador sería que alguien amara nuestros enormes defectos a primera impresión?

 León escribe en contra del convencionalismo, busca romper el esquema familiar y la rutina de las celebraciones decembrinas con un trago amargo que  posee un humor muy negro. No teme en brindarle a sus personajes rasgos delicados o un lenguaje soez, conoce muy bien la expresividad que esto proyectará y aprovecha cada palmo. Sirve una mesa con un banquete posiblemente suculento, del cual nadie come o bebe porque no hay sentido en el acto, el mismo es obsoleto, el festín es precario y perverso desde la mira objetiva pues la reunión ha dejado de tener un valor. Convoca a la carcajada plena pero con la reflexión de por medio.

 La dirección de Boris Schoemann aparece para complementar el pensamiento, situando a estos seres entre el sentimentalismo y un recoveco de soledad. Schoemann comprende las necesidades del diálogo agresivo e instala un tono de tal calibre en una familia que debiera ser cariñosa, pero no puede fingir o celebrar una partida. A pesar de esto se les propone afrontar la tormenta debajo de un paraguas, para poder avanzar bajo el agua, unidos, protegidos. No propone víctimas ni victimarios, sino la esperanza a sobrevivir.

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 Para despedir al año viejo  y tratar de comenzar una vez más, Schoemann convoca a la propia Conchi a darle vida al papel principal, exquisita en su interpretación, siendo dura y frágil al mismo tiempo logra cautivar y ser entrañable. Paloma Woolrich se torna en un elemento de fuga para la tensión ser la tía católica, entre ocurrencias y momentos de total debilidad la actriz se entiende altamente necesaria.

 Mariana Hartasánchez como la nefasta hermana provoca sentir compasión, enojo y frustración por dicho personaje, es esa persona tóxica con la cual no puedes vivir pero tampoco puedes dejar de vivir sin. Finalmente Alfonso Cárcamo aparece como Sergio, el nuevo “novio” de Marissa, y audiencia del embrollo familiar, siendo genial con sus intenciones y tonos. Este elenco se siente sólido, con una química eminente. La transformación de todos en la familia que recibe a un extraño o el extraño que experimenta la sensación e una familia es grata, genial y altamente disfrutable.

 No cualquier elenco puede sentarse a agredirse verbalmente y hacer reír al público sin hacerlo sentir incómodo o ajeno a los sentimientos que portan las palabras; Al contrario, tocan al espectador y transmiten la intención del título mismo en valorar una celebración por el concepto mismo o por la simple valía que lleva escuchar y apreciar la existencia de alguien más sentado a la mesa, sea o no de forma física. Santificarás las fiestas es inteligente, sensible y bella.

 No es malo permitirse experimentar una compañía que nos enseñe a valorarnos, lo malo sería no permitírselo. Así como no llenar la Villaurrutia con esta imperdible puesta.

Sobrevivir, ahí está el coraje

“PA’ QUEJAS ESTAMOS BUENOS, PERO PARA ACCIONES NO TANTO”

Si nos adentramos a indagar acerca del pasado bélico de la humanidad a través de los años llegaremos al panorama árido y desolador de la Guerra de los 30 años acaecida en Europa de 1618 a 1648. El detonante sería le religión y du división de partidarios” a la reforma y la contrarreforma Romano Germánica, pero las potencias rivales llevaron el conflicto a un nivel tal que determinó gran parte de la división y situación actual de la unión Europea. Una cruenta batalla que cobró el 30% de la población tan solo en Alemania.

 Es necesario conocer la guerra para poder hablar fluidamente de ella. Bertolt Bretch, un dramaturgo Alemán cuyo impacto en el teatro de los siglos XX Y XXI es imprescindible, fue médico durante la Primera Guerra Mundial y perdió a su hijo en la Segunda. Partidario convencido de los ideales comunistas con Marx como guía primario, Bretch vivió el exilio Nacionalista, tomó su experiencia para analizar  los orígenes y las intervenciones al conflicto bélico que lo había separado de su primogénito y plasmó su crítica en uno de los textos político-históricos más importantes del teatro moderno: Madre Coraje y sus hijos.

 “CUANDO EL OFICIAL ES BUENO NO SE NECESITA DE VALIENTES”

 El autor presenta a una astuta vendedora ambulante que lleva su carreta junto a sus tres hijos a través de la guerra, sorteando las diferencias ideológicas y sacando partido de las necesidades que dejan los enfrentamientos pero el precio que debe pagar solo es equiparable a lo que para ella tiene valor ponderante a su viejo carromato, sus hijos. 

 Tras la intrépida y excelente dirección de Iona Weissberg y Aline De La Cruz, Teatro UNAM ofrece una visión diferente de la obra de Bretch en el Teatro Juan Ruiz De Alarcón. Convertida en un musical, Madre Coraje y sus hijos es adaptada a la época de la Revolución Mexicana. Allí, Ana María de los miedos arrastra su carreta atravesando el conflicto desde el golpe contra Porfirio Díaz al movimiento zapatista.

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 Una de  las características de la obra de Bretch es incendiar en el público el razonamiento con la información ofrecida, motivarlo a sacar sus propias conclusiones, denotando la posición de los hombres como simples elementos en uso sin fin o valor para quienes crean la guerra a través de esta pieza. Las directoras encuentran la oportunidad de relacionar  esta información bajo la pregunta clara: ¿Han servido para algo las guerras?, específicamente ¿La Revolución Mexicana?, ¿Algo cambió, se mejoraron las cosas? Y si la respuesta es sí ¿Por qué entonces seguimos en conflicto?

 No hay posturas políticas, Madre Coraje es la solución pobre pero eficaz a las necesidades de los revolucionarios, a quienes quieren respuestas. Demuestra condiciones de la actualidad y siempre que simplemente son escalofriantes, dónde el poder calla al intelecto y sobrevivir es una esperanza no implícita para ejercer un oficio como el periodismo. La fraternidad que Francia promovía con su respectivo acto revolucionario no es más que una utopía. El tiempo es inclemente y exige empeñar el alma, unirse a la corrupción, agachar la mirada, entonces un número musical se alza glorioso y declama “Cómo si al estar callado la verdad no nos dañara”.

“AQUELLOS QUE INICIAN LAS GUERRAS SON LOS QUE CONVIERTEN EN BESTIAS A LOS HOMBRES”

 Bajo una adaptación sublime no solo se ejecuta una traspolación correcta entre localidades, sino que hacen acto de presencia la picardía mexicana y los guiños a la actualidad para poder comunicar el discurso de la puesta de manera efectiva y convincente. Entre broma y broma las líneas duras penetran como puñales abriendo la tensión en el público y mostrando un espejo social palpable.

