Ajenos a uno solo

marzo 4, 2014

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Alejandro Ricaño es un experto en generar textos con un humor negro muy sutil y una carga dramática soberbia; Las metanarrativas del guion van hilándose con maestría e ingenio para elaborar una historia sólida. En esta ocasión el ejercicio lleva por nombre “Un Hombre Ajeno”, y como podemos esperar: es una fantástica producción.

 Ricaño se vale de tres actores: José María Yazpik, Osvaldo Benavides y Adrián Vázquez, para contar la historia de un hombre en su línea terminal, información que es ajena a él, pero los fantasmas de su pasado lo van llevando de la mano a ese punto del cual ya no hay retorno. En general este hombre no tiene una verdadera identidad, es preso de su misma circunstancialidad alrededor de su vida, es su propio extraño.

 La calidad actoral de los tres actores es innegable, pero destaca (en gran parte por la carga de texto que se le da) la actuación de Yazpik al mantenerse como la visión más fiel del hombre en cuestión además de ostentar las personificaciones alternas más creíbles, por supuesto sin demeritar el gran trabajo de sus compañeros.

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 En una hora y 10 min. aproximadamente, la historia corre a un ritmo bastante bueno, con un balance general de acciones que permiten al espectador morir de risa, sentir pena, sentir tristeza, y luego todo al mismo tiempo constantemente. El principal apoyo será el diseño sonoro de David Manuel Ortiz Barradas, que  tiene una relación perfecta en sus intermisiones. A la par, la iluminación de Martha Benítez, aunque muy sencilla en verdad, permite recrear con plenitud los elementos escénicos que propone el texto.

 A través de la historia de este personaje, veremos cómo es que no es posible pertenecer a nada si se vive en soledad. ¿Por qué? Porque esta representación es una lucha que hemos vivido todos: intentar pertenecer a algo a lo que no somos compatibles, el problema es cuando no somos compatibles a nada en este mundo y el existencialismo se vuelve un complejo cuadro que simplemente nunca entenderemos. Es pues una auténtica disyuntiva al sentido de la vida.

 Lo interesante en realidad es la manera en que el autor (y director) propone a la vez  en su discurso analizar la persistencia del ser humano por quererse despegar de su pasado, aun cuando este es el que lo está posicionando en el presente, y como por más que lo intente, todos los caminos lo llevarán de regreso al origen. Aquí entra una maravillosa dinámica en la que el origen del personaje será el mismo que le dé fin, a manera que sí, podría decirse que esto es una percepción distante a la propia capacidad del humano para autoevaluarse sabiéndose próximo a la muerte.

 Otro gran destacable es forzosamente la intimidad que produce y el dinamismo de la coreografía. Una imperdible opción de la cartelera que nos hará cuestionarios realmente acerca de si nos hemos pertenecido a nosotros mismos a lo largo de la vida.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.