[Poesía]: Voluntades

Si yo fuera un violín en tus manos,
no me importaría ser un violín triste,
siempre que me tocaras con esa habilidad tuya
de arrancar gemidos obscenos.
Que no sólo rasgaras mis cuerdas:
también carne y voluntad.

Quiero vivir siempre dependiente de tu amor,
porque eres mi única manera de relación con el mundo.
Pero, a pesar de la liviandad con que hablo de tu esmegma,
no me des palabras para volar a alturas ilusorias
si no podré siquiera, de un paño abandonado junto al retrete,
respirar el olor tus genitales.

¿No ves que cuanto más me alejas
más te amo? ¿Qué entre más ridículos seamos,
pero juntos, es mejor?

Ay, me digo poeta para decir sandeces;
para comer golosamente, hincado,
de tu mano que sabe premiar mis desorganizaciones…

Pongan una esponja impregnada de tu sudor en mi boca,
un ofrecimiento de licores rosados
junto a la cama de clavos donde habremos de yacer.

Seré, desde ahora y hasta que alguien me asesine por envidia,
tu muñeca sexual de plástico…

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Ilustración por: Pedro Sosa

Elocuencia

En un zapato tuyo quisiera vivir,
minúsculo y ebrio de amor,
como una abeja histérica que sólo sabría decir tu nombre,
como un mosquito succionador de tu sangre…
En él cruzaría el océano remando tenazmente
hasta el borde de la desarticulación de mis brazos,
hasta la tierra en que encuentre la estatua erguida de tu cuerpo,
símbolo del poder y la fornicación violenta.

¿Por qué te amo tan bárbaramente
que quisiera que fueras un virus
para llevarte siempre dentro de mí,
manteniéndome enfermo, delirante de fiebres?
Llevarte como un cuchillo
que se clavara más y más en mi vientre con cada suspiro
para recordarme la ley ineludible del amor.

Pero ningún poema es suficiente
para decirte lo que sólo podría decirte
lamiendo tus testículos sudados…

No otra manera de ser. O soy de ti
¡o me extermino!

¡Que caiga una lluvia de fuego sobre toda bondad,
que un agujero negro engulla todo el universo
si nunca te vuelvo a ver…!

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Esas manos que me desordenan

 

No te lo había dicho;
pero tus manos me crean teatro privado
de ensueño y morbosas proyecciones.
Me hacen pensar y pensar. Pensar en el amor:
¿Cuántas manos tuyas medirá mi espalda?
¿Cuántas palmadas tuyas bastarán en mis hombros
para que así me confirmes tu afinidad?

Hay veces que estoy más solo que siempre
y te recuerdo y me sorprendo recorriéndome la piel,
siempre hacía mi sur.

Pero no, no es suficiente esto.
Quiero estar tendido en tu cama
y que dibujes con tu mano en mi cuerpo geografías imposibles.
Y que allí, en sus pantanos lascivos y lechosos,
en sus densas humedades,
me hunda lentamente.

Tus manos no son del todo ordinarias:
son plantas carnívoras que aprisionan al insecto azul,
la patria de musgo, un equinoccio de laxitudes…
Su piel me habla secretamente de una ternura que no muere,
cuyos atributos exactos -mango, guanábana-
sólo pueden revelarse en el delirio.

Ya. Necesito que me toques.
Sálvame así de la locura,
de esta inquietud aniquilándome
en la que sólo es segura una palabra: DESEO

Pero tú… Pero yo…
¿Para qué la distancia?
¿Por qué no, simple y sencillamente,
entregarnos a un duelo de caricias frenéticas,
a una auscultación más desesperada por esperada,
matándonos de placer de una buena vez?

2, Esas manos... The working man hands de kyler Balsley

Amor así

Mi pensamiento ha adquirido las dimensiones
del espanto y el castigo: es ya unas tijeras
que podan mis mínimas capacidades,
ya una silla eléctrica que se activa si vuelvo a pensar en ti.
(¿Y el corazón? ¡Una bomba de tiempo…!)