 La guerra es un negocio que no fallece, va a volver y la paz es una palabra más del diccionario. Los problemas reales de la sociedad como la pobreza, el analfabetismo, la venta del patrimonio se cocinan en un segundo plano despreciando a la falsa cultura al tiempo que se cosecha la desesperanza.

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 Pero lo plausible de esta obra va más allá del discurso político o de identidad social. Conocemos a una figura materna que podría ser cualquier madre mexicana, una mujer luchona que no le importa ser dura con sus decisiones para ver por el bienestar de su familia. Madre Coraje ha visto el funesto futuro de sus hijos, pero llegará entera hasta el final para afrontar la guerra y vivir de ella, aun cuando conservar a sus hijos ajenos al panorama resulte más que incongruente.

 Sin duda este es el musical del año para nuestro país. Corridos creados del texto original con uno que otro adorno musical moderno llevan el hilo conductor de la historia, bajo la batuta de Mario Santos las canciones entran con precisión y aprovechamiento, son pegajosas, nutren e invitan a unirse en unísono a la protesta expuesta. Tal como deben hacer las intervenciones musicales en el teatro musical estos pasajes aparecen cuando el discurso simplemente dicho no basta para externar los sentimientos, las reglas se cumplen y se siente en el público, de ahí la buena recepción.

 En los niveles de escenografía e iluminación, la obra se antoja exquisita y así se sirve a la mesa. Sergio Villegas diseña un aparato escenográfico entre un giratorio, la carreta multiusos, telares con bellísimas estampas mexicanas sujetas a transparencias que permitan una isóptica favorable y más elementos que con limpieza y simpleza llenan cada cuadro sin opacar a los actores o ponderar. Es un organismo de acompañamiento (como debe ser) orgánico que se funde en total complicidad a la iluminación de Xóchitl González, quien sabe que es lo que hay que ver en escena y lo señala, desarrollando transiciones y climas  bastante buenos.

 El vestuario de Emilio Rebollar no se queda atrás, mezcla identidad revolucionaria con toques actuales permitiendo aún más unificación entre trama y contexto.

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Fotografía: Daniel González

 Para presentar la puesta, el telón anuncia “La excelente obra de Madre Coraje y sus hijos de Bertolt Bretch, una revista de la supuesta revolución”, así un presentador con toques de stand up (algo raramente bien realizado en nuestro país) a cargo de un genial Artús Chávez nos conduce escena a escena. Alejandra Ley como Madre Coraje alcanza la plenitud y consagración en su carrera actoral, encarna con seguridad y empatía las necesidades cómicas y dramáticas en un timing y tonos perfectos. Es sensible, auténtica y franca con su admirable trabajo que ejecuta con fuerza y dinamismo sobresalientes.

 Acompañando a los actores hay correctas actuaciones de un gran elenco: Rodrigo Murray (si bien no posee una voz privilegiada al canto se defiende y complementa con su actuación), Alondra Hidalgo (quien sin decir una palabra es capaz de conquistar a la audiencia), Emmanuel Cortés, Alberto Carlos López, Eugenio Bartilotti, Lorena Martínez (con una genial interpretación de una socialité francesa que evoca y tiene bases indiscutibles en Betty BO5, famoso personaje de la también actriz Alejandra Bogue), Omar Saavedra, Joana Camacho y Larisa Urbina (A esta última destacaré por ser el miembro del ensamble con mayor aptitud vocal y por robar cuadro aliviando tensión en un homenaje al famoso grito telenovelero de ¡Maldita lisiada!).

 No cabe duda que cuando se tiene claro el panorama desde la dirección y se congrega a un equipo creativo que comprende las necesidades y se identifica se generan trabajos maravillosos como este. No hay una sola acción dramatúrgica de Juan Alberto AlejosOmar Mattar que no se adecúe al público y no se reciba con agrado. Una obra que merece seguir mucho tiempo en cartelera, cambiar de teatros si es necesario. Madre Coraje es contestataria, deber de todos es escucharla.

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Cual arsénico caramelizado

La lejanía que  separa al 2006 del presente 2014 es aterradora, no sólo porque el proceso natural del envejecimiento va cobrando sus achaques, sino porque las expresiones artísticas de entonces  demandaban  un plan de acción social en contra de muchos  actos deshumanizadores e infames, por ejemplo el abuso infantil, que a la fecha continúa siendo un punto en la mira del combate social.

 Por supuesto que el abuso infantil (o el abuso en general) no es algo propio de 2006, lamentablemente acarrea su detestable práctica desde los tiempos más remotos en los que la humanidad haya dado indicios de perversidad y degeneración. Sin embargo, fue en dicho año cuando una cinta estadounidense plasmo un discurso acerca de la acción vengativa y preventiva al crimen en cuestión como salida ante la falta de respuesta de las autoridades. David Slade mostró Hard Candy.

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 La cinta presenta a Haley, una alegre adolescente que pacta una cita con un hombre de edad mucho mayor a la suya llamado Jeff, al cual ha conocido en una sala de chat por internet. Tras el esperado encuentro en un café, ella le pide al susodicho que es fotógrafo de profesión la lleve a su casa para poder escuchar música y pasar un rato conociéndose. Tras aceptar la propuesta, Jeff introduce a su hogar a una jovencita que no es tan frágil como aparenta. Haley conocía (o no) a Donna Mauer, una adolescente desaparecida presuntamente violada y asesinada, sabe que Jeff tiene algo que ver con dicho suceso y no está dispuesta a permitir que lo siga ocultando, así tenga que llegar a las últimas consecuencias para esclarecer el panorama.

 El argumento de la aclamada y cruda cinta, a cargo de Brian Nelson, fue adaptado a nuestro país en 2013 por Luis Mario Moncada para ser llevado a la escena teatral bajo la dirección de Anilú Pardo y Mario Mandujano. Con una temporada destinada al Teatro Helénico, a protagonizarse por Tessa Ia (Después de Lucía) y Arap Bethke. Un año después, esta adaptación vuelve al Foro Shakespeare con el mismo equipo creativo pero con un cambió de protagonistas, ahora Begoña Narváez da vida a Haley y Rodrigo Cachero a Jeff.

