Aparentemente malo

julio 17, 2014

Por:

Literatura, Vista

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Estando en la capilla (construida en lo alto de la montaña) sin otra cosa que hacer, se puso a tirarle piedritas al aire, a la nada. Yo lo veía con particular entusiasmo, pues ¿qué más podía yo hacer?. Entre tanto aburrimiento comencé a lastimar con la mirada a la capilla. Su interior y exterior fueron víctimas de mi ociosidad, pero más aún, su historia. Tan grandes son las piedras que conforman la construcción, que de repente comencé a imaginar que esa capilla no podía ser sino obra de hombres gigantes. En meditaciones parecidas me encontraba, cuando vi esa solitaria piedra maldita, esa piedra caliza (más grande que un recién nacido). Estaba ahí, tan sujeta a las leyes de gravedad; del lado de la montaña donde el eco es pobre. ¿Cuánto a que no le das a esa piedrota de ahí?- le dije a manera de reto. Él acepto. Me puse a su lado, mientras él recogía una o dos piedritas con las cuales comprobar su buen tino.

 Erró en el primer intento. Los pájaros salieron huyendo de sus nidos quebrando el silencio de la montaña.

 Un segundo intento, pero volvió a fallar. Oye, ¿no será caca de caballo, que con el sol se hizo tan dura como una piedra?- me dijo. ¡No sé, ándale! ¡Dale!- le contesté, totalmente entusiasmado. Y su mano obediente así lo hizo. Esta vez no falló, pero esa piedra maldita esquivó su tiro.

 ¡Vamonos!- me gritó. Y emprendimos la carrera cuesta abajo, mientras el silencio de la montaña, era nuevamente quebrado por una risa que seguramente se burlaba de nosotros. Bajamos tan rápido como el terreno nos lo permitía. Tan rápido, porque sentíamos detrás a esa solitaria piedra maldita. Pronto llegamos a casa. Sin embargo, mamá y sus frijoles y la plática de los acontecimientos diarios, hicieron que el suceso se diese mágicamente por olvidado.

 Cuando la noche cayó, mamá dormía en su cuarto mientras nosotros intentábamos hacer lo propio en el nuestro. ¡Buenas noches!- le dije. Y hubiesen sido buenas, si no es porque en el intento de dormir, los dos escuchamos como sobre el techo de lámina caían una o dos piedritas que intentaban comprobar el buen tino de quien sabe que maldita cosa.

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