Hay días últimamente
en que me siento a la orilla de mí mismo
sólo para esperar verte pasar;
en los que el aire, por mí enrarecido, apaga las pocas señales
que me atrevo a encender buscando tu atención.
Hay noches de plomo. Que aplastan…

Quiero ir a donde tú vayas,
seguirte como un perro babeante, pero cariñoso,
que retoce dando vueltas a tus pies
buscando tu mínima caricia.

Y porque te amo a sangre fría…
Salgo de mí, voy en tu persecución
como una alondra queriendo disparar al cazador.
Pero no pretendo asesinarte;
sino sólo hacerte un poco de daño,
por comprobar que existes.

Nota

Y quiero que mi amante ahora seas tú.
Que modeles mis afectos;
y me guíes a tu cama para darme el beso de las buenas noches,
cada noche.

Discutir nuestros planes en una mesa la que estemos sólo los dos
y donde tú tengas siempre la última palabra,
la última cerveza.
Mi opinión por tu voluntad deberá ser torneada.

Por ti seré todo esponja.

Porque eres como un chorro de semen que salpica mi fantasía.

Oblígame. Haz que me hinque ante ti.

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Invitación

Rompe la expectativa
y ven a posar desnudo para mí.
Haz la fiesta de mis hormonas. Dame oportunidad
de brillar entonces como una supernova
posada ya para siempre sobre tu techo…

Te quiero por lo que no tengo tuyo; e imagino:
una lluvia plateada tras muchas cervezas,
el pie amordazando mi boca,
la bragueta palpitando en mi cara… La orgía
con los más bellos de nuestros amigos,
el cigarro tras la diaria muerte pequeña. Y,
algún día, la cama conyugal
sin riñas posibles por las sábanas
ni hormigas que suban por migajas…

Ven a imitar la lubricidad del perro conmigo.
Ven a rodearme.

Ven a darme cucharaditas de ti cuando enfermo,
a exprimirte en mis caldos.
A contar conmigo los cabellos de la noche
y recobrar la inocencia en un juego de adultos.
Hazme la vida posible.

Ven escuchar de mí, al oído, palabras mágicas
que te hagan querer tocar estrellas con la mano:
mi poesía a la orilla del mundo…

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La noche del corazón

Te has ido, brevedad de la inocencia del amor;
y no puedo siquiera buscarte:
todo entero me estás vedado.
Querer desgarrar, con este pequeño cuchillo de mi voz,
el corazón de la tiniebla por traerte,
sería como pecar un millón de veces:
imposible volver las enigmáticas páginas
del libro del destino.

No. Nada es suficiente.
Ni la herencia legítima de tus zapatos de baile,
el espejo donde aprendiste a peinarte,
la cama con las sábanas intactas,
la silla en la que practicabas la correcta postura del caballero,
ni lo demás: todo lo que sin ti sobra.

Oscuridad total. Se apagó hasta la última estrella,
se ha congelado la atmósfera.
El cielo está herméticamente cerrado.

¿Cómo vivir, si eras mi única forma de vida,
la soldadura de mis huesos, la velocidad de mi sangre,
mi única persona para conjugar el verbo amar,
el universo detenido sólo para que pudiera jugar con él?

¿Cómo resucitar las golondrinas del verano
que han muerto contigo? ¿Cómo pensar
en otra cosa que no sea mi propia muerte?
¿Cómo evitar querer seguir el cortejo de La Muerte,
encantadora, ladrona de niños, destructora de hogares?

Cuervos aletean en mi ventana
queriendo entrar a devorar el cadáver andante que soy.
Copa de sombras, voy derramándome amargamente.
Y un demonio me hiere, si pretendo olvidarte.

Esta soledad, esta ruina, este cansancio infinito,
este grito horrendo hendiendo el vacío…

No… Ya no quiero hablar…

Leda y el cisne de Joel Peter Witkin

Del que vino y se fue sin aviso

¡Qué lejos estás, alma mía!
Más lejos que la reconciliación con Dios,
y la posibilidad siquiera de levantarme y permanecer de pie,
para beber agua sin ahogarme.