 La visión de Nelson acerca de la pedofilia encuentra una salida  bastante impactante en formato y contenido. Para una sociedad que aunque afronta el problema no ejerce la fuerza suficiente, dejando abierta la carta a los plagios virtuales, allí aparece una vengadora de corta edad con la convicción firme de ejecutar la justicia por su propia cuenta si esta no cae por su propio peso.

 Haley es la pared que topa a los siniestros perpetradores para exigirles un choque directo que destruya su capacidad de avance, pero para esta estrategia las tácticas son un tanto igual de perversas que las redes de atracción que los pederastas tienden a sus víctimas, entonces entramos al dilema de si presenciamos como espectadores un acto de justicia equivalente a “una sopa de su propio chocolate” o bien un castigo lo suficientemente obscuro para atacar al cuerpo a través de la mente.

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 Hard Candy evoluciona en su estructura para darle un giro totalmente dramático al personaje principal, transformar precisamente un caramelo a una bola plomada con púas y tragar así, sin más preámbulo o aspiración más que contener el aliento, dejar que vaya resbalando por la garganta. Moncada rescata la esencia del texto original y hace énfasis en los guiños que indiquen un giro de tuerca grave, es fiel al cien por ciento y solidifica los diálogos para no dejar ir la tensión creciente.

 Pardo y Mandujano proponen respetar en casi total integridad la visión que Slade apunta en la versión fílmica, sin embargo no significa que den una copia fiel; Empero, en este lado de la mesa podemos encontrar una cercanía ligeramente menos violenta a nivel de imagen viva, cargando el elemento a cuadro en los tonos actorales apuntados y la correcta lectura del texto.

 Los actores convocados son sin duda el punto de partida inicial para tomar esta reposición como un ejemplo perfecto de ver la misma obra pero dejando dos sabores distintos. Cuando el elenco original, sin duda la tensión se podía cortar con un cuchillo en el aire, la necesidad de venganza se olía, a lo que este elenco responde con similares: desesperación y desesperanza.

 Begoña Narváez es sin duda una grata sorpresa, la actriz logra diferenciarse totalmente a sus predecesoras para construir una Haley que lejos de dar un giro de 360 grados y quitarse una máscara de niña buena, declara sus acciones extremas como parte de su identidad única. Narváez no da un salto de víctima a depredador, sino que es totalmente esta última pero con matices que se acumulan de una sonrisa coqueta a tortura con un tono de voz alegre. ¿Pudiera criticarse tal vez que no está haciendo lo mismo que Tessa Ia o Ellen Page? No, puesto que apuesta por una versión casi cristalina.

 Esta bocanada de aire fresco que los directores logran con su protagonista los orilla a dar otro enfoque al rol masculino, dando como resultado que Rodrigo Cachero aparezca con un personaje por el cual es difícil sentir compasión, pero indudablemente genera empatía en su sufrimiento. El juego actoral dispuesto confronta a la audiencia al razonamiento de cuál válidas podrían ser las resoluciones que estamos viendo a través de la ficción si se aplicaran a la realidad ¿Podríamos llegar a sentir la más mínima compasión ante un pederasta?

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 Pese a que la fuerza del producto sigue siendo eficaz, hay un detalle que señala una situación de riesgo: el foro. La escenografía e iluminación de Jesús Hernández establecen un juego de perspectivas, puntos de fuga y planos que son bastante efectivos y atrayentes. El video hace presencia justificable y bien ejecutada. Prevalecen el rojo y el blanco con  un balance adecuado, pero los elementos ya mencionados que hacen aún más interesante la propuesta chocan al ubicar el aparato escenográfico en una distancia mínima al espectador, pierde profundidad de campo, con ello muchas sensaciones que dejan de ser perceptibles.

 Mi segundo pero va al rediseño de la imagen gráfica de la obra ya que este nuevo arte resta frialdad necesaria al personaje de Haley, incluso da un sentido de calidez mayor. Pero vamos, este factor no afecta al producto, bueno tal vez a la atracción de audiencias.

 No, no es una obra fácil de digerir y ahí va uno de los principales ganchos para asistir. La crítica social flota y permanece, acercarse con esta intervención es sinónimo de querer tomarla y ser afectado contemplando los riesgos y necesidades. Altamente recomendable.

La línea de la autoevaluación

“El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía.”

Anais Nin

¿Se acuerdan cuando los servicios de Hot Line eran lo que estaba en boga? ¿Alguno fue partícipe de la experiencia? Si la respuesta a ambas interrogantes es no, descuide, la puesta en escena a dialogar a continuación les refrescará la memoria y presentarán el concepto. Laíla de Renato Guillén llega al Foro Shakespeare a presentarnos a una mujer con un peculiar segundo empleo, uno vespertino que no interfiere con su jornada laboral de 8 horas, una contestadora en una línea erótica.

 Eulalia (Laíla para los cuates) es una oficinista de 32 años, con una carrera trunca y un montón de esperanzas que chocan con la realidad. Este personaje llega ante el espectador tras un arduo día de trabajo, dispuesta a  atender a todo cliente que pase por la bocina de su teléfono y escapar de la rutina, o de las quisquillosas llamadas de su madre, para ahondar en su soledad y en  la de los otros.

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 A lo largo de toda la obra, escucharemos el confesionario clasemediero de Laíla en busca de satisfacer a las personas detrás de la línea, ya sea con perversiones o tan solo momentos de contacto y entendimiento. La puesta se construye como un pretexto para, además de analizar la condición femenina ante la sexualidad, poder entender el significado del gregarismo entre humanos.

 Nuestro personaje será pintora frustrada, consciente de sus vanos esfuerzos por aprender se sus errores y erigirse fuerte sobre ellos entendiendo una posición de poder y mando, lo cual la lleva a dilucidar entre la realidad  en la que habita y que exige pagar las cuentas, sobre el imaginario colectivo al que da vida atendiendo a seres solitarios que desesperadamente tratan de hallar a alguien que entienda.

 Las personas que la contactan tienen miedo de sentirse rechazados, de no ser comprendidos, es ahí donde una mujer común y corriente, pero con una labor fuera de lo común además de ajena a los preceptos de la retorcida moralidad, se propone no juzgar a nadie, hilando las ideas que le arrojan mediante las reglas de acción y reacción del Hot Line interpuesto o más bien de las relacione humanas como tal.

