A mí el té de menta me violenta

noviembre 3, 2014

Por:

Arte, teatro, Vista

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Casi no se habla de los intensos procesos técnicos  a sortear para levantar un telón en cualquier teatro. Una profesión tan bella como difícil en cuestión de sacrificios, pero con un resultado que al final deja satisfecho desde muy dentro hacia el exterior, reflejándose. Es por ello que Locos por el té, original de Danielle Navarro Haudecoeur y Patrick Haudecoeur ganó en 2011 el Premio Moliére  (el reconocimiento más grande para el teatro en Francia) a la mejor comedia. Porque además de ser un texto sólido en diversión, va más allá de su presentación.

 Una diva atada al ensayo de una obra que no tiene ni pies ni cabeza. La directora extranjera no tiene autoridad o comunicación efectiva, sólo un conocimiento experto en teatro isabelino. Su principal compañero de escena es un novato sin el mínimo ápice de talento o inteligencia. El primer actor tiene un ego insoportable, la vestuarista trabaja como puede o entiende, el asistente de producción se atreve a proponer absurdos y el pobre actor secundario se hunde en su desesperación por brillar. ¿Lograrán estrenar en medio de la neurosis y la constante presencia del humeante té?

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 Ocesa Teatro trae Locos por el té directo al Teatro Fernando Soler del Centro Teatral Manolo Fábregas, bajo la dirección de Vanessa Vizcarra, en un texto de traducción original al español por Julián Quintanilla, adaptado a México por el genial Alfonso Cárcamo.

 Este es un vodevil francés, sobre lo complejo que puede ser hacer un montaje de este género sin caer en la farsa, lo que significaría estar bastante lejos de la comedia. Un giro que mortal para el texto, traicionando al autor gravemente. Dentro de esta puesta se hilan muchos ejemplos de los pesares que construyen un montaje: La gran actriz que en su situación de desempleo se ve forzada a realizar la obra para no morir en el anonimato. El nepotismo que coloca al inexperto hijo del productor como actor principal y a su hermano como técnico de audio e iluminación. La directora que lucha por tratar de hacerle entender a su elenco el objetivo del texto frente a la carencia de tiempo suficiente para que todo ande correctamente.

 Lo sorprendente de ver esta obra es la franqueza y apunte con la que los autores originales lanzan el mensaje implícito a la audiencia: hacer teatro no es fácil, ni se consigue sin preparación, pero se puede disfrutar plenamente de sus incidentes desafortunados. Aquí podemos ver como los diseños se consuman en un aparato escenográfico, o en qué se basa la dirección para pedir las características del vestuario que se emplearan. La grandeza de generar y sentir y transformar un espacio para narrar una historia, todo de la mano de situaciones absurdas e irónicas que enmarcan el entretenimiento, mediante acciones tan simples como una peluca que se cae o un armario que no abre.

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 Vanessa Vizcarra sabe aprovechar los elementos de audio, iluminación tanto de utilería para darle mayor volumen mediante los detalles al discurso presentado. Coloca a sus actores bien delimitados en la composición de sus personajes, atreviéndose a enredar aún más las situaciones para lucir el talento de cada uno. Respeta sus planos y focos con bastante cuidado, limpiando cada cuadro con efectividad. Sin embargo hay un detalle que escapa a la primer parte: el ritmo. Empero de que las risas que promete la obra en su anuncio, verdaderamente se cumplen desde los primeros 10 minutos, existe una ligera discontinuidad que la directora debe corregir para que el total explote en la comicidad pura que deja la segunda parte de la puesta.

“el teatro se lleva por dentro. hasta para tomar un vaso de agua hay que tener talento.”

 Afortunadamente, existe un elenco bastante sólido para respaldar la correcta adaptación de la pieza. Comenzando por el agasajo que es presenciar a una excelente actriz, como la es  Susana Alexander, manejar la comedia con ligeros relieves dramáticos a la perfección. La diva que interpreta logra resultar tan entrañable como patética, teniendo que ocultar un vergonzoso secreto a la vez que ostenta un porte que nadie podría merecer. Alexander es gratamente recibida ante la audiencia que se vuelve completamente loca al escuchar los chistes que debe realizar o líneas tan magistrales como “antes muerta que sustituida”.

 Quien sencillamente brilla y roba escena gracias a su enorme talento natural para manejar la comedia es Gustavo Egelhaaf. Correcto tanto en tonos, formas e imágenes, convence totalmente de la ineptitud involuntaria de su personaje que desearía profundamente poder hacer las cosas bien, pero su propio ser se lo impide, sumado al terror que infunde en el su compañera de escena. Logra ser gracioso  sin sobreactuaciones, la simpleza con la que ejecuta su oficio otorga un timing acertado a cada acción, conjuntándose perfectamente al resto de sus compañeros, sin dejar de destacar.

 Ricardo Maza se suma triunfante como el pobre actor secundario, que a pesar de tener mucha expresividad y ganas de ser reconocido está encerrado en un papel que lo limita totalmente. Completan el elenco Cecilia Romo, Julio César Luna, Claudia Nin, así como Ulises de la Torre con actuaciones complementarias bastante buenas.

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 Cual curioso es que aparece en un contexto bastante adecuado esta extraordinaria terapia de risa, puesto que los mexicanos tendemos a reírnos de nuestros propios problemas para salir de ellos. El espacio idóneo para relajarse y soltar el estrés al tiempo que la reflexión hace de las suyas sin permitir que el espectador se dé cuenta de momento. Muchas veces las obras más complejas son las que mejor saben disimular esta cualidad, he aquí un certero botón de muestra.

Saúl Campos

Comunicólogo, apasionado del arte y la información. Adicto al teatro.