¿Cómo olvidarte ahora, cómo olvidar
esa angustia de saberte tan cerca de mi puerta
y no poder correr a ti en medio de la gente que se espantaba
de mi forma tan animal de besarte,
de esa codicia con que enredaba mis brazos a tu cuello,
de la pistola que no escondías, de tu extranjería
y la chispa de nuestros ojos más viva que cualquier infierno?

No. No puedo cruzar montañas de separación
y arenas alternativamente heladas y quemantes
sólo por volver a contar tus cabellos,
cerciorarme de tu comodidad
y ofrecerme para calmar tu sed.

Allí donde las águilas ciernen su
sobre la soledad del desierto,
allí mi pensamiento va contigo,
viajero que viniste como un torbellino a mi patria
y te llevaste mi paz, mi virginidad…

Si sabias que te irías sin remedio,
¿por qué te empeñaste en enamorarme así,
en sonar engaños de serpiente genital en mi oído?

¡Qué lejos estás, alma mía!
Pero qué cerca, aquí, bienquisto,
en mi mano sobando mis piernas con ardor…

El principio del displacer

Qué delicia dormir en tu pecho.
Qué callada sensación despertar en tus brazos,
rosado y tibio por la luz del alba…

Desearía pensar que, cuando estoy contigo,
nada me lastima. Pero pronto me conmuevo y lloro,
porque te amo hasta la tortura:
me extraes los dientes sin anestesia,
amputas mis gónadas con un abrecartas,
pones un bozal en mi hocico para que no pueda quejarme.
Saqueas mi cráneo
para que no deba dejarte…

Como bailarina manca de caja musical,
girando en una pequeña órbita oxidada:
así estoy siendo por ti…
Daños irreversibles me produces.
Mírame adherido a este hábitat disfuncional.
¿Acaso estamos así de separados?

Todo el amor que a ti disparo en defensa propia,
de tu pecho resbala,
indiferente a mi celo y mi capricho.

Orgulloso plancho tus camisas
humedecidas con mis lágrimas,
enjuago tus pies con mis lágrimas,
sacio todos tus impulsos naturales de hombre:
esos que te empujan a penetrar y desgarrar…
No te pido nada a cambio;
sólo mirarte mirarme de vez en cuando.

¿Cómo puedes después hacerme a un lado tan así,
como a cabello caído junto al desagüe?

Dime qué sentir.

Debajo de tu ropa

Debajo de tu ropa hay un tesoro ofrecido
a la menor palpitación, a la mínima señal de gusto.
Trepo a ti, estatua viva, a colocarte la corona de mis manos
que sólo quieren, como es natural, divertirse. Hay
todas las cosas que merezco por ser tu amigo en las buenas,
plácidas cosas que nos ofrece,
con su faz de fruta abierta y desgajada, la vida.
Por ser la otra mitad de tu naranja apetitosa.

Tus calcetines enfundan pies tan hermosos que vulneran la mirada.
Tus calzoncillos dejan, cuando quieren,
entrever unas nalgas exactas en su formación
de músculo tenso y grato a los mordiscos;
tu camisa, unas tetillas rosadas
que simpatizan con mi palabra lujuriosa.
Tus pantalones guardan las mayores de todas las preciosuras:
el duro metal púbico, los testículos suntuosos.

Debajo de tu ropa se escribe una historia, día a día,
con la tinta purpurina de nuestro pacto sensual,
historia de cariño y miel de los panales desbordados
de nuestros corazones que no saben negar su delectación.

Pero no es sólo lo que hay debajo de tu ropa
lo que provoca, estimula mis ansias amatorias.

Porque cuando no te tengo en presencia, amor,
cuando sales de mis brazos para luchar de nuevo contra el mundo,
toco olfativamente tu ropa
para brindarme un momento conmigo
y con tu rastro.