 Saldré un momento del plano objetivo, para poder expresar entonces que  esta puesta me encantó. Me divertí mucho como espectador  teniendo una premisa previa muy vaga, me pareció ligera e incluso tuvo un buen efecto en sus aspectos sentimentales sobre mí. Volvamos a la visión crítica: El proyecto aunque aparentemente sencillo es muy ambicioso y desgraciadamente no logra consagrarse.

 Adriana Burgos es la actriz encargada de dar vida a LaÍla, si bien asimila el personaje  en general no logra desdoblarse en todas las caras que el propio texto le va pidiendo de una manera efectiva. Precisamente al atender una línea erótica los clientes cambian radicalmente de necesidades y aunque la actriz hace un gran esfuerzo por proyectar estas personalidades se queda pasiva ante la réplica en varios momentos, lo cual le va restando ritmo al total, dejándola pequeña ante un posible tour de force implícito.

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 Sumemos una falta considerable de timing en la primera parte, sostenida entre la actriz y el audio. El público escucha todas las llamadas que le hacen al personaje viendo la respuesta del mismo a las demandas, pero el desequilibrio en la interacción entorpece en momentos el diálogo, entonces se siente como si en vez de una línea directa escuchásemos el audio del enlace internacional de un noticiario.

 El audio mismo es el eje central, incluso a nivel escenográfico Laíla está confesándose sobre un diván (de calidad cuestionable) en medio  de la voz de su autoanálisis mediante cuadros que representan el espectro de sonido. Empero, la calidad del mismo es bastante pobre, los desniveles de acústica de cada “llamada” realizada por los clientes sobresalen problemas de popeo y estática. En otro aspecto los actores invitados a ser los clientes no están del todo correctos en los tonos necesarios para cada uno, hasta el punto que en verdad  algunos suenan más a una broma telefónica que a erotismo auditivo.

 Omar Quintanar dirige este desfile de personalidades que van permitiéndole al personaje encontrarse consigo misma en el momento que está para hacer el dolor a un lado recordando que pese a lo adverso está viva y cual canción ochentera “siempre vendrán tiempos mejores”. El mensaje es  entendible, honesto,  incluso hay una propuesta interesante al llevar la percepción del oído a la vista con un juego interpretativo en la iluminación, que queda a condición de su aprovechamiento en las áreas desfavorecidas antes descritas para ser más orgánico.

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 Pero en este caso no me perturba tanto pensar en que la obra sea de mediana calidad en su ejecución, pues tiene apuntes hacia una apertura de cambio y corrección que la encarrile más, permitiendo un desarrollo integral que controle entre otras cosas el espacio la intención, la intensidad, los estados o simplemente permitir desde la dirección el soporte de elementos que le den mayor soporte a la historia y a la construcción del personaje mismo. Hace tiempo que no me gustaba algo que no estuviera  necesariamente bien hecho, para ser honestos extrañaba la situación.

 Laíla quiere terminar el cuadro de su propia pintura, que la composición sea ideal y perfecta para ella misma. Está en proceso.

SOMBRA AQUÍ, SOMBRA ALLÁ. U HONOR A QUIEN MERECE.

Ya sé queridos lectores, apenas en mayo pasado les hablé de la puesta en escena para México de Hoy No Me Puedo Levantar, si por algún motivo del destino no la leyeron hagan clic aquí pues les ayudará más a entender este texto. Pero toco el tema de nueva cuenta porque hay nuevas cartas que en verdad necesito poner sobre la mesa, así que breves y concisos, ¡a darle!

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 Como comenté en su momento, para mí el único gran detalle de la obra era la participación de María León en el personaje de Ana, comenté mis porqués y varios fans me apedrearon por dar mi crítica sobre dicha interpretación. Pues bien, tuve el placer de asistir a la presentación de la cantante ahora en el personaje principal, María. Señoras y señores: María León está finalmente en el papel que debía llevar desde un inicio. 

 María es el papel que da sentido y guía a la feminidad de la trama, una mujer entregada al amor y que ha sufrido mucho por él. En su resguardo están temas de suma importancia como “Lía”, “El 7 De Septiembre” e “Hijo De La Luna”, a los cuales León impregna de su característico sello vocal lleno de adornos breves con franqueza, ritmo, energía y fuerza.

 Resaltaré en especial la ligereza y limpieza de las líneas que emplea en sus coreografías. Sin duda una bailarina nata con un talento enorme. En el rango actoral finalmente se siente en confianza, fresca y empática al personaje, con los tonos correctos, tiempo y astucia. Sin querer se roba el foco y los aplausos del público al delimitar cuadros bien ejecutados, además de lograr la transmisión de emociones acertada a la audiencia con cada escena.

 En verdad me emociona poder escribir esto acerca de una persona que denota perseverancia, carisma, sencillez y talento desde la posición que ocupa en el escenario. Me da mucho gusto como simple espectador el poder asistir de nueva cuenta y ver que las cosas han caído ya donde deben estar y que los dones que cada miembro del elenco tiene son aprovechados.

 Pero no solo León me sorprendió querido lector, oh no. Carmen Sarahí esta vez como Ana, simplemente deja con la boca abierta. Ella es una actriz fantástica y con una voz poderosa, basta recordar que es la de la Reina Elsa en Frozen (ya saben: “Libre soy”)  para asegurarles que el trabajo que desempeña tiene una sensibilidad auténtica, vive la desesperación, la tristeza y la melancolía de Ana en cada nota a manera tal que uno podría desmoronarse en lágrimas tras escucharle interpretar “El Fallo Positivo”.

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 Otra sorpresa: Regina Blandón como Patricia, no sé de dónde saca tanto dinamismo y chispa esta actriz, pero es apabullante y llena el foro con su simple presencia. Sigo destacando con Jorge Anzaldo, Omar Hernández y Diosnini Hondares como Las Pepas, estos actores brillan y arrancan carcajadas cada que aparecen con los simpáticos personajes travestis, ejecutan las coreografías con maestría, naturalidad y agilidad.

 Solo me quedó un pero al final y se llama Diego Amozurrutia y es que el actor se queda bastante corto al interpretar a Colate. Actoralmente, la degradación a causa de las drogas y el VIH que exige el rol no se da orgánicamente, es más bien un salto notorio  por el maquillaje. Vocalmente se esfuerza pero a veces por la colocación, otras por la respiración y otras por la dicción, las canciones que ejecuta no alcanzan a conectar tanto y eso le resta el peso de debe imponer al total.

 No diré más que no haya dicho en mi texto anterior, simplemente me era necesario darle la relevancia que merecen estas intervenciones en la obra y destacar de nueva cuenta que Hoy No Me Puedo Levantar es y seguirá siendo de las mejores opciones que la cartelera teatral – musical específicamente- ofrece hoy por hoy.

Review: Más Negro Que La Noche, y otros ataques a Taboada

Carlos Enrique Taboada
Carlos Enrique Taboada

 Si algo puede resultar indignante es cuando alguien toma una idea original para trabajarla hasta desacreditarla. En el cine este fenómeno ha pasado con grandes títulos como Psicosis (Psycho, 1960), se antoja increíble que alguien haya decidido rehacer un clásico, ese alguien fue Gus Van Sant con una horrenda modernización de una obra maestra de Hitchcock.

 Pero bien dice el dicho, “lo que no has de querer en tu casa lo has de tener”, mientras nos quejemos amargamente de que rehicieron Carrie (Carrie, 1976), Halloween (Halloween, 1978) y otras cintas icónicas de la cultura del cine de terror, en nuestro país dichos atentados han sido también perpetrados.

 Carlos Enrique Taboada fue y seguirá siendo pilar del cine de terror mexicano, los grandes títulos que realizó. Hasta El Viento Tiene Miedo (1968), El Libro De Piedra (1969), Más Negro que La Noche (1975) y Veneno Para Las Hadas (1984), dejaron una escuela para lograr una cinta verdaderamente aterradora con una estructura sencilla y una historia atrapante. Lamentablemente hay alumnos que prefieren copiar al maestro en vez de realizar propias ideas.

 Primero, Gustavo Moheno se adentró con el remake de Hasta El Viento Tiene Miedo (2007) con Martha Higareda como protagonista. Destruyó la historia original del fantasma que rondaba a un grupo de señoritas confinadas en castigo veraniego dentro de un exclusivo colegio femenino, a un fantasma que ronda en una clínica para mujeres jóvenes que sufren desórdenes alimenticios y psicológicos.

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 La ridícula, e insertada con calzador, lectura lésbica que alteraba la trama para desesperadamente “modernizarla” fue quizás el infortunio más recordado y la primer puñalada a Taboada, con malas actuaciones juveniles y una Verónica Langer que pese a ser una maravillosa actriz, no llegaba ni a los talones a la  actuación original de Marga López como la desalmada directora Bernarnda.

 Luego, Julio César Estrada se atrevió a profanar la obra del cineasta de nuevo, esta vez con El Libro De Piedra (2009), protagonizada por Plutarco Haza, Ludwika Paleta y Evangelina Sosa, en los roles originales de Joaquín Cordero, Norma Lazareno y Marga López. No solo esta versión fue aún peor actuada que el  remake de Hasta El Viento Tiene Miedo, sino que sufría de una clara falta de visión en la dirección. Segunda puñalada.

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 La insípida musicalización, el patético ejercicio de maquillaje o la incoherencia de las secuencias son solo antesala al verdadero grano que inclina la balanza: es la intragable  Mariana Beyer siendo una pésima actriz infantil que buscaba emular a la fantástica (y ahora retirada) Lucy Buj en el papel de Silvia, la hija pequeña de un acaudalado hombre que se acaba de mudar  con su padre y madrastra a una hacienda y queda bajo la tutela de una institutriz, la cual será testigo de una extraña y obsesiva amistad que comienza entre la niña y Hugo, la estatua de un niño leyendo un libro que está en uno de los jardines.

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 Cómo al director probablemente el personaje de la institutriz (Marga López originalmente) le adjudicaba poca sustancia, decidió sumarle una hija muerta a su pasado. ¿El resultado? Evangelina Sosa dando la actuación más falsa de su vida y probablemente la que oculta en su currículum. Además de que no le creemos el dolor de la pérdida de su hija, es más buena que Andrea Legarreta como  la maestra Lupita de ¡Vivan Los Niños!

 Pero bueno, dicen que la tercera es la vencida, y toca el turno a una nueva versión de Más Negro Que La Noche, ahora dirigida por Henry Bedwell. Y sorpresivamente el rumbo cambia, por fin una cinta inspirada en un clásico con un verdadero ejercicio de producción. Pero el que el diseño de producción sea espectacular no asegura un resultado de la misma calidad.

 En la historia original, Ofelia (Claudia Islas) ha llegado  de un viaje de negocios  y le han  notificado que su tía  Susana (a quién no veía desde su infancia) ha muerto, heredándole su casona por ser la pariente más cercana, todo con la única condición de que cuide de su amado gato Becker. Ofelia se muda con ayuda de su novio al lugar con sus amigas, Aurora (Susana Dosamantes) una bibliotecaria, Pilar (Helena Rojo) divorciada y vive de la pensión que su ex le da, pero en el fondo lo sigue frecuentando y Marta (Lucía Méndez) prima de Aurora y modelo. La casa incluye a Sofía (Alicia Palacios), la ama de llaves de la difunta tía, quien tras la muerte accidental del gato advierte que muchas cosas estarán por venir.

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 Esta sencilla historia, que consistía en un alma en pena por la muerte del único ser al que amaba en vida, se ve sumamente dañada en esta nueva adaptación. De entrada ahora es la tía Ofelia quien deja la casa a su sobrina Greta (Zuria Vega), quién vivió un corto tiempo de su infancia con ella tras el accidente en que murieron sus padres y hermana. Con Greta viven sus amigas María (Adriana Louvier), Pilar (Eréndira Ibarra) y Vicky (Ona Casamiquela), además de que es novia del hermano de Pilar, interpretado por José María Torre.

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 Continuando las modificaciones, SPOILER,  la tía Ofelia aparentemente se amargó porque su esposo le fue infiel el día de su boda y cual capítulo de Mujeres Asesinas lo mató tiempo después junto a la liviana que lo secundó. Este será el gran secreto de la historia. Sumamos que la casona se convierte en una enorme mansión cuasi victoriana y sumamente tétrica, resguardada por la gran Margarita Sanz como Evangelina, ama de llaves.

 La película es un ejercicio muy complejo, por un lado es totalmente infiel a Taboada y ofensiva: no solo sale de la esencia simple del director, dónde el miedo auténtico era la causa de la muerte de las protagonistas, sino que se empeña en hilar mil subtemas que nunca cierran y se quedan en el aire entorpeciendo el ritmo.

 Ninguno de los personajes crece ni conocemos algo de sus historias. De Greta la protagonista nunca alcanzamos a saber casi nada de su vida, o por qué se le aparece su hermana ni porque la difunta mencionada usaba vestidos que no eran nada de su época a juzgar por la edad.