 

El Vecino

Varón que habitas mi mundo desde tu propia casa,
paseando por los anchos corredores de mi mente
y a cada paso dejas una estela de aromas y entusiasmo
sin saber lo que me significas:
no sé cómo decirte así, a voces, lo que sólo podría decir
con el lenguaje universal del frotamiento,
con el manoseo que va directo al orgasmo,
con toda esta energía que me recorre de los pies
a la punta ondulante del cabello. Varón de modos más que nobles,
total autoridad de mi libido.

Desde mi ventana, en tímida procesión de miradas,
ausculto tu torso amante
cuando después de la ducha sales a afeitar esa cara
donde la sonrisa es lo mismo arma que escudo de honestidad.
Grandes son los retos de mi debilidad hacia ti.
Quisiera ser la lluvia de una regadera
que lama la escultura de tu cuerpo, henchido de ejercicios,
acrecentado por la vanidad.

A solas, en mi habitación calurosa,
masturbo mi fantasía cuando te oigo silbar felizmente,
imaginando que así me llamas para que, presto,
me aferre a tu virilidad.

Varón, sin rodeos:
quiero dormir en la misma cama contigo,
soñar entre tus brazos que nunca despierto,
beber de su fuente tu saliva matutina.

Y, obviamente, conducirte en jadeante libación,
para que tu alma se me entregue de repente entera,
salpicándome de tibias
y espesas complacencias,
para así apaciguarme.

— Poema tomado de Descargas eléctricas ligeras, 2009

En un callejón

Hay lugares que son de liviandad y regocijo.
Así, en algunos callejones de las ciudades del mundo
los estudiantes se despojan de su fiebre.
Es una muestra de urbanidad,
secreto que se comparte con la mirada,
el hacer de algunos lugares públicos
rincones inquietos para el desfogue.

Yo tenía veinte años, estudiaba la vida
con libros extraños bajo el brazo;
caminaba de cara al viento de la oportunidad
y encontré a un chico que se arropaba entre sombras:
yo pensé en él con malicia.
No era difícil ver que él estaba encendido en calores:
tocaba su hierro como ofertándolo,
mercancía lujosa regalada al primer postor.

Luego me contagió… Yo pasé a su lado
andando de un modo especial para llamar su atención.

Ya se estaba haciendo la noche,
esa carpa sideral de los amantes fortuitos.
Nadie veía, era un barrio mulato.
¿Qué es lo que tienes allí, entre las piernas?
Y él me dijo ¿Quieres ver?

Pero no respondí con palabras.
Entonces él se desabrochó la mezclilla
y se presentó debidamente…

— Poema tomado de Descargas eléctricas ligeras, 2009.

 

Incitación

Compañero, ¿no crees que podríamos experimentarnos más,
ser de verdad amables el uno con el otro, estrenar ámbitos
en que nuestra masculinidad pruebe, por concordia,
los sabores de su mismo género animal?
Donde, por compartir dicha sin igual,
frotemos nuestros pechos duros como aceros
que trabajan por una misma meta, uno contra otro,
para medirnos el ímpetu, los bríos en simpatía,
todos los sentimientos que nos hacen tan fuertes.
Donde nuestras lenguas, como moluscos,
compitan en defensa de la territorialidad;
y el ahínco estalle en una abundante eyaculación de dos.

Yo, por mi parte, no tengo mesura en aceptar
que mi atención hacia ti se podría extender
hasta el apoyo, la protección, el favor más íntimos y sinceros.
Te regalaría mi mediana posesión de orgullo;
lamería, sin contrición, como perro desesperado,
el sudor que esmalta tus pies.

El hombre escoge, por naturaleza,
de sus semejantes aquel con quien congenia más.
Vamos, andemos ese camino de libertad.
¿Quién mejor si no otro hombre, por propia experiencia,
sabrá cómo, en dónde, para el regocijo palparte?

Hombres: seres de pasión, compartiendo el mismo cuerpo
multiplicado en otros héroes.

 

— Poema tomado de Descargas eléctricas ligeras, 2009.