Luego el personaje de Eréndira Ibarra, rebelde, irreverente y aparentemente una nini que vive a expensas de su amiga pero como toda buena hipster usa el catálogo entero de H&M  y adopta un estilo Mónica Naranjo con un cabello bicolor. Sumamos que tiene mil tatuajes que pretende explicar y nunca hace. Ah y para completar el cuadro: es lesbiana. ¿Por qué Eréndira Ibarra siempre  hace estos personajes?

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 Adriana Louvier es quizás tras Zuria Vega la única con una actuación natural, por puro insight inquirimos que es escritora y pues el gato de la mansión mata a su hurón, ella le guarda rencor y tras la muerte del asesino comienza a enloquecer. Luego Ona Casamiquela en el papel que nadie entiende qué hace en la cinta, de entrada es Española y ya. No hace nada más que besuquearse con todos, drogarse, quejarse, comer y decirle a su novio (Miguel Rodarte) que las otras no son sus amigas. Ok entonces ¿Qué demonios hace en esa casa? ¿Qué hace para vivir? ¿Cuál es su propósito como personaje? ¿Por qué todas viven bajo el mismo techo?

 La cinta tiene uno de los diálogos más absurdos del cine mexicano, un ejemplo:

“Greta: (sorprendida) ¡Evangelina, estás aquí!

Evangelina: Sí, aquí estoy”

 Henry Bedwell busca copiar un modelo norteamericano con objetos que se mueven, fuerza sobrenatural, un cuadro viviente, estruendo como vía para romper tensión, etc., etc. No permite a ningún personaje, bueno ni al gato, llevar una línea auténtica. Nada pasa, solo un collage de escenas en modo aleatorio con una dirección de arte exquisita entre ellas. Uno termina por confundirse, la promesa de asustar se cumple en contadas 2 veces, y una de ellas por acción del gore innecesario y moralino en su empleo. Ah y el 3D, claro, nunca se había visto en el país, pero no es nada sorprendente, ni algo que llegue a aprovecharse.

 En resumen: esta barbarie oligofrénica  desvirtúa nuevamente a Taboada por su origen. Los únicos motivos para verla serían la actuación de Margarita Sanz, la dirección de arte y la banda sonora. SI has visto la versión original odiarás esta, pero llorarás de risa ante el absurdo, específicamente en la escena post créditos dónde el gato ataca a Miguel Rodarte, con un combate tan torpe digno de la épica pelea de Anna Faris y el gato negro en Scary Movie 2.

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 Al final un arma de doble filo, pues deja entrever elementos para generar un filme original. Directores y productores: basta del remake, KM 31 es el ejemplo de que querer hacer algo nuevo y con ganas genera éxito, atrévanse y háganlo.  ¡Sean originales!, dejen a Taboada descansar en paz. Ya lo intentaron 3 veces y no lo superaron ¿Qué esperan? ¿Hacer Veneno para las hadas en 2016? Sean honestos, ninguna niña actriz superaría a Ana Patricia Rojo y a Elsa María Gutiérrez, es tiempo de reconsiderar y dejar a los clásicos como lo que son.

Los bomberos que incineraban cultura

De nueva cuenta me permití abrirme paso entre las butacas del siempre bello Teatro La Capilla, en esta ocasión para presenciar algo de teatro infantil (después del buen sabor que me dejó Asimov, ya andamos más asequibles para dicho género) en esta ocasión  para El Increíble Caso De Los Hombres Libro que llega con la compañía La Edad Del Loro Teatro. Dicho sea de paso amo su original nombre.

 En un futuro frío y desolado la lectura es considerada un acto de sublevación. El televisor es la única vía de entretenimiento y aprendizaje, la razón ha sucumbido ante la enajenación digital. Los bomberos ya no apagan incendios, sino que los provocan y además son encargados de incinerar todos los libros existentes y capturar a sus lectores mientras ven arder el conocimiento. En medio del caos, Montag (un bombero) conoce a Clarisa, una niña que le cuestiona si en realidad está de acuerdo con su trabajo, tras regalarle un libro en secreto la aventura comienza.

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 En algún lugar, los hombres libro han memorizado las líneas de muchos escritos, uno por cada ser. Están destinados a compartir su saber de forma oral, ocultándose entre los bosques, incitando, preservándose. Sabiéndose salvadores.

 Esta historia es una adaptación de un fantástico libro titulado Fahrenheit 451, escrito por Ray Bradbury, la esencia del escrito original permanece en la puesta en escena, depurando aquellos elementos que podrían tornarla más oscura para el entendimiento infantil. La novela de Bradbury fue aclamada y criticada en su momento por la imaginativa versión de  una realidad no tan distante, dónde lo material ha sido apoyado por los medios masivos para convertirse en  la base del raciocinio humano. Un futuro que ya no es tan distante ni imposible.

 Curiosamente podemos analizar esta puesta en discursos distintos: primero en el punto de vista infantil, la puesta convoca a una demanda social que fomente e impulse la lectura entre los niños. Dar a entender la importancia de la misma y como no debe derogarse a otro plano, además de la diversión que la misma produce y los efectos de gastar todo el tiempo libre pegado a una pantalla.

 Para la segunda lectura apuntamos el mensaje directo a los padres, tutores, hermanos o cualquiera que sea el parentesco de los adultos que acompañan a estos pequeños a disfrutar de una experiencia tan mágica como lo es el teatro: los niños deben de mantener activa su capacidad creadora. La imaginación debe de ser un músculo en constante ejercicio y la capacidad de asombro un requisito imperdible.

 Ahora bien, la última mirada que podemos delimitar (en un escrito corto, vaya) es aquella postura analítica persistente  tanto al texto original como a esta adaptación de Verónica Albarrán: la acción de control de  la televisión sobre las masas ha alcanzado niveles increíbles. Hoy un comercial o el discurso de un presentador, a los cuales se les puede denominar con libertina irresponsabilidad como líderes de opinión en cuestión de corto tiempo, puede persuadir al máximo pero ¿es fácil notarlo en el cotidiano?

 La dirección de la ya mencionada Verónica Albarrán presiona sobre las tres interpretaciones dadas, permite acercar  a la historia por medio de  momentos coreográficos que hacen un despliegue de imágenes llenas de color y vida. Albarrán pretende y logra divertir a la audiencia infantil sin perder las transgresoras figuras que el texto emplea como el “hombre televisor” o la incineración de la cultura. Conduce sus momentos violentos con resoluciones bastante acertadas que permiten comprender la gravedad sin dar ahínco.

 Otro de los aspectos que entran en juego es la musicalización, a cargo de Diego Alejo, la historia se relata con composiciones frescas, divertidas e intrigantes, justo lo necesario para sazonar y mantener atractivo junto al juego de iluminación de Víctor Colunga que permite crear dimensiones e interactuar con el público de manera orgánica.

 Los actores que dan vida a este montaje comprenden a su público y encuentran a sus personajes en el tono correcto para presentarlos con la firmeza necesaria.  Fernando Villa y Fernando Memije se llevan la puesta gracias a su franca naturalidad cómica que domina y marca el compás de la narrativa cada que aparecen en escena. Son dos bomberos temibles pero humanos al fin, temerosos de lo que los amenaza y poco elocuentes en sus propias locuras. No sin menos valía, Paco Silva y Mariana Moyers completan el simpático equipo actoral.

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Es quizás Moyers el punto frágil de la dirección, puesto que pese a que su personaje es una niña tenemos de frente a una adolescente valiente. No es creíble la edad que pretende aparentar, empezando por los rasgos y ademanes que se le dan a la actriz para desenvolverse. Sin embargo la actuación es buena y entendible al final de cuentas.

El ritmo corre con fluidez, no permite que se estanque alguna idea, al contrario, apura la asimilación para presentar nuevas directrices de entendimiento.

 Volviendo a la objetividad del público de esta obra, el producto es altamente necesario y recomendable para hacer presente y seguro el ejercicio literario en los niños. Es de vital importancia inculcar los hábitos de lectura, lo que conlleva forzosamente vigilar y apoyar al crecimiento de un gusto por la misma. El poder de leer radica en que podemos ser transportados a mundos indescriptibles de página a página, ahí  entra el montaje como respuesta inmediata con una pretensión válida y justificada.

Si acompaña a un niño a verla, analice cuál es su comportamiento tras ver algo tan fuerte como el acabose del mundo que lee frente . Al final queda una decisión por tomar para todos, ¿Encenderé el televisor al llegar a casa? Y de ser una respuesta negativa ¿Qué haré entonces?

Altamente recomendable. Obligada para los pequeños.

Ponencia silente de un corazón esperanzado

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie? 

PABLO NERUDA

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Gabriela Muñoz es una auténtica maestra del clown, adjudicación que demuestra con creces sobre el escenario una vez que inicia Perhaps Perhaps, Quizás, autoría, dirección y escenografía de ella misma y por supuesto, actuación, bueno más que eso: vida. Ahora en una fugaz estancia en el Teatro Milán. 

 En su fantástico personaje llamado Greta Merengue, Muñoz relata la historia de una mujer esperanzada en encontrar el amor y poder llenar ese punto de necesidad en su vida: la compañía y presencia del hombre perfecto. Sin embargo, Greta no es para nada el prototipo de la pareja perfecta, ¿Cómo podrá entonces encontrar  la materialización de la ilusión sin bases propias? El espectador está invitado al interior de la casa de esta simpática y vivaracha mujer, con motivo de presenciar el ensayo para su boda. No aún, no hay pretendiente, pero podría llegar pronto, quizás tenga suerte en hallarlo entre los curiosos asistentes, quizás.

 Lo interesante es ¿Por qué Greta ensaya una boda sin fecha definida?, ¿Qué la motiva? O ¿Qué la orilla?, la actriz nos propone mirar en medio de la nostalgia y la risa automática los estereotipos de  una sociedad que dicta que la plenitud de la felicidad arrastra un vestido blanco, el camino al altar y dos figuritas sobre un pastel impecable. Pero sobre todo, el tiempo. Greta ya no puede esperar a que el amor sea espontáneo, si no llega por su cuenta ella misma lo buscará, entre el mismo público encontrará a su amor verdadero, la idea es consumarse, sentirse plena. Y la crítica social viene por añadidura entre los ocurrentes trazos y cuadros, ¿En verdad eso es hallar la felicidad?

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 A través de un delicado torbellino sentimental, esta maravillosa obra expone un discurso acerca de las convenciones sociales topando al límite de la naturalidad del amor. Muñoz explora con la gracia, curiosidad, claridad, honestidad, entusiasmo e ingenuidad necesarios de la técnica un escrito que abre a exposición el corazón de un ser humano buscando encontrar el lazo que le es necesario compartir.

 El silencio de esta novia será la guía para adentrarnos en una enternecedora experiencia que invita a analizar las características del amor verdadero, sin presionarlo a salir a la luz o conformarse. Si bien tal vez este no llega hoy, tal vez mañana tenga mejor suerte. Esta bellísima puesta en escena desmenuza ese factor para comprender nuestra postura (como público) ante la ensoñación del ideal romántico. No es malo soñar despierto, sino dejar de soñar tras despertar.

 Orgánica, creíble, vulnerable, fuerte, emblemática y catártica son palabras inútiles para describir la actuación de Gabriela Muñoz, auténtica mujer espectáculo. La actriz denota desde el primer golpe de máscara el amor que tiene a su labor e inunda la sala con esta pasión, desbordando del escenario con un simple gesto o un sonido emitido. Conoce al público y está preparada para cualquier reacción que su interacción de, no pide que seas parte de una audiencia sino complicidad y confianza. Ella es un ejemplo de amor al teatro, de vivirlo y respetarlo, es arte que se siente.

 La suavidad con la que conduce la historia es aderezada con una selección musical impecable y un juego de luces acertado que se funde en pleno con el perfil de la escenografía, que representa la casa de esta mujer, adornada con motivadoras imágenes de probables conocidos en el día se sus bodas junto a los retazos de elementos usados en sus ensayos nupciales previos que se acumulan en el piso para vestir a la tragedia y la resignación dolorosa.

 Este viaje por la espera, la soledad y la esperanza se vuelve totalmente cercano al espectador, no solo porque es posible identificarnos en la constante necesidad de encontrarnos enamorados (de algo, alguien o la vida misma) empero de la angustia que la propia genera. Con el corazón lleno uno aprende a descubrirse frente al escenario y conocer las limitaciones y júbilo que conlleva amar en todo su esplendo: las derrotas y las oportunidades. Es un show humano y sincero, da giros y toma por sorpresa en situaciones acertadas.

10262235_10152467141735871_8379620304963439558_n El novio imaginario de la señorita Merengue será una almohada vestida de frac que su sirvienta aporta, un personaje breve a cargo de Xóchitl Santos pero con un peso vital y necesario. No diré más pues arruina la sorpresa, solo no deja pasar este estupendo trabajo de la actriz.

 Con el papel de baño dibujando la línea recta al “sí, acepto” la ilusión se desata para afrontar el panorama actual. Es un trabajo que conmueve y se acerca a cada fibra del público para provocar una alineación de mente, alma y corazón orquestada por la franqueza de la risa. Un show sin duda es diferente y único con cada representación. Para mí, lo mejor que he visto en el año, para usted, la oportunidad de dejarse llevar en un imperdible viaje al fondo de nosotros mismos con el corazón en la mano y la posibilidad dubitativa de un quizás.

 Quisiera tener más palabras, pero le aseguro que tras verla, usted tampoco podrá explicar fácilmente lo que provoca, vale y contiene esta alucinante historia. Sea testigo en esta breve y esporádica temporada en el hermoso Teatro Milán, no deje de asistir, citaré un mensaje original de dicho recinto “El teatro lo hacemos todos”, así que siéntase orgullosos de acercarse y decir “Yo hago teatro”. Consulte cartelera.

LA COSA DEL HELÉNICO

La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles.

Francisco De Goya

Vamos a comenzar este bello escrito dedicado a La Cosa Del Mar, montaje que se presenta en el Teatro Helénico bajo la dirección de Luis López y la dramaturgia de Rebekka Kricheldorf.

 Bueno, la historia va así: Una doctora es ascendida a jefa en el hospital donde labora, para conmemorar la ocasión convoca a sus amistades a un festejo a bordo de un barco. La acompañan su amiga alcohólica, su hijo con problemas mentales y su amante en turno. Al día siguiente de la celebración se dan cuenta de que la navegación se ha soltado del puerto y ahora flota en medio de la mar. Acechándolos en espera del rescate, un ser, que puede y no debe ser un pez los vigila de cerca, esperando el momento exacto para dar acto de presencia.

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 Es curioso porque si usted asiste y remueve la etiqueta con los nombres del elenco en su programa de mano, notará que la puesta originalmente iba a ser estelarizada por Laura Almela, Carlos Aragón e Inés de Tavira junto a Dobrina Cristeva y Sinaí Segovia, pero  ahora esa etiqueta guarda los últimos dos nombres y sustituye a los otros con Ana Karina Guevara, Blanca Alarcón y Rodrigo Mendoza. Qué uno de los actores no haya culminado el montaje se entiende, pero ¿La mitad de la compañía? Algo debió de haber pasado aquí.

 La puesta en escena intenta sostener un discurso acerca de la incapacidad del hombre moderno por encontrar el justo medio entre su construcción física y la espiritual. Los personajes ya descritos antes, más una chica del servicio, quedan varados en medio de la nada, no se tienen más que a ellos mismos aún en la lejanía personal que conllevan entre sí y sin embargo se aíslan en la desunión, lucha de egos, personalidades y sistemas de creencias. Todo entra en combate cuando se quiere asegurar una realidad, la de cada quién.

 A través de la dramaturgia de la alemana Rebekka Krichendorf se sujeta  un vaivén de metáforas hilado por una principal: para encontrar su identidad en medio de la inmensidad de su existencia el hombre necesita combatir las opresiones principales que acechan y amenazan sin dar siquiera una cara fija. Un texto con un análisis lleno de humor negro que se cocina bien y se disfruta. Fatalista hasta cierto punto y apelante en giros inesperados y con calidad.

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 Sin embargo, la realidad es que aunque la idea y concepto escrito son bastantes buenos, la obra no logra arrancar realmente o transmitir el mensaje. Con 20 primeros minutos que desaprovechan cualquier tipo de enganche a la historia y concentran toda la acción en un foco tan expuesto que junto con el sonido de fondo de olas marinas solo logran arrullar al espectador y por ende provocar que duerma placenteramente hasta el contiguo cambio abrupto de sonido.

 Esta puesta avanza con distancia entre los miembros del elenco para demostrar la inestabilidad y falta de congruencia de cada cuadro. Si bien el director se preocupa por definir totalmente la psique de cada personaje, gasta todo su tiempo en esta labor dejando a un lado la necesidad de un trazo que mantenga el flujo y ritmo entre la palabra y el movimiento corporal, de tal manera que lucen apelmazados a ratos para activarse completamente en otros y repetir el proceso. Total que para describir al ritmo usted podría señalar una montaña rusa llena de vueltas mal estructuradas y da lo mismo.

 Retomando al elenco, me asusta pensar en que quienes se fueron lo hicieron por los detalles antes descritos. Si bien Dobrina Cristeva ejecuta un trabajo de calidad, Ana Karina Guevara le hace segunda y Blanca Alarcón roba toda la atención con sus intervenciones, es a cada momento que Rodrigo Mendoza da una línea cuando se cae el arco y todo cambia de tono. El actor se siente sobreactuado y con problemas de proyección y pronunciación, por lo cual es difícil llevar una estabilidad en la interacción y creer las conexiones que realiza.

Sinaí Segovia se cuece aparte, lamentablemente no lo digo en un buen sentido. Si bien está señalado que su personaje tiene problemas para pensar y razonar de forma “común”, la ausencia de dirección provoca que los problemas esquizoides del rol se mal interpreten y dejen al actor luciendo como un niño malcriado y soso que no tiene fin objetivo alguno en toda la puesta.

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 Es quizás la escenografía sencilla, que corta 3 áreas de la embarcación, lo que resulta más interesante al final, pues la iluminación sobre expone a momentos y genera cambios inexplicables que suponen partes del día que uno no puede lograr ubicar en un plano real, en parte por los colores y en parte por su duración.

 Hay una clara intención de notar la contradicción y ambigüedad de la humanidad moderna enajenada con la tecnología y la banalidad, empero ninguna intención se materializa. Al menos los momentos de comicidad entran rescatándola trama, pero al final, tal como sucede con los personajes, los miembros de esta compañía interpretan a la cosa del mar como un ser diferente para cada quien, al no tener un referencial claro es evidente que la puesta se abre en mil direcciones tratando de complacerse en cada área. Fracasa por obviedad, entre timing y otras causas naturales.

 Si ha tenido un día cansado y busca desahogarse en el arte teatral, esta no es la opción, tal vez se canse más.